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LUIS MALO MACAYA. A MI INDEBIDO TIEMPO. EDITORIAL COL. A LA SOMBRA DE LOS DÍAS. CONSEJERÍA DE CULTURA DEL GOBIERNO DE CANTABRIA, 2017

Luis Malo Macaya, un santanderino nacido en 1953, estuvo muy vinculado al ambiente poético de Santander en los primeros años de nuestra recién recuperada democracia, como creador —de 1979 data su primer libro, Solo de amor— y como agitador cultural: fue miembro del grupo Cuévano, creado en 1977 y editor en la Sirena del Pisueña una colección que dirigió desde 1993, fecha de su puesta en marcha, hasta 2005 y en la cual publicaría su siguiente y último libro —Nominación a tientas (1993)— hasta la aparición de este A mi indebido tiempo, un título que transluce cierta incomodidad, cierto descontento consigo mismo por ese silencio voluntario que le ha mantenido apartado del mundo poético. Es cierto que han sido numerosas las antologías en las que ha participado —basta con recordar algunas de ellas, como Poetas de Cantabria hoy (1979), Voces de Cantabria (2003 y 2005) o Haz de rectas (2009)—, antologías que han mantenido sus versos en la memoria del lector interesado, pero 24 años (casi tantos como los que transcurrieron entre Libro de las alucinaciones y Agenda, ambos de José Hierro) son muchos para que el autor no hubiera experimentado una transformación estética apreciable pero, sin embargo, Luis Malo Macaya sigue fiel a sus filiaciones juveniles. No ha perdido, antes al contrario, un ápice de esa musicalidad ni sus poemas han rebajado el conceptismo retórico que siempre ha exhibido como una marca de la casa. Veamos una estrofa del primer poema: «Acaso por designio poeta, me propuse / saberme y designarme en todo cuanto tengo / que pueda decir mío. Mi verdad: casi nada. / mi nombre: casi nadie… (dos casis que me debo)». Creo que la deuda quevedesca es suficientemente clara, pero debemos leer esa deuda desde nuestra propia contemporaneidad, no abusando de los rastreos del Siglo de Oro, que son otros y muy distintos. Lo que percibimos de Quevedo —y de otros autores como Rafael Alberti, José Luis Hidalgo o Blas de Otero— en la obra del Malo Macaya es la intemporalidad temática, más que determinados registros formales, tan variados, por otra parte, si nos atenemos a esas influencias.

 Una poesía fiel a las reglas métricas y a los patrones rítmicos funcionales como la suya («…inesperadamente vuelvo / a las andadas, a las normativas / que ya prefiguran de antemano / en mí poema sin tema y sin salida») en la que no falta un sólido conjunto de sonetos, permite a Malo Macaya controlar una inspiración desbordada, una inspiración que él sabe que conviene embridar porque, de lo contrario, nos podemos encontrar con poemas como el titulado «Como destruir un poema», deliberadamente deshilachado. El peculiar estilo de nuestro poeta es acaso el más adecuado para indagar en una personalidad fracturada por diversos yoes que batallan por prevalecer, por imponerse unos a otros en las distintas fases de la existencia: «Y yo me fui tan lejos / que volver ya no pude / al lugar donde estaba / donde no estoy ahora / porque no sé quién soy / qué lugar era el mío / —era el mío— y ya nunca / he de saber a dónde / proseguir mi camino…».

   La figura del poeta como un ser desubicado, sin un lugar concreto en el mundo, marginado por la sociedad actual en la que vive; la imagen del poeta como un ser visionario y sentimental (resuenan aquí ecos del Romanticismo) es un asunto que merodea, unas veces de forma subterránea y, las más, de manera evidente, en muchos poemas de Luis Malo Macaya, un hombre que vive su existencia en modo poeta las veinticuatro horas del día, pero no como un poeta de escaparate, sino como un poeta que lleva la poesía en sus genes.

   Hay en este volumen espacio también para el amor (más intensamente vivido en los poemas de la segunda sección del libro) o, para ser más precisos, para el desamor: «Santander, sin tus ojos, me parece más triste», escribe en un poema de resonancias salinianas. Los nombres propios sustituyen ahora a los pronombres en un intento por concretar esa abstracción que simboliza el enamoramiento. La nostalgia pasa de ser un argumento poético a convertirse en una especie de piedra arrojadiza que el poeta lanza contra sí mismo. La nostalgia se convierte en una coartada poética: «Habrás llorado un verso / que acaso al recordarme / en una sola lágrima / se bastará para mí».

   La tercera y última sección es acaso la más diversa, aunque las heridas del tiempo y la presencia de la enfermedad ocupen el cuerpo central y la identidad vuelva a entrar en crisis. El hipérbaton ininterrumpido que conforma esta sucesión de poemas se puede resumir en esta dolorosa constatación: «Máscaras somos por vivir ajenos / y, por ser propios, no nos las quitamos / no sea que en ser otros nos veamos / en todo lo que somos mucho menos». Luis Malo Macaya es un poeta con máscara, pero transparente.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 27/10/2017

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