FRANCISCO CARO I

 

FRANCISCO CARO. EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA. PREMIO ANTONIO GONZÁLEZ DE LAMA, 2017. EOLAS EDICIONES.

Aunque comenzó a publicar a una edad tardía —no así a escribir— Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha publicado en poco tiempo, desde el año en el que apareció su primer libro, Salvo de ti (2006) un buen número de poemarios, no menos de diez, lo que, haciendo cuentas, supone aproximadamente un libro por año. No es mala cosecha, sobre todo si añadimos a esto que un porcentaje elevado de dichos libros han obtenido importantes galardones, como el Leonor, el José Hierro o el Juan Alcaide, además del González de Lama con este Oficio del hombre que respira (título extraído de un verso del poeta canario Luis Feria). Podemos preguntarnos, ¿a qué debe esta prodigalidad? Se me antoja que la respuesta no es complicada. La voz de Caro, dormida, aletargada, renuente durante muchos años, ha encontrado un cauce de expresión acorde con sus intenciones, por lo que ahora fluye sin trabas y no debe resultarle especialmente arduo ordenar sus pensamientos, sus experiencias y conferir a ambos una forma poética, una forma en la que, por otra parte, está indagando permanentemente a través de la propia escritura, acaso porque, como escribe en el poema titulado «Han de cambiar las cosas», «en el lenguaje hallé / mi única vigilia, / mi última conciencia». El lenguaje parece ser, efectivamente, la herramienta a través de la cual el poeta construye su identidad, se comprende a sí mismo y la realidad en la que habita: el lenguaje se enfrenta al paso del tiempo porque restituye fragmentos del pasado, reinventa ciudades y cuerpos, reasigna emociones vitales en el escalafón de la memoria, pero Francisco Caro no peca de inocencia, es consciente de la trampa que ocultan las palabras («Sospecho que vivir / tal vez no esté vedado, pero tengo conmigo / que escribir que se vive es un delito / si se escribe acodado / sobre la borda y siendo / solamente quietud ante el mismo horizonte»), por esa razón, a la hora de elegir entre poesía y vida (una dicotomía ciertamente perversa) siempre se inclina por la vida. Pero como cómo dejar constancia del gozo, de la pasión, del enamoramiento, de la vida sino en ella, con ella, gracias a ella. El oficio del hombre que respira está dividido en tres secciones y es en la primera de ellas, «Del sur en la escritura» en la que el afán metapoético es más evidente, pero en la segunda, «Patio en agosto», Francisco Caro rememora el comienzo del oficio, el momento en el que los primeros poemas comenzaron a tomar forma. El patio se convierte en símbolo del universo. En él ocurre todo, amistades, juegos, pugnas, temores, hasta la proximidad de los sueños se vuelve más física.

     «Lo fugaz y lo inmóvil» se titula la tercera sección. Dos palabras contrapuestas que describen la poética de Caro. Lo fugaz: el tiempo, la vida y lo inmóvil: la escritura como intento —claramente insuficiente— de retener la experiencia, una escritura fluida, con un ritmo envolvente, con un lenguaje cotidiano que facilita la comprensión de la trama, sin aparatosas metáforas, un lenguaje conscientemente objetivo que Francisco Caro justifica con estos versos: «No deseo añadir / oscuro a las palabras / que acudieron, pequeñas, / para salvarme sino / que sepan del milagro, / que en el papel escuchen / un revuelo y un canto / como el que escucho yo».

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