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CHARLES SIMIC. EL LUNÁTICO. TRADUCCIÓN DE JORDI DOCE. EDITORIAL VASO ROTO, 2017

Charles Simic forma parte de esa trilogía virtual (junto a Marck Strand y John Asbhery) de poetas norteamericanos que los poetas españoles han adoptado como guías o maestros y lo interesante del caso es que entre ellos —quizá más acusadas entre el recientemente fallecido Asbhery y los otros dos— existen tantas diferencias estéticas que, aunque haya cierta unanimidad a la hora de juzgar sus respectivos logros, cada uno de ellos ejerce esa presunta maestría sobre grupos de poetas diferentes en los que el catálogo de afinidades resulta exiguo. No es este el espacio adecuado para analizar esta circunstancia, pero invito a cualquier lector interesado en la poesía que escriben nuestros más jóvenes poetas para realizar una cata y comprobar bajo que sombra se cobija cada uno de ellos. En cualquier caso, la obra de un poeta, de cualquier poeta, no puede interpretarse a través de la opinión sus discípulos. Debe leerse con una mirada limpia, en lo posible, de todo tipo de prejuicios, y desde esa óptica hemos de reconocer que Charles Simic es miembro con todo merecimiento de esa presunta trilogía que acabo de sacarme de la manga. Su obra se ha traducido en nuestro país con regularidad y con acierto. En esta misma editorial podemos acceder a un volumen de sus memorias, titulado Una mosca en la sopa, el libro de fragmentos El monstruo ama su laberinto y los libros de poemas El mundo no se acaba y Mi séquito silencioso; en Valparaíso Ediciones la antología Mil novecientos treinta y ocho y Días cortos y largas noches, una recopilación de artículos publicados en The New York Review of Book; Ediciones Cal y arena El flautista en el pozo; el Ayuntamiento de Lucena Desmontando el silencio, una antología de su obra a cargo de Jordi Doce (autor también de la plaquete Hotel Insomnio, publicada por Nómadas en 1988), quizá el mejor conocedor de su obra en nuestro país y la extinta editorial DVD, El mundo no se acaba y otros poemas. Como se ve a través de esta relación de títulos, con toda seguridad incompleta, el lector tiene una enorme oferta (oferta que se puede ampliar con las numerosas paginas que muestran poemas de Simic en Internet) que se completa con El lunático, un libro publicado por Simic en 2015, con un título engañoso, porque escasean los registros desaforados propios de un lunático y abunda, por el contrario, un razonamiento lógico en el libro, eso sí, trufado de imágenes irracionales, tan frecuentes en su poesía: «El mismo copo de nieve / estuvo toda la tarde / cayendo del cielo gris, / cayendo y cayendo / para incorporarse / y volver a caer, / pero ahora / de manera más furtiva, / cuidadosamente, mientras / la noche hacía la ronda / a ver qué hay de nuevo».

     Una gran parte de los poemas de este libro tienden a la brevedad, aunque mantienen el tono discursivo de aquellos otros más propiamente narrativos, como los titulados «De un vistazo» o «Aves migratorias». La diferencia estriba quizá en que en estos últimos la captación de la experiencia busca, a través de la minuciosidad descriptiva, una totalidad que en los más breves está ausente, porque en estos se comprimen las sensaciones, se fragmentan con versos casi minimalistas, poniendo el acento en la capacidad imaginativa del lector cómplice. Estamos hablando de una poesía que invita a la participación, una poesía que muestra solo una imagen fija, un fotograma. El lector será, por tanto, quien deba extender el movimiento de la cámara hacia otros escenarios, quien necesite continuar la filmación para completar la película de la vida. Pongamos un ejemplo. El poema «La ejecución» elude deliberadamente poner el foco de atención en el acto que el mismo título anuncia: «Fue la aurora más temprana / y la más silenciosa. / Los pájaros, por razones personales, / permanecían mudos en los árboles / cuyas hojas guardaron / la calma en todo momento / con solo unas pocas / en las ramas más altas / salpicadas de sangre fresca». El poema hace hincapié en el entorno que rodea la acción, pero es un entorno premeditadamente mutilado. Podríamos preguntarnos ¿por qué se detiene el autor en la sangre que salpica las ramas y no en la que, con toda probabilidad, mancha las ropas de los asistentes a la ejecución? Nadie, salvo él, puede saberlo.

     Por supuesto, Simic ejerce su potestad como autor, pero además, casi sin darnos cuenta ha conseguido con esas gotas de sangre que nuestro pensamiento retroceda y recree imágenes solo vistas en óleos o grabados de época o, como amante del cine que es, en películas históricas. Por tanto, el poema ha cumplido su cometido, el de provocar la reflexión, aunque la fórmula resulta ya algo trillada y se repita sin cesar en este libro. El lector ha recreado con su imaginación lo que el poema no muestra, lo que el poema solo insinúa y esa es una de las funciones de la poesía, la de conculcar los arquetipos culturales asentados en la memoria colectiva. Simic intenta conciliar, por medio de un lenguaje alusivo, dos realidades, la personal —y, por tanto, subjetiva, aunque enraizada en los hechos— y una realidad, por decirlo de algún modo, imaginaria, dependiente de la capacidad de ensoñación del lector. Hay, además, en sus poemas una lograda combinación de humor —humor negro, en ocasiones— y de nostalgia, como se puede comprobar, por ejemplo, en el poema «Oh, memoria!», que es también un paradigma de los malabarismos —no se me ocurre otra palabra mejor para definir ese habilidoso trasiego— que ejecuta con las imágenes, imágenes que, por lo general, parecen supeditadas más a una estructura musical que semántica, imágenes que acaso solo una médium pueda interpretar. Muchos de los poemas que integran El lunático parecen comenzar in medias res, como si formaran parte de una conversación o de una narración iniciada minutos antes. Así comienza, por ejemplo, el poema «Paseo en coche»: «Y luego está la calle principal / que parece / un plató de película…», pero sea conversación o narración, ambas se establecen en los aledaños del yo, un yo que permanece a la espera de acontecimientos, que no se inmiscuye, que parece desprenderse del pasado a medida que lo escribe, como si haciendo partícipes a los demás de sus propias experiencias, estas se diluyeran. En resumen, Charles Simic, autor de varias decenas de libros de poesía —desde What the Grass Says, de 1967 hasta El lunático, de 2015—y ensayo literario y memoralístico fundamentalmente, ahonda con este libro en esa veta de carácter surrealista que recorre toda su obra y que tantas posibilidades de asociación tanto verbal como visual le permite, posibilidades que mantienen al lector a la expectativa, intentando desvelar de una vez por todas, y siempre de manera infructuosa, las claves del enigma que motiva su escritura.

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