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EDNA ST. VINCENT MILLAY. UN PALACIO EN LA ARENA. TRAD. ANDRÉS CATALÁN. HARPO LIBROS, 2017

 La poesía de Edna St. Vicent Millay (Rockland, 1892-Austerlitz, 1950) es absolutamente moderna, como lo son la poesía lírica arcaica griega o la Antología Palatina, porque de ellas ha bebido —de Safo especialmente («…tu joven carne que se asentaba dócilmente / sobre tus menudos huesos con dulzura / florecerá en el aire»), con quien le une la falta de prejuicios a la hora de abordar el argumento del poema y de Catulo en Roma («Tan displicente, frívolo y falso eres, amor mío / que más infiel te soy cuando soy más sincera»)—. Al igual que la primera, Millay da cuenta de las vicisitudes que genera la pasión amorosa, pero lo hace de una forma poco convencional, sin nostalgia, más bien con irónico estoicismo. De Catulo toma la incertidumbre que media entre el amor y el odio, las oscilaciones sentimentales como materia del poema, aunque en Millay no hay ese tono elegiaco y melancólico tan característico del veronés. Lo biográfico es en todos ellos la materia de la que se nutre su escritura y quizá por esa vinculación a lo real, por esa carencia de ficción, sus respectivas obras causaron tal revuelo, como ocurrió en 1920, cuando nuestra autora publicó A Few Figs from Thistles. Poco después obtendría —en 1923—el Premio Pulitzer de Poesía por The Ballad of the Harp-Weaver, convirtiéndose así en la primera mujer en ganarlo con esa nueva denominación y, de paso, dando carta de naturaleza a esa desinhibición temática. Pese a que en nuestro país es significativamente menos conocida que autoras como Sylvia Plath, Anne Sexton e, incluso Mary Oliver, la influencia de Millay en ellas ha sido, según afirma la crítica norteamericana, muy notable, y no solo en el aspecto literario sino en el social, ya que Edna encarnó en la décadas de los veinte y los treinta la imagen de una mujer independiente, tanto en lo económico como en lo sexual, que buscaba la compañía intelectual de sus iguales, artistas, poetas, músicos. Esa ausencia de trabas sociales le ocasionó diversos problemas, pero fue un revulsivo para el feminismo en ciernes de aquella época. Su poesía, a pesar de pertenecer al llamado modernismo norteamericano —un movimiento surgido al amparo de la revista Poetry, en la que publicaron autores como Eliot, Pound, Steven, Cummings o ella misma (más tarde lo harían Plath, Sexton o Adrien Rich)— está escrita mayoritariamente en formas tradicionales —sobre todo el soneto, cuya temática rejuveneció—, a diferencia de poetas como Pound, Eliot o Marianne Moore, más proclives al uso del verso libre y a una poesía más intelectualizada.

   Además de poemas, Millay escribió cinco dramas en verso y un libreto de ópera, The King’s Henchman. Esta antología, Un palacio en la arena, incluye obra de todos sus libros, incluyendo Mine the Harvast, publicado después de su muerte. Por ende, la muestra de cada uno de ellos no puede ser lo extensa que nos hubiera gustado, pero sí es lo suficientemente representativa como para percibir la importancia y la actualidad de una poesía de la que nos cuesta entender cómo no se había traducido hasta ahora (más allá de meritorios esfuerzos en la Red y en alguna fugaz revista). Andrés Catalán, que ha realizado un trabajo espléndido, nos ofrece la imagen de una poeta cercana, cuyas intenciones y argumentos no han perdido vigencia, antes al contrario, asuntos como la igualdad entre sexos o la libertad sexual todavía distan mucho de estar resueltos. Es cierto que en el año 2003 la editorial Circe publicó una biografía de nuestra autora a cargo de Nancy Milford, pero poca más información sobre ella podemos obtener en nuestro idioma, algo que, como decimos, nos resulta sorprendente porque en su época gozó de un reconocimiento similar al de autores como Fitzgerald, Hemingway o Faulkner. En 1943 fue galardonada con el la Medalla Robert Frost por su contribución a la poesía americana, una distinción de la que solo había sido acreedora otra mujer antes que ella, Jessie Belle Rittenhouse.

     Su poesía no pretende eludir el componente biográfico, y así su accidentada vida amorosa, sus reivindicaciones sociales forman parte del contenido de sus poemas. Murray Rosenbaum escribe «There is something about her writing that strikes a chord witn me, but what that chord is I do not know». Es muy posible que ese acorde provenga de la emoción soterrada que nos embarga tras la lectura de muchos de sus poemas, como, por ejemplo, los titulados «Elegía ante la muerte» —algunos de cuyos versos nos recuerdan a Juan Ramón Jiménez: «Existirán las rosas y los rododendros / cuando estés muerta bajo tierra»—, «La niñez es el reino en el que nadie muere» o el soneto núm. XXIX del que reproducimos los últimos versos: «Esto siempre he sabido: que el amor no es más / que la abierta flor que el viento embiste, / que la gran marea que pisa la cambiante costa, / esparciendo naufragios que reunión en la tormenta: / apiádate de mí porque el corazón es lento / en aprender lo que la mente contempla a cada instante». La publicación de Un palacio en la arena es todo un acontecimiento literario que los lectores de poesía no deberían dejar pasar. Lo lamentarán en el futuro.

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