SANTIAGO IMA

SANTIAGO ESPINOSA. EL MOVIMIENTO DE LA TIERRA. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA JAIME SABINES 2016. EDITORIAL VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

El premio que lleva el nombre del poeta chiapaneco Jaime Sabines es uno de los más importantes que se otorgan en el género poético en México, pero está abierto a poetas que escriban en español aunque residan en otras latitudes, de hecho, el ganador del pasado año fue Santiago Espinosa, nacido en Bogotá en 1985, profesor de la Universidad de los Andes y del Gimnasio Moderno y autor de los libros Los ecos 2010) y Lo lejano (2015), así como de un estudio sobre la poesía colombiana titulado Escribir en la niebla (2015).

     En El movimiento de la tierra, el libro que ha merecido el galardón al que hacíamos mención más arriba, el autor ha querido, y transcribimos sus propias palabras, «encontrar en mi ciudad y en los viajes, en las artes y en la experiencia, en el amor que hace que veamos las cosas tan distintas, la imagen detenida de la alegría. Un punto de contacto con la realidad de mi ciudad, al tiempo que muchos se marchaba de ella». Nos enfrentamos pues a una poesía muy diferente de la que practica el tono bucólico y elogia la vida campestre y en contacto con la naturaleza como su máxima ambición. El joven poeta que es Santiago Espinosa no aspira a habitar ese «paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos» que cantara el granadino Pedro Soto de Rojas, antes bien, podemos considerar al poeta heredero de poetas urbanos como Baudealire, Kavafis, Borges o el Lorca de Poeta en Nueva York, por citar solo unos ejemplos, y es que la ciudad se ha convertido para muchos de sus habitantes en un lugar de la existencia, no exento, claro está, de contradicciones y de ninguna manera visto como ese espacio paradisiaco de reclusión tan afecto a la contemplación y al recogimiento. La ciudad, vivir en la ciudad, exige otro tipo de afectos, acaso más efímeros, pero no menos intensos.

     «Para fundar la ciudad» se titula la primera de las cinco partes que integran este libro (las otras son «De la dificultad para pintar la luz», «El arte de cavar huellas», «Como un caleidoscopio» y «Meridiano») y en ella ya queda de manifiesto que el observador necesita distanciarse del objeto, del lugar observado, para valorar su verdadera dimensión, y no estamos hablando solo de un aspecto físico. Es necesario «lavar la mirada» para apreciar las imágenes rotundas que nos ofrece el tráfago urbano: «El cielo se inclina / en los retrovisores / donde una muchacha / es feliz y se desnuda, / cierra los ojos / hacia otras estrellas». Uno de los mejores poemas del libro, el titulado «Ciudad» ejemplifica de manera fiel el impulso que mueve a los poemas de Espinosa, el de descubrir esas aristas casi invisibles que toda ciudad oculta al paseante despistado. La ciudad de Espinosa «Tiene algo de ballena / cuando brama contra los cerros. / De un galeón fantasma / que partirá sobre las cumbres / cuando suba la marea». Parece evidente que nuestro poeta ha encontrado en la poesía la manera más eficaz de indagar en sus raíces («Sin saber quiénes somos ni hacia dónde vamos, / pienso que no tuve pasado sino un puñado de mujeres»), la forma más elocuente de construir una identidad que se bifurca como las autopistas de circunvalación, que se refleja en el rostro y la conducta de los otros («Lo vi partir, nos vimos / leales a una sombra. / Incómodos frente al filo / de nuestras propias debilidades»).

   El movimiento de la tierra es un libro complejo porque trata de dar voz en cada poema a esas correspondencias íntimas que se establecen entre el ejercicio poético y la resulta de un mundo mejor. Es un esfuerzo que Santiago Espinosa realiza con un éxito casi impensable, acaso porque aún posee una confianza ciega en los efectos del corazón sobre la naturaleza humana. Deseamos que siga manteniendo esa confianza el mayor tiempo posible, aunque mucho nos tememos que pronto el júbilo se convertirá en desencanto, como parecen traslucir los versos finales del libro: «Frente a la luz de las pantallas, / viendo el avance de las formas contra el tiempo, / el rostro de los padres comenzó a cuartearse / y fue grabado en sus semblantes / un mapa imperfecto y movedizo».

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