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JOSÉ INIESTA. EL EJE DE LA LUZ. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

José Iniesta (Valencia, 1962) no es, a pesar de que El eje de la luz aparece solo un año después de Las razones del viento, un poeta prolífico. No puede serlo quien escribe siempre desde la necesidad, quien permanece a la espera, quien solo se sitúa frente a la página cuando siente esa llamada interior que algunos denominan «inspiración» (aunque el término esté muy desprestigiado) y otros la califiquen como destilación emocional: la idea se ha ido fraguando en esa especie de alveolos mentales y, cuando está en su punto, pugna por salir al superficie, a la página. No es la escritura, en este caso, fruto de un relámpago de la inspiración, sino de la maduración en el tiempo. Tanto da. El caso es que, en cuanto leemos un poema de Iniesta tenemos la sensación de que a sus palabras las envuelve un halo de misteriosa armonía que no parece de este mundo. Basta con leer este breve poema para confirmarlo: «Las certezas»: «Ilimitado es todo, si callamos. / Nuestro mirar profundo / al levantar los ojos, / liviano nuestro peso al avanzar, / al abrazar el aire y contentarnos / en el paseo / con este sol de mayo, / desde dónde».

    No son muchas —ni extraordinarias— las cosas que bastan al poeta para sentirse a gusto con el mundo: «… oh, gratitud, / de no sabemos qué que no sucede, / y niega la tristeza y es tristeza / donde se muere el tiempo, y sonreímos», escribe en el poema «La primera nevada». La casa, el patio («Qué suerte envejecer en este patio / al lado del granado que me sabe») y el jardín, esos territorios cotidianos que el tiempo construye a medida de quien los habita, parecen ser, a pesar de ser espacios generalmente colectivos y consuetudinarios, lugares en los que el misterio nace cada día. Al menos así lo percibe la mirada escrutadora de José Iniesta, una mirada admirativa y respetuosa que sabe distinguir el más leve cambio, que sabe rastrear la más mínima huella, la más insignificante variación en la intensidad o el cromatismo de la luz, Cualquier minucia engrosa la lista de materiales que propician el asombro, hasta el punto de que parecen sedimentar esa fortaleza espiritual que trasmiten los poemas, pero acaso más que de fortaleza deberíamos hablar de serenidad, incluso de estoicismo, aunque solo de forma muy tangencial podemos percibir en estos poemas renuncia, desasosiego o dolor. Así finaliza, por ejemplo, el poema titulado «Una nube»: Quién pudiera cantar en su retiro /este silencio puro, alucinado, / esta renuncia justa, la blanca levedad / de ser nube en su vuelo. / contra un azul intacto / de fina transparencia / la nube de mi vida se me va / bogando en esta tarde silenciosa». Tal vez el poema dedicado a su madre, «Un lugar despoblado», sea el más explícito en cuanto a dejar constancia de ese dolor que provoca la pérdida y que se agarra a la mente como una ventosa, como un parásito, pero los poemas de este tono melancólico no abundan en El eje de la luz, antes bien, la mirada de Iniesta celebra la existencia, se dirige hacia la claridad, tanto cuando mira hacia el exterior como cuando mira hacia adentro porque, nos parece intuir, no hay diferencia alguna entre afuera o adentro, tal es la comunión del autor con el cosmos, con la naturaleza que se deduce de estos versos. De esta correspondencia no podemos deducir, sin embargo, intenciones místicas. El yo no se disuelve en la oración, en el canto, el yo está presente de forma contundente y la naturaleza parece estar subordinada a los irradiaciones de la identidad: «No sé, miro a lo lejos desde el alma / y el humo de los años se dispersa, / y albergo en mí, no sé, / todos los sueños / rotos del mundo acaso, / y soy aquí conciencia de una rosa». Una naturaleza que aparece también como escenario en los «Cinco poemas de amor»: «testigo yo del sol sobre los campos / a tu lado, mi amor, con tu presencia».

    No es muy frecuente que el poeta como individuo guarde excesivas similitudes con su escritura, pero el caso de José Iniesta, nos parece, en este aspecto, una de esas excepciones que confirman la regla, porque las cualidades de su escritura no pueden ser impostadas. La nitidez del lenguaje, la fluidez discursiva —dislocada, en ocasiones, por el hipérbaton—, una moderada estética jubilosa que tiene su origen, como mínimo, en nuestro clásicos y ese gusto, por otra parte tan mediterráneo, por el poema meditativo que le lleva a construir en la escritura una vida a su medida, una vida habitable solo pueden provenir de alguien que escribe desde una verdad interna incuestionable, por esa razón, acaso encuentre en la parte más amable de la naturaleza el referente perfecto, la expresión más cierta del acto poético. No olvidemos que el autor «se siente yo entre las cosas» o lo que puede ser lo mismo, uno más de los seres vivos que en la naturaleza conviven. El eje de la luz defiende una poética de la reconciliación —y no estoy hablando en términos políticos— a la cual nos sumamos encarecidamente, pese a no poseer, qué más quisiéramos, los mismos atributos personales que José Iniesta revela.

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