BOSOfelipe boso

 

FELIPE BOSO. MI JAULA ES UNA CELDA. (CORRESPONDENCIA, 1969-1983). EDICIÓN, SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES. EDICIONES LA BAHÍA, 2017*

La figura de Felipe Boso está envuelta en un halo de misterio. Son escasos los datos biográficos que poseemos acerca de quien, por derecho propio, se ha convertido en un poeta de culto. Es del todo probable que la carencia de datos sea algo premeditado, como si el autor, fiel a los postulados de las corrientes teóricas estructuralistas o a las del New Criticism, dejara todo el protagonismo a la obra, para que ésta no sufriera la contaminación de una autoría que pudiera pervertir su esencia. Sabemos, eso sí, que nació Villarramiel de Campos, un pueblo de la comarca palentina conocida como Tierra de Campos, en 1924. Su inmenso afán de conocimientos diversos le condujo primero a la Universidad de Santiago de Compostela y, posteriormente, a la Central de Madrid, desde la que partiría como becario a la Universidad de Bonn en 1952. Este hecho fue determinante en su vida dado que, desde entonces, establecería su residencia en Alemania, país en el que permanecería hasta su temprana muerte, acaecida en 1983. En dicho país consolida una gran reputación como traductor, actividad laboral a la que se dedicaría en cuerpo y alma toda su vida. Tal intensidad —unida a la febril pasión por la poesía— le llevaría, después de dos infartos, a la muerte cuando contaba cincuenta y ocho años. Juan Antonio González Fuentes, el editor de este monumental epistolario, lo explica con precisión: «Felipe escribía apoyándose en una notable capacidad de concentración lingüística. A través de su personal uso del lenguaje, elaboró reflexiones sobre el sentido del ser […], desarrolló también agrupamientos, constelaciones de palabras o de letras que no se mantenían unidas por la lógica de la sintaxis, sino por la situación geográfica en la página y por las relaciones que de dicha relación resultan».

     Pese al rigor compositivo y la innovación de su obra poética —o quizá a causa de eso, precisamente— Boso no vio publicado en vida nada más que un libro, T de Trama, en la colección La Isla de los Ratones, en 1970 (otro de sus libros, La palabra islas, sufrió unos avatares que impidieron su publicación). No era fácil, teniendo en cuenta las estéticas predominantes en aquellos años (los estertores de la poesía social, la eclosión de los novísimos), dar salida a una poesía de carácter experimental que funda en el exigente tratamiento del lenguaje toda su poética, de lo que da sobradas muestras este copioso epistolario que tiene como corresponsales a los mejores poetas experimentales de nuestra geografía (Fernando Millán, Francisco Pino, Ignacio Gómez de Liaño, José Luis Castillejo, Carlos Edmundo de Ory, Joan Brossa, Guillem Viladot, Antonio L. Bouza, Cózar, Maderuelo , Colomer y otros) —con los que irá conformando el mapa esencial de este género— aunque no solo con ellos, porque poeta discursivos de formato tradicional también participan de diálogo epistolar (Canetti, Aleixandre, Valente, Sánchez Robayna, Jaime Siles, Guillermo Carneo, Manuel Arce o Clara Janés).

     La labor en pro de una mayor difusión de la poesía experimental, como queda de manifiesto en este epistolario de más de mil cartas, no siempre encontró eco en los poetas experimentales de la península. Disputas y desavenencias grupales de orden geográfico y estético dificultaron en grado sumo su intención de cartografiar el territorio de una poesía que crecía casi en las catacumbas. Seguimos de nuevo a González Fuentes cuando dice que «Felipe Boso y sus corresponsales dibujan a través de sus cartas la cartografía de la poesía experimental de nuestro país, convirtiéndose este conjunto epistolar en una fuente documental de primer orden que refleja muy fidedignamente el ambiente creativo, político, social y cultural y económico de aquella época…».

     No cabe duda de que el trabajo realizado por Juan Antonio González Fuentes ha sido exhaustivo y pormenorizado (como se puede comprobar al analizar los comentarios aclaratorios que acompañan estas cartas), un trabajo de carácter documental que viene acompañado de otro de carácter filológico, del todo necesario para actualizar los criterios de edición. La profusión de comentarios resulta imprescindible para contextualizar una correspondencia que, como es habitual, obvia aquellos referentes que el interlocutor da por sabidos. El lector, gracias a esas aportaciones investigadoras, se encontrará casi en las mismas condiciones que los corresponsales. Por otra pare, y refiriéndonos ahora al “envoltorio”, hemos de señalas la ajustada sobriedad del diseño y la esmerada factura del volumen, algo habitual en los libros de Ediciones La Bahía que dirige José María Lafuente. No es exagerado albergar la presunción de que este libro, desde el momento de su publicación, se ha convertido en un documento imprescindible para todo aquel que desee profundizar en el estudio de la poesía experimental española, un género poético que, gracias a las aportaciones de el Archivo Lafuente (de dicho archivo proceden las fotografías que cierran el volumen), está adquiriendo en los últimos años el protagonismo que nunca debió habérsele negado.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 2/03/2018

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