JOSÉ MATEOS

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JOSÉ MATEOS. UN MUNDO EN MINIATURA. DIBUJOS DE PEDRO SERNA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017*

 Ser hombre en sentido pleno, más que un acto de la voluntad, es una cualidad vital, un propósito que va más allá de la toma de conciencia que conduce a la búsqueda de ese estado, es algo incrustado en los genes originarios del ser, es una especie de vuelta al origen y por eso este nuevo libro de José Mateos, Un mundo en miniatura, tan sutilmente acompañado por los dibujos de Pedro Serna, resulta ser una permanente indagación tanto en el propio cuerpo como en las entrañas de las cosas que nos rodean, hasta las más insignificantes, como un aplicado franciscano, buscando, probablemente, esa comunión secreta que une a todos los seres vivos. Tal vez estas palabras de Azorín escritas en el prólogo a Diario de un enfermo puedan aproximarnos mejor a esta idea: «Lector: lee religiosamente estas breves páginas. En ellas palpita el espíritu de un angustiado artista […] fue dejando en estos diarios y tormentosos apuntes su alma entera».

     Un mundo en miniatura está escrito desde unas circunstancias personales que han obligado a nuestro autor a revisar no tanto su itinerario vital sino su relación con la existencia. El dolor transforma la perspectiva desde la que se observan las cosas: «En el dolor el tiempo se hace presente. Y lo que más nos lastima es no poder, no saber, salir sin él del presente», el dolor «convierte el cuerpo en nuestro pero oponente y a nosotros en desesperados mendigos de la nada». El mundo que experimentamos adquiere una tonalidad amarillenta, porque la enfermedad produce alteraciones en el estado físico, pero también, y estás son menos evidentes pero más dañinas, en el estado emocional. La penetrante ataraxia que trasmiten gran parte de los fragmentos de este libro se convierte en desamparo, en angustia vital los más doloridos. Se aprecia bien en las descripciones de su estado de ánimo: «La angustia es pegajosa: se adhiere a todo lo que miro cuando me mira»., pese a todo, prevalece algo lo inefable: «… No sé cómo decirlo: algo inmenso y esencial que no se deja ver sino mezclado en lo que miro […] y que se esconde, no por ser de naturaleza esquiva o difícil, sino por humildad».

     No cabe duda de que los instantes de recogimiento, de catarsis emocional, conviven con momentos de crisis, de duda espiritual y esa alternancia se traslada a la escritura, como en este fragmento aforístico: «Dejar de ser es ser para ser alguien. Después de vivir no se puede no vivir… de alguna manera». Amiel decía que un diario es la farmacia del alma. En lo que concierne a este volumen, creemos que esa afirmación es totalmente cierta. La escritura parece tener, para José Mateos, un efecto terapéutico. Para un hombre de naturaleza solitaria y contemplativa como él, la escritura es la forma ideal de conectarse con lo que le rodea: «En el trabajo gustoso, constante y sin recompensa encuentro destellos de santidad».

   No hay en estos fragmentos de desigual extensión apenas confidencias, testimonios que nos revelen datos sobre la vida del autor. Por supuesto, esta opción es deliberada (recordemos que en su libro “Un año en la otra vida” no se huía de la escritura como documento íntimo, como testimonio). Aquí estamos hablando más de una radiografía del pensamiento que de la acción. Entre sentir y hacer, se opta por lo primero. Entre el habla y el silencio, se opta por este último. Volvemos a citar a Azorín. En su libro El pequeño filósofo, el autor construye una filosofía para sobrevivir, para superar la crisis y volver a vivir y esto es lo que parece hacer José Mateos en este libro, una biografía de lo sentido, no de lo vivido. Un mundo en miniatura es un diario íntimo porque no hay lugar para los sucesos externos (el hospital aparece solo con un escenario circunstancial), sino para la reflexión a partir de la observación, para el apunte de carácter confesional, para el autoconocimiento. No es frecuente encontrar una sintonía tal entre el modo de vivir y la forma de escribir, como ocurre en José Mateos, un discípulo aventajado de su admirado Christian Bobin. Con él comparte esa atención a lo insignificante («El alma se alimenta de destellos»), el estilo sencillo e inteligible, una peculiar forma de analizar la identidad no como algo ya preconfigurado (la vida es multiforme e, incluso, contradictoria), sino como un proceso en evolución continua (la escritura fragmentaria lo refleja perfectamente) . profundo se queda en la superficieratitud vitalua)turaleza.tal aparece solo con un escenario circunstancial), sino para l arefy un cierto panteísmo que nos inclina a ver en el amor a la naturaleza que ambos profesan un permanente canto de gratitud vital, seguramente porque «cuando falta el amor, hasta lo más profundo se queda en la superficie».

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 1/12/2007

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