CAVIEDES

SARA CAVIEDES. EL PEZ Y LA GALERNA. COLECCIÓN TORREMOZAS, 2017

No es frecuente encontrarse con un primer libro tan redondo como El pez y la galerna, de Sara Caviedes (Valladolid, 1975), publicado en la meritoria colección Torremozas —fundada en 1982 por Luzmaría Jiménez Faro y, actualmente, a cargo de Marta Porpetta—, que alcanza con este volumen el número 312, toda una proeza, sobre todo si hablamos, como es el caso, de una editorial dedicada en exclusiva a la poesía escrita por mujeres. Los compresibles titubeos habituales en todo primera libros están por completo ausentes en este caso gracias, sin duda, a que Sara Caviedes ha optado por una paciente elaboración y, deduzco, a un concepto de poesía antagónico con la improvisación y el apresuramiento en el que el ejercicio de la escritura se complementa con la maduración temporal y con la inevitable labor de selección y poda. De este planteamiento surge un libro como El pez y la galerna, que es un largo monólogo dividido en 32 fragmentos no necesariamente graduales, es una especie de conversación privada con un tú, podríamos decir mayestático que, en muchas ocasiones, se reconvierte en ese yo que se habla a sí mismo casi en susurros, como si estuviera confesándose o, incluso, hablando sin palabras, solo en la mente: «Me quedaré callada, / para que hable el viento / y dibuje en mi espalada / círculos de perfección matemática, / cordones verdes de zapato / que conecten las voces con el mundo / con mi silencio», escribe Caviedes. Este proceso de ensimismamiento no implica, sin embargo, que el tú real no aparezca en algunos poemas, de forma alterna, en los que el amor maternal emerge con intensidad, como en el poema número 13, uno de los mejores del libro. Por otra parte, el silencio adquiere protagonismo a medida que avanza el libro, el silencio es negro, el silencio es un dique que comprime las mareas y acaso por eso Sara Caviedes levanta su voz y se niega a ser cómplice de ese silencio: «Tú me quieres callada, / discreta, / cómplice, / obediente sicaria de esas piedras / que racionan el aire a los ahogados», escribe en el poema 24, unos versos que parecen parodiar al nerudiano «me gustas cuando callas porque estas como ausente».

     En El pez y la galera encontramos además versos que trasmiten una relación conflictiva con el propio cuerpo y, también, con ese que se está gestando, ese cuerpo «sin voz / retrotraído / en cavidades de animal marino / [que] se hace escama sangrante cuando escucha / el revés afilado de las copas». La voz de Sara Caviedes es intensamente lírica y musical. La combinación de metros imparisílabos de muy distinta extensión confiere al poema un ritmo variable —unas veces vertiginoso, otras más pausado y reflexivo— que se adapta muy bien al significado intrínseco de las palabras. Las pausas versales contribuyen por sí mismas a morigerar la cadencia expresiva y a poner el énfasis en aquello que la autora desea realzar. No cabe duda de que Sara Caviedes ha escrito desde lo más íntimo de su ser, y lo ha hecho con un lenguaje esmerado, pulido por la maduración del tiempo. Sin desgarradura emocional, sin conflicto la poesía, si es que puede existir sin estas condiciones, se convierte en mero adorno, todo lo que contrario de lo ocurre en este libro, escrito desde la necesidad de decir, desde la necesidad de compartir su experiencia, por más que la propia poeta diga en el último verso que «Solo me pertenece lo que callo».

 

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