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JAVIER BOZALONGO. TODAS LAS LLUVIAS SON LA MISMA TORMENTA. PREMIO DE POESÍA BLAS DE OTERO. AMARGORD EDICIONES, 2017

La familiaridad con la obra ajena que el trabajo de editor lleva aparejado resulta, cuando se da el caso de que el editor es también autor, un lastre para la propia obra. Javier Bozalongo viene desarrollando en los últimos años una labor admirable como responsable de Valparaíso Ediciones y, a tenor de la distancia temporal que media entre La casa a oscuras (2009), su anterior poemario, y Todas las lluvias son la misma tormenta (2017), la impresión inicial está muy cerca de confirmarse, por más que en el ínterin Bozalongo haya publicado varias antologías de su obra, así como un libro de cuentos, Todos estábamos vivos (2016) y un libro de aforismos, Prismáticos (2017) y conciba su trabajo como editor como una parte más de su obra creativa.

     Afortunadamente, con esta entrega Bozalongo regresa a su ámbito natural, el de la poesía, y lo hace con un libro no tan extenso como cabría esperar después de los años transcurridos, pero con la intensidad propia de quien ha estado cociendo los poemas a fuego lento en el horno de la mente y posee un mundo propio en el que cobijarse, al que aferrarse cuando azota el temporal de la incertidumbre. Precisamente así, «Temporal», se titula la primera de las dos partes en las que está divido Todas las lluvias son la misma tormenta.

     La existencia no es una línea recta e ininterrumpida. Hay circunstancias, experiencias que trastocan esa presunta linealidad. Lo experimentado, lo vivido comparte entonces protagonismo con lo soñado, con lo intuido, con lo que pudo ser y no fue. Haz y envés completan dicha experiencia, por eso razón «De cualquier arcoíris / se puede deducir una tormenta. // Cualquier adiós / fue antes bienvenida». Las contradicciones constituyen nuestra propia esencia, al igual que esa incómoda sensación de desconcierto que nos invade cuando intentamos comprender lo que sucede a nuestro alrededor y nos sentimos impotentes para hacerlo. La escritura cumple, en incontables ocasiones, una labor humanitaria, porque provee al autor de una especie de pantalla protectora que las flechas envenenadas del destino no pueden traspasar. En ese espacio inviolado el poeta se siente seguro porque «Por más que las tormentas alarguen el invierno / en contra de la lógica de los calendarios, / por más que algunos días / jueguen al escondite con el amanecer, / siempre hay un mañana que estalla de repente /para que al fin sepamos que los cristales rotos / son la oportunidad / de mirar aún más lejos». Pero claro, por mucha que sea la resistencia, el individuo no sale indemne del reto. El pasado va dejando subterráneas heridas sin cicatrizar que pugnan por salir a flote, como el agua de un géiser. La muerte, estamos ya en el presente, envía sus primeros avisos y el poeta reflexiona, escribe sobre esa experiencia traumática: «No es túnel ni un valle ni un abismo. / Es solo miedo» lo que siente.

     La segunda parte del libro, «El resto de mi vida», da cuenta de los nuevos recuerdos que va atesorando el superviviente. Viajes y ciudades van conformando un itinerario vital pródigo en entusiasmos varios, como sucede en el magnífico poema titulado «NYC». La mítica ciudad deja un poso de melancolía en el poeta que se ve obligado a abandonarla: «Trabajos que dejé sin terminar / y deudas contraídas con el tiempo / me obligarán mañana a abandonar Manhattan / igual que se abandona en la puerta del cine / a quien pudiera ser el amor de tu vida». Otra ciudades, no menos míticas, como Berlín Venecia, Buenos Aires o Granada son el escenario donde Javier Bozalongo simboliza sus deseos y temores, donde reconstruye esa identidad recuperada. Pequeñas viñetas dibujan con palabras un instante lo suficientemente explícito, sin embargo, como para mostrarnos sino una imagen completa de la ciudad, sí un fragmento que permite al lector identificar lugares comunes, costumbres o actitudes en las cuales reconocerse.

     La poesía de Bozalongo está construida con un lenguaje directo y sus poemas dan prioridad a lo descriptivo, a lo cotidiano por encima de lo evocativo, pero eso no significa que renuncie a la tensión estética. La comunicabilidad no está reñida con la exigencia formal y lingüística. Además, al asombro y la emoción que destilan sus versos hay que añadir una fuerte dosis de crítica social (es muy posible que la figura de Ángel González no sea ajena a ello), quizá enmascarada por la añoranza, pero ácida y reivindicativa: «Añoro una ciudad de aire tan limpio / — no me refiero solo a la contaminación— en la que uno pueda salir a caminar / sin sentir que su sombra / desaparezca a plena luz del día». Hay algo de ilusorio en toda narración biográfica, pero esto, lejos de evadirnos de la realidad, contribuye a aumentar su carga simbólica:. «Cualquier maleta esconde un doble fondo» y en ese doble fondo se encuentra la verdadera poesía.

*Reseña aparecida en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 26/01/2018

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