JOSÉ LUIS PIQUERO IM

JOSÉ LUIS PIQUERO. TIENES QUE IRTE. LA ISLA DE SILTOLÁ EDICIONES. SILTOLÁ POESÍA, 2017

 La publicación de un nuevo libro de José Luis Piquero (Mieres, 1967) siempre es acogida con expectación porque no es poeta de los que gusta prodigarse, antes al contrario, mantiene con la escritura una relación ambivalente que le lleva a permanecer durante meses —años, incluso— en un silencio creativo casi total, pese a que él mismo ha reconocido el efecto benéfico que la poesía desencadena en su forma de relacionarse con el mundo que le rodea.

   Tienes que irte es su sexto libro (no incluimos aquí Autopsia, la edición de su poesía completa publicada por la extinta editorial DVD en 2004 ni la antología Cincuenta poemas, editada por La Isla de Siltolá en 2014). No son muchos libros, si tenemos en cuenta que Piquero empezó a publicar relativamente joven, a los veintidós años. Las ruinas es de 1989. Posteriormente ha publicado El buen discípulo (1992), Cazador de autógrafos (1994), Monstruos perfectos (1997), quizá su libro más crudo, pero también el más celebrado y El fin de semana perdido (2009). Quizá por esa morosidad creativa no es nuestro autor un poeta habituado a cambiar de registro. Desde su primer libro las constantes que mueven sus poemas son casi idénticas aunque en este libro observemos que el paso del tiempo ha metabolizado alguna de ellas, como la del desgarramiento íntimo, ahora menos focalizado en su propia vida, la presencia omnisciente de la autobiografía y esa disección a cara de perro, sin circunloquios retóricos de sentimientos como la amistad o el amor que nos hace pensar que estamos leyendo fragmentos de un diario en verso. Ninguno de estos aspectos ha desaparecido, pero en Tienes que irte, Piquero parece referirse a una segunda persona autónoma, aunque conserve ciertos rasgos (el malditismo, el sarcasmo, la crueldad) personales difícilmente prescindibles en una poética como la suya que muestra a las claras el lado menos amable, el lado más perverso del ser humano- Quizá sea esta característica la que más llama la atención de un lector acostumbrado a leer desahogos emocionales que premian lo supuestamente literario por encima de lo vivido a sangre y fuego. García Martín señalaba en el ya lejano 1994, a propósito de Cazador de autógrafos, cuyos poemas pasaron a formar parte de Monstruos perfectos, que «hay […] poemas que casi hacen daño, por impiadosos, por negarse a disfrazar el sinsentido de vivir con ninguno de los habituales mitos consoladores).

     No queremos inducir a pensar que la poesía de Piquero provenga de un estado de enajenación mental y que su traslación en la página sea torrencial y desordenada. Nada de eso. Piquero no es un poeta visionario ni surrealista, es un poeta realista que sigue los esquemas clásicos de composición, por eso sus poemas poseen un ritmo magnífico, aunque no sean del todo ortodoxos en cuanto a la métrica tradicional. La combinación de metros impares en el mismo verso puede hacer pensar a un oído no muy fino que estamos ante verso libre, pero quien piense así estará equivocado del todo, porque esa acumulación, además de estar justificada por el ritmo interior que el poeta quiera imponer, cumple con rigor con la más acendrada tradición compositiva.

   Piquero ha entendido muy bien que, para analizar sin miramientos sus relaciones con los demás, es necesario despellejar la relación consigo mismo, uno mismo debe ser el primer objeto de observación. Quien se ríe de los demás debe saber reírse de sí mismo; quien desmenuza sin piedad al otro debe ser capaz de infligir el mismo correctivo a su propia identidad. No nos ha mentido. Sus poemas trasmiten una verdad que no es necesario verificar empíricamente. Su verdad alcanza tan alto grado de emoción que nos basta con dejarnos llevar por lo leído para testificar a su favor, sin ampararnos en lo real.

   Pese a todo, parece que el espíritu indomable de nuestro autor se ha domesticado levemente en este libro, por más que Piquero escriba en la «Nota final» que percibe «esos ocho años [el tiempo que transcurre entre la publicación de El fin de semana perdido y Tienes que irte] como un lapso de unidad literaria y vital. Creo que he estado ausente todo este tiempo dando vueltas tercamente a las mismas obsesiones, escribiendo sobre unos pocos temas y utilizando técnicas muy similares». No encontramos ahora, sin embargo, poemas tan desasosegantes como «Elogio del Pez-Luna» o «Retiro sentimental». Siendo consecuente con esa argucia que el mismo Piquero desvela al recordarnos que sigue «fiel a ciertos atavismos de [su] poética, como el uso de máscaras y escenarios preconcebidos», el poema titulado «Dummy» puede ser un buen ejemplo de esa tragedia existencial y cotidiana que con tanta crudeza retrata Piquero. La imprecación resultante de las últimas estrofas resulta espeluznante: «Óyeme tú, viajero, que recorres triunfante la autopista / y a tu corazón baja / el canto eterno de la radio-fórmula. / Acuérdate de mí cuando, muerto de miedo, levantes la cabeza llena de sangre y grites: // “¡Santo Dios, no lo he visto! / ¿Estás bien?” // Y el silencio».

     El libro está dividido —de una forma un tanto casual, como reconoce el poeta— en cinco secciones y «casi todos los textos podrían haber figurado en alguna otra sección o ser parte de un discurso continuo, sin pausas. «Aspiramos a un orden —escribe Piquero—, pero a un orden ficticio». Y es que los temas que acucian al poeta están presentes de una u otra forma en cada poema. La identidad en conflicto, por ejemplo, aparece en «Elvis, reconocido»: «Soy otro: / un nuevo yo dispuesto a la sorpresa», pero también en el poema «El insomne»: «Ahora ya sé quién soy: un centinela» o en «El inmortal», en que escribe «Poco a poco / olvidaré quién soy». El humor negro y la escatología se dejan sentir en poemas como «Insectos», «Post mortem»o «Narcolepsia». No faltan tampoco los instantes en los que la conmiseración parece apaciguar, si quiera momentáneamente, ese diablo interior que gobierna el infierno de la conciencia, como se deja intuir en estos versos: «Quien hace daño y quien recibe el daño son el mismo. / Esa es la despiadada belleza de la vida, / su verdad espantosa, y así quien ama más / entrega sin pesar su regalo de sangre. / Habrás de convenir / en que en eso fui un monstruo de lo más apacible».

   Como en cada uno de sus libros, Tienes que irte constata una forma de entender la poesía como exorcismo, como una forma pacífica de expulsar a unos demonios con los que, por otra parte, Piquero parece convivir sin demasiadas tensiones, acaso por que admitir la imperfección o la maldad del ser humano es reconocer su debilidad, y en la debilidad se ocultan muchas veces la verdad y la belleza.

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