CUADERNOCUADERNO MAYA

 

CUADERNO ADREDE NÚM. 8. MAYA ALTOLAGUIRRE. FUNDACIÓN GERARDO DIEGO.

La figura de Maya Altolaguirre, nacida en Málaga en 1934 y fallecida en Madrid en febrero de 2016, es escasamente conocida fuera de un reducido grupo de amigos, profesores y especialistas en la literatura española del pasado siglo, fundamentalmente en todo lo que atañe a la generación del 27. La actividad de su tío Manuel Altolaguirre como poeta de dicha generación, pero también la necesidad de reivindicarle como impresor y promotor de innumerables iniciativas literarias como revistas y colecciones poética fue determinante a la hora de marcar el destino de nuestra protagonista. «Maya vivió —escribe Elena Diego— con la añoranza de aquel grupo de amigos llamado Generación del 27 del que su madre debió hablarle. Gran parte de su vida la centró en el estudio y difusión de su obra y para facilitarlos creó en 1996 una Fundación generación del 27 que gracias al apoyo de la Universidad de Alcalá logró llevar a cabo una importante labor editora en su Biblioteca del 27».

   El poeta malagueño José Infante, amigo y cómplice de la entusiasta profesora en innumerables proyectos poéticos, traza una semblanza de Maya Altolaguirre en la que la vinculación emocional no resta un ápice de rigor documental y de precisión cronológica. Su madre fue Concha Altolaguirre, hermana de Manolo; el padre, Porfirio Smerdou, cónsul honorario de México en Málaga. Durante la guerra civil acogieron en su hogar a numerosos perseguidos de uno y otro bando, lo que provocó la huida de la familia, primero a Tánger y después a París. Sin embargo, la pequeña Maya se queda en Málaga al cuidado de su niñera. La familia opta definitivamente por trasladarse a Madrid. En 1950 conoce a su tío Manolo, que se convertirá, pasado el tiempo, en el asunto de su tesis doctoral, y es que «Maya —escribe Infante— es ya una jovencita que está predestinada para la literatura, estudiante de letras en la Universidad Complutense de Madrid». En 1973 publica su primer libro, una edición crítica de Las islas invitadas y, a partir de ese momento la figura de Manuel Altolaguirre como poeta, pero también como impresor y editor —labor que Maya continuará de manera ejemplar— pasa a ser el centro de su atención, aunque otros poetas del 27 y la literatura del Siglo de Oro son objeto de sus estudios.

   José Infante rememora de forma detallada su relación con Maya Altolaguirre. Se conocieron en Málaga, en 1970, de la mano de Bernabé Fernández Canivell, aunque la amistad se fue fraguando en Madrid: «Maya fue con su proverbial generosidad una de las personas que en aquellos primeros años difíciles madrileños me acogieron y me ofrecieron mucho más que su amistad». Esta amistad permitió al poeta ser testigo y cómplice de muchas de las iniciativas que, con perseverancia envidiable, puso en marcha Maya, que reunió en torno suyo un agrupo de amigos y colaboradores entre los que se encontraban Gloria Fuertes, Rafael Pérez Estrada, José Mercado, Matilde Caparrós, Milagros Polo, Jaime Salinas, Claudio Guillén, Claudio Rodríguez o Fernando Lázaro Carreter «con el que Maya funda en los años setenta la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. A este grupo de amigos se unieron en el transcurso de los años nuevos amigos como Gonzalo Santonja, Rosa Chacel, Joaquín Marco, Pureza Canelo, Antonio Prieto, Pilar Palomo o Pablo García Baena. La nómina en mucho más amplia, porque Maya tenía una especial habilidad para rodearse de amigos «siempre dispuestos a ayudarla y a colaborar con ella».

   En 1976 Maya Altolaguirre funda la revista “Caballo Griego para la Poesía”, cuya dirección tipográfica encomienda a Bernabé Fernández Canivell. Estuvo «La revista inspirada —seguimos de nuevo a Infante— por alguna de las publicaciones poéticas de Altolaguirre, “1616”, “Héroe”, “Poesía” y de forma especial por una de las más celebradas, “Caballo Verde para la Poesía”». Tuvo una corta pero intensa vida. Se publicaron solo tres números, pero agrupó en sus páginas a los mejores poetas de la época. Maya decide entonces crear una editorial con el mismo título y con dos colecciones, Pentesilea, dedicada a la poesía y Héroe a la prosa. Después se ampliarían con la colección Hijos de la ira y la Biblioteca del 27, en colaboración con la Fundación Generación del 27, en la que, a su vez, organizó diez nuevas colecciones. Como ocurre a menudo con este tipo de proyectos, muchos se cumplieron a medias y otros no llegaron a ver la luz debido a la precariedad de medios y la deficiente distribución.

   Pureza Canelo cierra el volumen —que se complementa con un apartado selecto iconográfico y una completa relación de los títulos que se editaron bajo la batuta de Maya— con unas palabras sobre el carácter de la homenajeada: «Maya era autosuficiente, pero a la vez desvalida, dependiente de su estado emocional y de la envergadura del proyecto que había iniciado» y es que solo desde la pasión puede uno implicarse en las cosas hasta el tuétano, como demuestra este nº 8 de la colección Cuaderno Adrede que edita la Fundación Gerardo Diego.

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