DEBORAH

 

DEBORAH LANDAU. LOS USOS DEL CUERPO. TRADUCCIÓN DE DIEGO ÁLVARZ MIGUEL. VALPARÍSO, 2017

La editorial Valparaíso, tan atenta siempre a las nuevas voces poéticas a un lado y otro del Atlántico nos presenta en esta ocasión la última obra publicada de la poeta norteamericana Deborah Landau, nacida en Colorado, The Uses of the Body (Los usos del cuerpo), que salió de la imprenta en Estados Unidos en 2015. Aunque para el lector español sea Landau una absoluta desconocida, en su país goza, a tenor de lo leído, de un merecido reconocimiento —de hecho, este libro fue incluido en la lista de los mejores libros publicados en 2015— refrendado por las becas Guggenheim y Jacob K. Javits. Los usos del cuerpo es su tercer libro. Antes vieron la luz Orchidelirium (2004) y The Last Usable Hour, inferiores, según la crítica, a este último libro.

     Los usos del cuerpo está dividido en cinco secciones, en cinco ritos de iniciación, que iremos desglosando paulatinamente, pero comienza con un poema a modo de prólogo que expone el inexorable paso del tiempo, titulado «No hay una pastilla para eso», no hay pastilla para curar el envejecimiento o para la decrepitud física. El tono áspero y con una ironía un tanto oblicua de este poema será el que marque el resto del libro. Como se verá, los usos del cuerpo son cronológicamente diversos. «La boda», la primera de las secciones, presenta ya desde el principio, una visión degradada de una ceremonia que se parodia hasta el extremo de poner en evidencia lo peor de la celebración, la descarnada promiscuidad que provoca el alcohol, como desvelan versos como estos: «Date prisa, venga, antes de que alguien más / se meta entre las piernas de la novia» o «Seguid haciendo esto. Seguid haciéndolo / juntos. Un poco borrachos y llenos de deseo».

     «Los usos del cuerpo son múltiples. / los labios, los dedos, la nuca. // Uno debe aprovecharlos tanto como pueda / antes de que el tiempo se agote», escribe en un poema de la segunda sección, «Señor y señora fin del sufrimiento». Un consejo que nosotros resumimos en este refrán: «que disfruten los humanos lo que se van a comer los gusanos». Landau parece hablar de esos usos desde un punto de vista fisiológico (la maternidad está muy presente en esta sección, como lo están las visitas al ginecólogo), es decir, de cómo el cuerpo femenino es usado y abandonado cuando no resulta productivo o deseable, por eso explora la sexualidad y la conducta disipada con ironía, con acritud, sin pudor pero con cierta ternura: «Los usos del cuerpo son pesados y a la vez ligeros. / Bellinis, cunas, tiovivos. // Biopsias, sobriedad, calzado adecuado. / Estoy cómoda, estoy repleta de deseos / hasta que siento el dolor en el pecho». Nos encontramos frente a una poesía de carácter testimonial, en la senda de poetas como Sharon Olds o Anne Sexton, que no elude la crudeza de cierto sentimientos como el odio o el rencor, aunque la tensión del lenguaje controla tales efusiones y no permite que se desboquen en un verbalismo de tinte irracional.

     «Minutos años» se titula la tercera sección, en la que predomina un asunto, el envejecimiento ya citado, expuesto sin máscaras desde el prime poema: «Un verano, ya no quedaba niña en mi interior. / Se fue desvaneciendo gradualmente. / De pronto se desvaneció». De la belleza de la juventud se da paso a la degradación de la mujer en la edad madura: «Veo las flexibles niñas que hay junto a la piscina / en sus bodas, las veo con sus bebés, sus caderas / endureciéndose , las veo con treinta o cuarenta años // No puedo ver más allá del punto en el que estoy». El futuro se presenta así como un lugar de incógnitas, como un espacio en blanco que produce desconcierto y temor, algo que podemos entender si pensamos que la madre de la poeta murió siendo muy joven, con 29 años, y esa pérdida, además de un daño emocional difícil de curar, produce cierta desubicación espacio-temporal.

     «París se acuerda de ti esta noche» es la cuarta sección y en ella aparece de nuevo la muerte, pero esta vez no de manera anecdótica, sino persistente: «Cuando G murió empezaron los ataques de pánico por la noche». El cuerpo nace, crece, se reproduce si es fértil, envejece y muere, lo que produce una sensación de asfixiante predestinación, alimentada además por la doctrina que imparte la iglesia: «Justo en ese momento en el que / ha desaparecido para siempre / te dicen que estará vivo para siempre, tipo afortunado. // La iglesia es una ruina silenciosa y oscura / en el interior de la cual permanecemos». Solo con cierta compasiva ironía se pueden tolerar frases como estas: vivo para siempre o Dios le ha llamado para estar a su lado. Solo una fe sin fisuras puede escuchar esto sin indignarse.

     Llegamos a la última sección, «Al final del verano»: «El verano se repantiga, frívolo y ostentoso / y yo estoy muy cariñosa»., escribe Landau. A pesar de ser la última parte del libro, los poemas que la integran parecen más de transición que de conclusión. No expresan un conflicto tan acuciante como los anteriores. El verano aplaca el desánimo, invita a disfrutar de la vida, de la familia. No es que de pronto se haya esfumado la reflexión sobre el paso del tiempo o sobre la condición femenina, pero aquí está matizada por unos recuerdos que intensifican los momentos de alegría en detrimento de la aflicción. No se ha perdido, sin embargo, la conciencia de la fugacidad, y el poema titulado «Septiembre» así lo testifica: «Cegador vacío el del recóndito y verdoso final del verano, nadie // corre por el patio, pulso, pulso, la ausencia». En Los usos del cuerpo Deborah Landau ha realizado un ejercicio sincero y honesto sobre esa condición femenina que citábamos anteriormente, más que desde una perspectiva reivindicativa —que de manera subliminal también existe—, desde una toma de conciencia de esa condición, tan distinta de la masculina (incluso el paso del tiempo es, en muchos casos, distinto para el hombre y la mujer), que necesita reconocerse como tal y ganar espacio en la mentalidad del ser humano contemporáneo.

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