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JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. HUELLAS DE GORRIÓN. ANTOLOGÍA POÉTICA (2002-2017). PRÓLOGO DE JOSÉ MANUEL SUÁREZ. ARS POÉTICA, 2017

Como sabemos, toda antología lleva en su seno un equívoco, ítem más, cuando esa antología es de carácter personal. Por supuesto, el poeta tiene la potestad de seleccionar aquellas obras de su producción anterior con las que el poeta que es hoy siente más afinidades, pero, lógicamente, esa visión lastra la amplitud panorámica que proporcionaría al lector un recuento más generoso. Como digo, la opción elegida es tan respetable como cualquiera otra, pero, quizá, no hubiera estado de más que Jesús Aparicio González (Guadalajara, 1961) hubiera justificado la decisión de acotar el periodo temporal que abarca su antología con unas palabras explicativas que aportara las razones que le han llevado a desechar los libros escritos antes de 2002.

     Dejando al margen este aspecto de orden meramente taxonómico, Huellas de gorrión —un título suficientemente explícito que nos remite a lo liviano, a la sencillez y la humildad existencial: El poeta es como el gorrión que se golpea contra el cristal de la ventana, un ser cegado por la transparencia— comprende siete títulos (desde Con distinta agua de 2002 hasta Arqueología de un milagro de 2017) que nos ofrecen una imagen cabal de un poeta singular e inquebrantable en la defensa de una forma de observarse a sí mismo como ser vivo, como parte de un mundo intemporal que se ve asediado por las innumerables tentaciones de la sociedad actual. No es fácil contrarrestar el imán del deseo, de la fama o de la felicidad compulsiva, por más que las alegrías que proporcionan sean efímeras y delicuescentes. El poema titulado «Mi otro y yo» lo expresa de manera contundente: «Yo digo: casa, árbol, río. / El otro quiere oír: / chalet, jardín, piscina. / Yo digo: aire , tierra, agua. / El otro quiere oír: / avión, París, champán», y es que como dice José Manuel Suárez en su minucioso prólogo, la poesía de nuestro autor es «poesía honda, intensamente lírica, atenida a lo de afuera para ir muy adentro, allá donde todo se sustancia y transfigura en alma propia y propia carne».

   El armazón estético que da consistencia a los poemas de Jesús Aparicio queda definido en el poema inicial del libro, «Caza de Mariposas (Poética)», un perfecto ejercicio analógico en el que el poeta compara el acto de escribir con el de la imposibilidad de cazar mariposas, esos efímeros y atrayentes lepidócteros que cifran su colorido en el evanescente polvo de sus alas. Esquivan a su captor como los«versos a un poeta / que no acierta a nombrar qué le da vida». Esa imposibilidad, por otra parte, crea la suficiente incertidumbre como para generar el deseo de aprehenderla, porque la escritura no es un fin en sí misma, sino un medio para detener el instante, para rescatar el pasado que nos conforma. Jesús Aparicio ha elegido una forma de decir, de decirse, franciscana en su humildad y en su devoción por el orden natural de las cosas. Volvemos de nuevo a José Manuel Suárez, que habla de una poesía «sin abstracciones ni apenas figuras retóricas, sin proclamas de absoluto, sin mirar por encima del hombro lo más sencillo y frágil, sin la vanidad de saber que sabe y mucho menos sin la soberbia de saberse nada. Solo ver y saber. Ser y estar», ser y estar con un sonoro agradecimiento (el ritmo de sus poemas es muy elaborado) por el hecho de vivir y contemplar («En el papel, la vida», escribe en un poema).

     Hay algo, además, en los poemas de Jesús Aparicio que trasmite serenidad y complacencia, una especie de comunión panteísta con todo ser vivo, sea árbol, arroyo o la luminiscente aurora. Esto no significa que el dolor, la pérdida o el fracaso estén ausentes en su discurso. No lo están, pero tampoco hay autoflagelación ni malsana conmiseración. El poema titulado «Autoarenga» es significativo en este aspecto. Esta antología de Jesús Aparicio González nos muestra a un poeta firmemente asentado en una estética que trasmite cierto ruralismo bucólico y reivindica un modo de vida natural, algo que para muchos resulta casi imposible, inmersos como estamos en el tráfago urbano; nos muestra a un poeta que sabe destilar las influencias horacianas, juanramonianas y machadianas para dotar a su pensamiento de una voz propia, de un tono personal, algo tan difícil de encontrar en esta vorágine creativa en la que estamos inmersos, y eso es digno de agradecer

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