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LUIS GARCÍA MONTERO. A PUERTA CERRADA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA, 2017

Regresa Luis García Montero a la poesía, digamos, de corte tradicional, después de que el pasado año publicara Balada por la muerte de la poesía, un libro de poemas en prosa de tono ensayístico en el que no escasean, sin embargo, las ensoñaciones líricas, eso sí, con una clara intención didáctica. A puerta cerrada, un título de reminiscencias sartreanas, está integrado por poemas escritos entre 2011 y 2017. Es un libro extenso y unitario en el que el autor analiza la relación con el otro, con el extraño, desde un punto de vista fraterno, pensando que ese infierno no reside en la otredad, como pensaba Sartre, sino en uno mismo. El infierno no son los otros, lo llevamos en nuestro interior, de ahí esa necesidad nunca del todo saciada de realizar exámenes de conciencia en la página que adquieren la categoría de ejercicios exculpatorios o, al menos, demuestran un enorme grado de confianza en la escritura, en la poesía como modo de interiorizar los conflictos tanto identitarios —«Todo lo que te une a la palabra yo / es ahora un peligro»— como de orden colectivo; como forma de evidenciar la injusticia y la degradación social, económica y cultural que sufrimos: «Dependo de un mal paso / para no faltar hoy, ni mañana, ni nunca, / allí donde discuten las miradas anónimas, / allí donde es urgente la poesía».

     Luis García Montero, como ya hicieran Rubén Darío y Joan Margarit, se vale de un animal salvaje, de un lobo —que cierta mitología asocia a la ferocidad, a la violencia sin motivo, a las tinieblas, al infierno—, para mostrar su indignación, su desacuerdo con el estado actual de las cosas, aunque, conviene dejarlo claro, sus poemas nunca descienden al tono panfletario, antes al contrario, imágenes de gran lirismo nos asaltan con frecuencia en sus versos, como en el poema «Diatriba nocturna», que finaliza con estos versos: «Nadie pude saber / quién llega y quién se va en un cuerpo dormido». Estos poemas más testimoniales actúan quizá como contrapeso a los de mayor implicación emocional, porque García Montero, parece pensar, al igual que Charles Simic que «Un poeta que se empecine en ignorar los males y las injusticias que son parte integrante de su propia época vive en el paraíso de los necios». García Montero transforma a ese poeta atento en un lobo: «Oigo que estás aquí. / Oigo que bebes agua / en la lluvia que soy». El lobo representa, a la vez, desazón interior y furia externa, conciencia del paso del tiempo («Ver cómo pasa el tiempo, / envejecer, sentirse tachadura / sobre papeles amarillos, / víctima responsable / de un amargo suspenso general») y desconfianza en el futuro. El lobo recorre todo el libro con poemas situados estratégicamente. Ese lobo pesimista ante la deriva de los acontecimientos, ese lobo que se pregunta si la poesía es todavía capaz de hablar de esperanza, si la poesía ejerce en el individuo algún efecto balsámico y reparador, ese lobo duda y «quiere saber también qué significa el tiempo y el compromiso del poema» es también un lobo —menos feroz, sin duda— melancólico que rememora la infancia, un lobo que deposita en la memoria la certidumbre de que lo que ha vivido, con sus sinsabores y fracasos, pero también con sus alegrías e ilusiones, ha merecido la pena. El poema «El lobo melancólico», quizá uno de los mejores del libro, finaliza con estos versos: «Si sueño es porque el lobo vigila mi memoria. / No entran las heridas, ni el tiempo equivocado. / Ni el ladrón de recuerdos». Entendemos así la memoria como una especie de armadura que protege de las inclemencias de la época.

     La poesía de Luis García Montero posee una misteriosa y atrayente combinación de irracionalismo y confesionalidad que muy pocos poetas saben combinar con destreza. Este irracionalismo no está sustentado en imágenes oníricas de carácter visionario ni en un lenguaje plagado de símbolos, todo lo contrario, si nos seduce es, precisamente, porque el lenguaje no resulta estridente y las imágenes que las palabras recrean pertenecen al acerbo de la cotidianidad. Cuando García Montero acierta, y son innumerables las veces que lo hace, el lector no puede más que asombrarse y disfrutar de esa especie de pincel invisible que compone un bodegón existencial. Hay, además, y como en otros libros del poeta, versos que más parecen aforismos, aunque el carácter sentencioso y/o paradójico quede casi anulado por la humildad de su formulación como, por ejemplo, en estos versos: «Yo me convierto en un desconocido / para que puedas confiar en mí». No soy partidario de establecer ni entre autores ni entre los libros de un mismo autor, aunque uno, claro, tiene sus preferencias, pero tengo para mí que en A puerta cerrada están algunos de los mejores poemas de Luis García Montero. Es cierto. Lo he escrito con respecto de otros de sus libros, pero uno está en su derecho de contradecirse, y, además, estas son las ventajas y las desventajas de ser estrictamente coetáneo del autor y de entender la poesía como el lugar donde uno se enfrenta con sus fantasmas. La poesía, ha escrito García Montero, «es el lugar en el que no puedo mentirme, un espacio de la verdad, del respeto a uno mismo, el esfuerzo por hacer que mi mundo interior se armonice con el exterior a través de las palabras». Son estas palabras una excelente guía de lectura para adentrase en este magnífico libro

 

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