MICHAEL SEARS

MI MADRE Y YO PEGAMOS A UN PERRO

para Maggie Daniels

I

En los meses anteriores a que nuestro viejo perro muriera,

mi madre y yo nos turnábamos para pegarlo

porque el perro estaba enfermo y mi padre

no quería menospreciarla. ¿Vamos

a contradecirme cuando me haga viejo?

bromeó una vez, frotando su calva

mientras el perro se retorcía en el suelo.

Había algo que mi madre y yo

odiábamos en ese perro cuando se escabullía

en la cocina para lamer cualquier migaja

en los azulejos, ese sonido es un eco

de la escoba o de un paño húmedo de mi madre,

ese sonido es un eco mío

masticando mientras comía, el perro y yo,

cada vez que comía, ella y el perro,

cada vez que alguien había comido,

en la cocina al mismo tiempo,

el perro y yo comiendo, mi madre

y el perro limpiando, lavando

las encimeras y el suelo.

Esto fue cuando mi madre y mi padre

se estaban divorciaban sin saber

que lo estaban haciendo. Era como si no tener

una palabra para esto les privara de una palabra

para cualquier cosa, por ejemplo, la cena,

que mi padre comenzó entonces a hacer cada noche

por primera vez desde que nací,

lomos de cerdo fritos al chile, excelentes platos

de primavera y lasaña que guardaría

en la nevera durante días, en mal estado,

nadie los prueba.

Mi madre y yo nunca comimos su comida.

De todas formas siempre comíamos fuera de casa,

aunque ¿quién sabe a dónde ella fue?

Pasaría por toda la ciudad

sin verla, corriendo primero cuatro,

luego ocho, doce, sin embargo tantas millas

me llevaron a las afueras de la ciudad,

la carretera vacía que discurre entre campos grises

de tallos de maíz allanados, la propia

propuesta como un hambre. Podrías vaciarte

por completo, y al hacerlo

siempre podrías tomar más.

Cuando mi madre y yo volviéramos

de nuestros respectivos lugares, nos encontraríamos

en la cocina. Mientras ella limpiaba

los platos de mi padre, yo me permitiría

comer un poco. Nosotros hablamos

pocas veces. Aguardábamos el sonido

de las uñas sin cortar del perro en las baldosas

mientras cojeaba para lamer el suelo de debajo

mi asiento, y si mi hermana venía a preguntar

donde habíamos estado, respondíamos

vagamente, conocedores de su interés.

“No puedo esperar”, dijo mi madre una vez,

“Hasta que muera”. Esto ocurrió hacia el

final, mucho después de los días en los que frivolizábamos

con lo que estábamos haciendo, escenificando

torpes patadas, patadas deliberadamente grandes

dirigidas al perro, sin tocarlo,

que corría hacia al extremo de la habitación.

Pero siempre volvía y el sonido

de su lametón -resuelto, rítmico, obsesivo-

continuaría. Pronto comenzamos

a ahuyentarlo, pero el perro a duras penas

se movía. Cuando aún estaba allí, gritábamos,

luego comenzó a imitar los golpes

que se convirtieron en golpes reales y finalmente

parecía que en lugar de entrar en

la cocina por comida, venía a ser

castigado, aunque ahora sé que es

falso, que una vez que castigas a alguien

renuncias a tu conocimiento de

lo que sea que haya sido, la manera de ser de las personas

en mi ciudad natal, domingo después

del domingo, intente ascender a Cristo a su

Divinidad para crucificarlo una y otra

en sus mentes, tratando de encontrar ese punto

donde la agonía se diluye en cualquier otra cosa.

Versión Carlos Alcorta

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