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JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA. ARABESCO. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2018

La obra de José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) ha alcanzado una madurez realmente envidiable y Arabesco, su último libro, es una excelente prueba de ello. Comenzó Benítez Ariza a publicar en pleno apogeo de la poesía de la experiencia (de 1988 es su primer libro, Expreso y otros poemas) y, sin embargo, su poesía —dueña de unos registros personales que combinan la cotidianidad, lo anecdótico con una profunda reflexión sobre un yo que extiende su mirada hacia la realidad buscando en lo oculto, en lo inadvertido el sentido último de las cosas («Privado de la luz, la luz oculta de las cosas será mi más íntimo tesoro»)— siempre ha mantenido una prudente distancia con los presupuestos más doctrinarios de dicha estética. Esta distancia se ha acentuado con el paso del tiempo hasta el punto de que apenas queda algún resquicio del sentido de provisionalidad existencial y del beatus ille, tan característicosLa maquinaria es otra, de carácter metafísico, ahistórico, intemporal. Hablamos de una poesía del ensimismamiento que busca la conexión entre los seres vivos, entre estos y los objetos, una poesía que busca el autoconocimiento a través de una mirada interior, que intenta rescatar de aquellos instantes («Mis sentidos me dicen cuanto sé de ese instante») aparentemente nimios que, sin embargo, conforman un estilo de vida y ratifican la maravilla que supone estar vivo y gozar de todo lo que la vida regala, dialoga con las cosas y transcribe las reacciones, las emociones que ese diálogo provoca. El poema que lleva el mismo título que el libro, «Arabesco», es un buen ejemplo de esa búsqueda que Benítez Ariza realiza con perseverancia. Estamos ante una labor de aprendizaje permanente que cifra en lo indeterminado (la noche, el bosque, las aguas del pantano), lo inconcreto remite a la verdadera esencia del ser, por eso el autor nunca parte de certezas, sino del asombro que su mirada indagadora descubre en el objeto de observación, como hace el pintor —él mismo es, además, un consumado acuarelista— de su poema, ese que «Para pintar el mar ha tenido primero que aprender a mirar el mar», para que el mar le revele su verdad más trascendental.

     Un sentimiento de gratitud se desprende de estos cantos a las cosas sencillas, de esa fe elemental. Un espárrago, el viento sur, una cesta de higos, unos tomates, «este impremeditado instante en que somos felices», unas encinas «traspasadas de sol / y casi volatizadas / en la calima luminosa». Benítez Ariza intenta decirse a través de la naturaleza en sus formas más elementales, una naturaleza, que es un espejo, un paisaje que muere con nosotros si lo dejamos de ver pero que renace en el recuerdo. No se refieren sus poemas a esa naturaleza exuberante de los bosques o a esa fauna salvaje que la mayoría de nosotros conocemos a través de documentales televisivos, sino a esa naturaleza humilde del campo maltrecho, a la que convive con nosotros sin fricciones. Solo la vastedad del mar se impone a una reflexión que, en cualquier caso, busca la complicidad para analizarse a sí mismo.

     El último poema del libro, simbólicamente titulado «El cuervo» (la referencia a Poe, un autor estudiado a fondo por Benítez Ariza, es inequívoca), se encuentra entre los mejores escritos por nuestro autor. Se trata de un poema eminentemente narrativo —Benítez Ariza es, además, novelista y diarista—, un registro este que el autor maneja con soltura y propiedad, quizá gracias a la influencia de la poesía en lengua inglesa, pero con ciertas dosis visionarias y es, también un ejercicio metapoético que describe la imposibilidad de decir de forma fidedigna lo que en la mente se formula con tanta claridad. Caben en la página solo aproximaciones que llevan en su seno la conciencia del fracaso. El poeta —por lo demás, un hombre común, sujeto a los vaivenes cotidianos («sólo por estirar las piernas / me levanté a orinar / y a refrescarme las muñecas», escribe)— trabaja con su única herramienta, el lenguaje, para acortar la distancia entre lo dicho y lo pensado, presa de una insatisfacción que le obliga a rehacer lo escrito, a destruirlo: «Había muchos charcos en la mesa: / lagunas de papel, copias impresas / de borradores desechados, / llenos de tachaduras y de enmiendas a lápiz» (aunque Benítez Ariza no lo exprese claramente, queda implícita la imperiosa necesidad de corregir, de prescindir de mucho de lo escrito, toda una lección para los jóvenes poetas). «La labor de la poesía —escribe Charles Simic— consiste en hallar senderos a través del lenguaje que indiquen aquello que no se puede expresar con palabras». No es una paradoja, en esta especie de trama secreta toda causa tiene su efecto y el efecto en la poesía de Benítez Ariza es evidente, ha encontrado en la naturaleza («Cuaderno de campo» se titula la parte central del libro, integrada por treinta poemas en prosa) y en la contemplación el espacio imaginativo adecuado para iluminar las sombras de su entendimiento.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, 16/03/2018

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