LAS AGUAS TRANQUILAS I

 

LAS AGUAS TRANQUILAS. OCHO POETAS VASCOS ACTUALES. EDICIÓN DE AITOR FRANCOS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

No son muy frecuentes las traducciones al castellano de poetas vascos actuales que escriben en euskera (hemos de dejar constancia de que la presenta antología recoge, aunque no se exprese en la cubierta, solo a poetas vascos que escriben en euskera y suponemos que por esa causa no estén presentes nombres tan imprescindibles en la poesía vasca actual como Julia Otxoa, José Fernández de la Sota, Eli Tolaretxipi, Karmelo Iribarren, Itziar Mínguez Arnáiz o Gabriel Insausti, por citar algunos nombres). La última antología de la que tenemos constancia se remonta al 2009. José Ángel Irigaray recogió poemas de siete poetas que no tenían más vínculo en común que el haber publicado en la misma editorial, la navarra Pamiela. Unos años antes, en 2006, en la extinta y añorada editorial DVD, bajo el título de Montañas en la niebla, Jon Kortazar antologó a seis poetas: Rikardo Arregi, Karlos Linazasoro, Juanjo Olasagarre, Miren Agur Meabe, Harkaitz Cano y Kirmen Uribe. Nos vemos obligados a remontarnos a 1993 para encontrarnos con otra antología, la preparada por Iñaki Aldekoa para la editorial Visor que recoge a once poetas generacionalmente anteriores a los que abarca la antología que ahora nos ocupa, Las aguas tranquilas. Ocho poetas vascos actuales, preparada por el poeta y crítico Aitor Francos (Bilbao, 1986). Como veremos, varios de los autores seleccionados por Francos coinciden con los antologados por Kortazar: Rikardo Arregi, Miren Agur Meabe, Karlos Linazasoro y Harkaitz Cano, lo que supone, de hecho, que existe cierta unanimidad a la hora de valorar la importancia de su obra. El resto de los autores incluidos son, para el lector en castellano, mucho más desconocidos, pese a que se pueden leer poemas suyos en algunas páginas web. Hablamos de Luis Garde (Pamplona, 1961), de Juanra Madariaga (Bilbao, 1962), de Ángel Erro (Burlada, 1978) y de Leire Bilbao (Ondarroa, 1978). Uno echa en falta a algún que otro autor ya consagrado por la crítica como Juan Kruz Igerabide o Kirmen Uribe, pero, como se ha repetido tantas veces, toda antología es, en principio, un error, y esta no lo iba a ser menos. El propio antólogo lo recuerda: «Cualquier antología es, a la fuerza, un acto de acotación y de fatal exclusión, pero también de combinación, sinergia, unidad y refuerzo […] La antología —continua diciendo Aitor Francos— no busca una panorámica amplia sino que es el fruto de unas pocas afinidades, de lecturas intensas y afinidades».

   La antología comienza con el poeta, traductor y crítico Ricardo Arregi (Gasteiz,1958), que ofrece algunas pistas sobre su manera de entender el hecho poético en las palabras que anteceden a los poemas: «Creo que escribir poemas es vivir y que, al mismo tiempo, en el mismo instante, vivir es escribir poemas». Esta simbiosis entre poesía y vida queda reflejada en versos descriptivos, armados con un leguaje sencillo pero lleno de aristas. como vemos en este poema: «Poco después, al proseguir / mi camino, demasiada lluvia / para intentar retener / una reflexión poética, / pensé que es en vano / escribir de lo ya ido, / y que no me apetecía / ensalzar el pasado». Arregi fue incluido por Vicente Luis Mora en la antología La cuarta persona del plural. Antología de la poesía española contemporánea (1978-2015), publicada en 2016. Poemas como «66 versos en la ciudad sitiada» o «Fotografía de guerra» justifican plenamente esa inclusión.

   Luis Garde (Pamplona, 1961) piensa que «cada poema es una aproximación a una pequeña verdad», por lo que sus escritos «son más de búsqueda que de celebración». La reflexión metapoética y el conflicto identitario que sufre el poeta están muy presente en sus versos: «La mayoría ciudadana ve a los poetas como creyentes en dragones, / porque los ha visto angustiados buscando centauros en bosques dudosos», escribe en el poema «Hic sunt dracones».

   Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) resume en un decálogo previo a la selección de sus poemas su forma de entender una poesía en la que su yo biográfico y su yo poético «se han ido construyendo al apoyarse el uno en el otro. La vinculación entre el hecho artístico y el hecho vital es, por lo tanto, muy profunda», algo que percibimos también en la poesía de Arregi. Algunos de los aspectos que destaca son la «búsqueda de la identidad» femenina, «la resemantización del contexto diario y la referencia a la experiencia doméstica», «la explicitación del deseo sexual desde una fisiología femenina», «la atención al sufrimiento de las víctimas inocentes» o «la experiencia de la muerte como distancia insalvable». Un fragmento del poema titulado «Automitología de la jolie fille» nos basta para verificar esos postulados: «¿A cuántas niñas han violado hoy en Burundi¿ ¿Cuántos murieron en Dafur este último minuto? Un niño afgano me habla desde una foto: “Solo fui un instante en el gran mosaico geométrico, una tesela pasajera, tan relativa. Después, las bocas de las torres devoraron mi sombra, y nada ocurrió. Oí la voz de mi madre pariendo mi nombre como una gran grieta en la pared. Hoy es un día tranquilo. Mis pies quedaron en un contenedor. Mi vida es una alambrada más».

   Para Juanra Madariaga (Bilbao, 1962) «La poesía es una nebulosa intransitable, un agente doble» y la palabra, en consecuencia, una herramienta para profundizar en el desvelamiento de la realidad. El lenguaje no consigue precisar aquello que intenta expresar, solo puede aproximarse, por eso Madariaga recurre a las palabras «de a diario», buscando amparo acaso en lo cercano, en lo más afín y conocido.

   Una pormenorizada poética, no exenta de ironía, precede a los poemas de Karlos Linazasoro (Tolosa, 1962). Con algunos de los preceptos que enumera es difícil no estar de acuerdo: «Soy lo que digo y lo que callo: realidad y deseo»; «Poesía es nombrar el misterio, intentar descifrarlo» o «La poesía debe decir la verdad, aunque el poeta mienta». El sentido del humor que alimenta estos aforismos de contenido metapoético está muy presente en su poesía, como podemos comprobar, por ejemplo, en el poema «Biografía»: El famoso poeta / escribió / —por encargo, por supuesto— / su biógrafa: / “No soy ya lo que era”. / Y vendió miles de ejemplares».

   La poética de Harkaitz Cano (Lasarte, 1975) está, sin embargo, implícita en los propios poemas, no en elucubraciones teóricas acerca del acto de escribir. Basta leer el poema «12 sardinas viejas para consumo inmediato», del que extraemos estos versos: «Un buen libro de poemas ha de ser / como una caja de pescado. // Nutritiva y fresca, fuente de fósforo y calcio. / O descarga hedionda… […] / Una de dos. / y así habrá de ser, / como un buen libro de poemas, / nuestra vida». Aitor Francos escribe que «Cano reivindica una poesía discursiva de imágenes corrientes que se siente cómoda en el refugio de la modernidad. Su fuerza lírica se ve en los detalles, en la observación de todo objeto que da un testimonio y una presencia».

   Ángel Erro (Burlada, 1978) consigue construir en sus poemas un universo mítico desde una geografía muy concreta, la de su lugar de nacimiento y algunas poblaciones cercanas. Canta la cotidianidad, como hicieron los poetas grecolatinos, sin necesidad, a pesar del título de algunos de sus poemas, de sublimar como hechos heroicos lo que no son más que actos humanos producto de la costumbre. En el poema «Teoría literaria en el bar Kaixo» se pregunta «¿Cuándo aprenderán algunos a distinguir / entre el yo poético y yo?», es decir, a diferenciar la ficción de la realidad, un dualidad esta que no muchos críticos y lectores actuales saben ponderar y que contribuye a desmitificar el presunto confesionalismo de los poemas de Erro.

   Leire Bilbao (Ondarroa, 1978) rinde en sus poema homenaje a sus poetas de referencia. Los hace aparecer con pelos y señales en muchos de sus versos y, cuando no lo hace, no se preocupa de dejar al descubierto su influencia. El tono reivindicativo y ácido, desde su posición de mujer comprometida con su condición femenina, caracteriza su obra, en la que no falta un lenguaje directo, duro, preciso que, sin embargo, es capaz de perforar la cáscara de nuez de la conciencia más cerrada, como demuestran estos versos del poema «Lavadora»: «El día de tu muerte me compré una lavadora […] Fue aquella vez, mirando desde la escotilla al mar, / entre el jabón y los trapos sucios, / cuando supe que te alcanzó una ola, / metí mis manos al instante en el agua enjabonada / buscándote en vano entre la ropa. / Lloré por la boca por las orejas / por los dedos por la piel, / y ahora, tengo ríos muertos surcando mis venas, / y una lavadora nueva».

   ¿Qué conclusiones podemos sacar leyendo esta antología? La primera de ellas es que la falta de traducciones supone un lastre insalvable para el lector interesado. Esta carencia lleva aparejada, sin duda, un conocimiento muy parcial de la poesía que se escribe en nuestro país. Desconocer lo que se escribe en el resto de lenguas oficiales empobrece nuestra cultura literaria y dificulta la perspectiva crítica. En segundo lugar, podemos constatar la vinculación absoluta de la poesía escrita en euskera con el resto de la poesía que se escribe en España. Las influencias son comunes y, nos parece, existen menos diferencias entre un poeta vasco y un poeta albaceteño, pongamos por caso, que las que podemos detectar entre poetas vascos o manchegos de distintas generaciones. Confiemos en que este tipo de publicaciones antológicas propicien la publicación regular de la obra individual de cada uno de los autores y, con ello, un conocimiento más efectivo de nuestra rica tradición. Mientras tanto, solo nos queda dar la enhorabuena a Aitor Francos y a la editorial Renacimiento por poner en nuestras manos esta propuesta.

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