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SUSANA BENET. GRILLOS Y LUNA. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ. COLECCIÓN HAIKU. 2018

No se me ocurre mejor nombre que el de Susana Benet (Valencia, 1950) para inaugurar la flamante colección de haikus de la editorial La Isla de Siltolá, cuyos responsables han elegido un formato menor como envoltorio, un formato que subraya si se quiere la fragilidad y la economía relacionadas con dicho género. Si me viera obligado a establecer un escalafón de los mejores haikistas de nuestro país, sin duda alguna, Susana Benet ocuparía un puesto muy alto porque su forma de mirar el mundo, de asombrarse ante lo que observa es, a la vez, profunda y explícita, esto es, Benet es capaz de indagar en los pliegues de la conciencia, de cuestionar lo aparente, lo visible con palabras sencillas que remiten a lo cotidiano, sin adentrarse en disquisiciones ontológicas. Su metafísica es la del día a día y si se goza de la capacidad de observación de la que dsifruta Benet, eso resulta más que suficiente para que un instante retenido justifique el transcurso vital: «Ojo del puente. /Al otro lado veo / correr mi infancia».

     La trayectoria de Susana Benet ha estado, desde sus inicios, ligada al haiku. Faro del bosque, su primer libro, data de 2006. A partir de entonces, se ha intensificado su presencia editorial, tanto en libros individuales —Grillos y luna, si no he hecho mal la cuenta, es el noveno— como en antologías. En una de ellas, Viejo estanque —título tomado de Basho— (2015), recogió, junto a Frutos Soriano, otro de los haikistas más reputados, una extensa selección de poetas adscritos a este género de origen japonés.

     Grillos y luna, título entresacado de un haiku del admirado José Luis Parra, está compuesto por más de cien composiciones que recogen sacudidas emocionales provocadas por la serena contemplación del entorno, sea naturaleza en estado puro, paisaje o la combinación de ambos, como estos:

«Trinos de pájaro

se mezclan con el vuelo

de las campanas»

o

«Nadie plantó

el diente de león.

Jardín urbano».

     El haiku posee esa virtud tan poco frecuente de condesar la realidad en tres versos —como sabemos, de 5, 7 y 5 sílabas— cuya humildad descriptiva resulta engañosa. Si la poesía siempre dice más de lo que la palabra revela, en el haiku esa característica se extrema hasta el punto de que el lector desatento se perderá un alto porcentaje de sus múltiples significados. No es lo dicho lo que nos asombra, sino el lugar del pensamiento hacia donde nos conduce, un lugar oblicuo, casi en sombra y poco frecuentado por quienes nos dejamos arrastrar por el tráfago diario. La aparente nimiedad de lo descrito esconde un paisaje interior convulso, capaz de envolver con una capa de misterio el hecho más banal, como observamos en estos dos ejemplos:

«Del periquito

caen plumas al agua

que bebe el gato»

o

«Flota en el agua

una avispa ahogada

junto a un jazmín».

Susana Benet confirma con este libro que sus ojos están siempre alerta, que, a pesar de la contaminación de imágenes que padecemos, su mirada no se sacia y sigue escrutando la realidad para «desvestirla», para mostrar sus hechuras. Su poesía es una poesía del aquí y el ahora que remite a la memoria y al pasado. Leerla es deslumbrarse por la luminosidad de lo real y constatar, a la vez, su fragilidad, acaso porque, como decía el clásico, «huyó lo que era firme y solamente / lo fugitivo permanece y dura».

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