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RAFAEL SARAVIA. El abrazo contrario. Bartebly Editores, 2017

Lo primero que nos viene a la cabeza al leer la poesía de Rafael Saravia es que la alimenta un espíritu combativo irrenunciable, un espíritu que el autor sabe inocular en unos versos de factura esmerada en los que el lujo verbal o la sintaxis desestructurada no aminora la carga social que los conforma, sino todo lo contrario, contribuye a subrayar el mensaje implícito porque lo provee de múltiples significados. El mismo Saravia nos da algunas claves cuando dice que «mis poemas se alimentan de desolación para generar la rabia y la atención necesarias para anhelar un cambio». En este sentido —y aunque estemos hablando de una poesía en la que el compromiso social resulta esencial en la propia construcción del poema— poco tienen que ver estos poemas con los que escribían los poetas sociales de mediados del siglo pasado, como podremos ver a continuación. Este contraste alberga, sin embargo, una profunda discrepancia con el mundo bien hecho de Guillén o con ese «estar totalmente de acuerdo con la vida» del maestro Sánchez Rosillo. Y es que, según el filósofo Merleau-Ponty, contra lo que pudiera parecer, la «opacidad del lenguaje» le convierte «en algo así como un universo, capaz de alojar en sí todas las cosas, tras haberlas trocado su sentido».

   Ignoro de quién habrá partido la idea de etiquetar como la palabra frontispicio el texto de Antonio Gamoneda que precede a los poemas de Rafael Saravia, pero, sin duda, ha sido un acierto notable, porque Gamoneda ha convertido su disertación en un hermoso poema de tintes irracionales, en un críptico, pero descifrable para los lectores atentos, poema de denuncia que no rehúye la complicidad con los versos del joven poeta al que festeja, porque el lenguaje poético, en ambos casos, trata de superar el automatismo del lenguaje cotidiano para acceder al lenguaje metafórico, en el cual tienen cabida expresiones que nacen de inconsciente, de la imaginería propia. Gracias a este lenguaje, el poder de las asociaciones verbales se multiplica, la transferencia de significados fluye con soltura, la insuficiencia del vocabulario habitual se atenúa y la palabra explora en lo inexpresable.

Son las notas del propio Gamoneda que acompañan a dicho texto las que realmente funcionan como prólogo —no olvidemos que, en muchos casos, los prólogos funcionan erróneamente como resumen de conclusiones, y este no es el caso—. Baste para certificarlo leer este párrafo: «Rafael, joven y enérgico, no se encogió de hombros ante la insurgencia de claves, de juicios —explícitos o implícitos— que sentenciaban la realidad “abrazada” (la diversa realidad existencial, social y política que casi a todos nos duele) y que irradiaban la totalidad de sus textos». Pero, ¿a qué se refiere cuando habla de sentenciar la realidad? Creo que desde «Los mercados», el primer poema del libro, queda manifiestamente claro, porque finaliza con estos versos: «El salmo responsorial de los verdugos sin fe». Rafael Saravia intenta quitar la máscara a las innumerables convenciones que nos encadenan a una realidad que nos presentan como paradisiaca, cuando no idílica, apenas sin que nos demos cuenta o incluso con un beneplácito que proviene de nuestra inmovilidad, de nuestra indolencia, porque «Sólo unos pocos sabemos lo difícil que es dejar de soñar. / Sólo unos pocos de miles más / somos capaces de atar el hambre / produciendo tensos vacíos de esperanza», escribe en un poema de la primera sección, «Baile de sal». Es cierto, la poesía no puede salvar al mundo, pero es necesaria para seguir viviendo.

Por otra parte, ante el imperativo de lo real, ante una realidad desvirtuada, edulcorada por el poder político —portavoz de poderes en la sombra, como el económico o el religioso—, la palabra, y en especial la palabra poética, se muestra insuficiente, tal vez por eso, «Escribir —dice Saravia— no siempre tiene sentido», aunque el autor acredite varias excepciones: «Sólo en casos sin remedio, / sin vergüenza y bien regados con la duda y sus reliquias, / sólo en esos casos, / un escribir tiene sentido. / Y por eso escribo».

     Un poema como el titulado «Lar», que tantas reminiscencias a la mitología romana nos evoca (recordemos que Rafael Saravia vive en León, ciudad que debe su fundación a los sucesivos campamentos militares de legiones romanas), nos hace pensar en ese hogar como refugio contra las inclemencias de una existencia mutilada que nos enajena —una existencia que en nada se parece a la que los griegos defendían cuando afirmaban que vivir de acuerdo a las leyes de la Naturaleza conducía a los hombres hacia la perfección moral—, un hogar que es «Una regular manera de contener la historia / en la indecencia del fuego y su víscera caliente», un hogar que puede convertirse en «El lugar donde el ego repone energía, / las tremendas necesidades del sexo y sus tambores». Saravia menciona el ego, el yo, pero su poesía trasciende esa óptica egotista que pretende reconstruir la realidad desde una visión unívoca, solipsista incluso, para encarnar, desde un yo fragmentado y disperso, desorientado y asustadizo, una voz colectiva cuyo eco resuena en los oídos atentos de los otros: «En el siglo XXI, / apenas un par de décadas después de su inicio, / la vocación de libertad está demodé. / Dos asalariados valen una paga, / un funcionario sacie el doble de amargor / por menos de un sobre de sacarina». Debemos hacer notar que, como escribe Claudio Guillén siguiendo a Carlos Castilla del Pino, «El sujeto puede construir un número indefinido de yoes, cada uno de los cuales se debe a la interacción, sea con los otros, sea con uno mismo y los otros que uno imagina. El yo (un “organismo estratificado y pluritensional”) —continua diciendo— es aquella manifestación del sujeto que se ofrece o se muestra como imagen al otro, con miras a su aceptación por este otro».

     La segunda parte del libro, «Tejer fronteras», comienza con un poema de amor, sí, de amor, porque también hay lugar para lo íntimo en este libro, acaso porque lo íntimo es también parte del mundo, es el mundo y, también, porque la apelación a la intimidad no excluye el compromiso social; un amor que, como escribe más adelante, «no es otra cosa que la sed de la plenitud / y todo el sentido de la palabra cobijo». Es muy posible que el enamoramiento le haga recuperar esa identidad antes disuelta, porque, en ese caso, la mirada ajena es un espejo que refleja lo mejor de uno mismo. La cotidianidad se incorpora así al discurso reivindicativo que el poema simboliza: «Sólo el poema rompe los miedos-fronteras. / Sólo sin miedo el camino, / su permutable luz, / el quebranto umbilical y su destino-hermandad». Esa confianza en el poder transformador del mundo que el poeta confiere al amor no deja de sorprender gratamente al lector. La imagen del hombre posmoderno que estos poemas ponen de relieve, con esa desorientación vital a la que hemos hecho mención más arriba, se funde con la de el poeta heredero de la tradición romántica: «Siervo del trago y su nocturno, / se le acumula tiniebla ante el amor sin límites, / Sin frontera y con terror, / cómplice del haz pegajoso y eléctrico, / fuera de la claridad que fecunda el día y su vestimenta familiar». Por otra parte, si transcribo esta extensa estrofa es para hacer hincapié en que la presunta edulcoración del lenguaje poético cuando se habla de amor aquí no se produce. La tensión semántica permanece intacta. Rafael Saravia lo sabe y por eso no desfallece en su intento de explicarse y explicarnos el mundo, sea a través de la persona amada o con la exploración social como intermediaria: «Seguir el rumbo. / atravesar mis dudas y tus dietas, / conocer, / a través de lo transparente, / la amalgama que contagia mi buen sabor por ti».

     «Derramas de luz» se titula la última sección del libro. Tras este paréntesis en el advertimos la primacía de un tono hímnico, de nuevo regresan las preocupaciones existenciales a las que hemos venido aludiendo, por más que la naturaleza y el arte parezca aplacar la angustia, como sucede en el poema titulado «Sagrada familia»: «Todavía es posible recolectar belleza / en cuencos monumentales, / a la manera en que los antiguos / bañaban los días con perennidad y sudor».

   No cabe duda de que Rafael Saravia en El abrazo contrario entiende la poesía del conocimiento, «como un inmenso esfuerzo por mantener viva la conciencia del carácter autónomo de la poesía como óptica espiritual», que diría Marià Manent, pero su poesía no busca solo conocer el mundo, sino transformarlo y la forma que ha encontrado de hacerlo es a través de la complejidad de la elipsis, no de el discurso directo, menos connotativo No debemos olvidar que, como decía John Asbhery, «Poesía es poesía. Protesta es protesta». Saravia ha entendido que la mejor forma de tratar la disolución del sujeto posmoderno, del sujeto que ha perdido su identidad y se siente presa de la alienación económica, social y mediática, es a través de una especie de irracionalismo histórico, acaso porque emplear el realismo para describir una realidad tan acuciante suponga una especie de inmolación verbal. «La conciencia cívica —explica el autor—, su acción política y el amor y sus convulsiones están muy presentes [en este libro], pero he iniciado una nueva búsqueda, ligada al individuo y a la naturaleza, que genera un músculo nuevo en mi escritura y de la cual veo ánimo de ampliar». En El abrazo contrario tenemos la primera muestra, pero sin perder de vista que «el trabajo del poeta —como decía Mark Strand— consiste en escribir bien. En ser fiel a las posibilidades del lenguaje. El deber moral del poeta es restaurar la precisión; y la precisión —continúa diciendo Strand— es la verdad».

 

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