ASIMETRIAS1.jpg

ASIMETRÍAS: ARGUMENTOS DEL PAISAJE (JOSÉ LUIS MAZARÍO Y EMILIO GONZALEZ SAINZ)

Durante los meses de agosto y septiembre han coincidido en nuestra región las exposiciones de dos de nuestros más consagrados artistas. Emilio González Sainz ha expuesto una retrospectiva de su obra, integrada por óleos y acuarelas, en la Torre de Don Borja, en Santillana del Mar, bajo el título de «Un mundo más amable» y José Luis Mazarío ha hecho lo propio en el Centro de Arte Faro de Cabo Mayor, bajo el título de «Caer en la cuenta», con obra realizada ex profeso para dicho espacio expositivo, una obra que toma como argumento al entorno del propio faro, pintado a la intemperie, del «natural». Y esta es la primera de las notables diferencias que se pueden apreciar entre ambas exposiciones, el origen el proceso creativo. Ana García Negrete, en el magnífico texto que abre el catálogo de Mazarío, escribe: «La luz diurna y su degradación hacia la tarde, el crepúsculo, la oscuridad completa, la mirada de un sol resistente y una luna dispuesta a plantarle cara sobre la tierra, son el tema de estos cuadros. Las nubes modelan esos cielos arrebatados, pero reales, mantenidos a través de los años. No son memoria, son el estado natural de abultados cúmulos y difuminados celajes».

     La pintura de González Sainz, pese a su conocida devoción por la naturaleza, está realizada, sin embargo, en el estudio del artista, es pintura de taller, aunque se encuentre éste en un lugar bendecido por la naturaleza. Hablamos de una naturaleza convertida en paisaje cuando el pincel del artista aporta su mirada interior, una mirada carga de referencias culturales, una mirada que crea nuevos significados cuando traspasa la frontera ente el yo y el entorno. Por otra parte, es notorio que la mirada de ambos artistas busca habitualmente internarse en espacios abiertos, existentes o imaginados, con presencia humana o sin ella. Mazarío plasma en esta ocasión el paisaje esencial —esta es otra de las diferencias más apreciables entre ambas exposiciones—, sin presencia humana (ocasionalmente vemos a un aparcero alimentado a un caballo), un paisaje que se erige en centro de atención —quizá influenciado por los tempranos pintores flamencos, expertos en el llamado «paisaje puro»—, no como escenario donde se desarrolle la acción del hombre, algo que también podemos observar —eso sí, de manera más infrecuente— en algunas obras de González Sainz, aunque la presencia humana sea en sus óleos más constante, no meramente testimonial, por más que estos parezcan, en muchas ocasiones, meros personajes secundarios, invitados de paso, «figuras —como escribe Claudio Guillén a propósito de «La fábula de Aracne» de Velázquez— sin historia, desprovistas de tiempo propio, de interés posterior al instante que capta el pintor […] El lugar pintado es prioritario; y las figuras están ahí por cuanto pertenecen y se adhieren a él».

     Mazarío logra, gracias a las variaciones de la luz y a los cambios de perspectiva— con las que logra resaltar determinados detalles topográficos, sean acantilados o taludes, pedruscos o arrecifes— revelar la cara más desconocida de un lugar tan familiar como el Faro de Cabo Mayor— sometiendo las formas representadas con pinceladas rápidas, sin estudios previos, como ocurre en las versiones de la casa de la hiedra o en la inclinación de los árboles, por ejemplo, a fuerza de tesón— una metáfora de la belleza, belleza imaginaria, pero, por eso misma razón, tan verdadera—. Algunas de estas escenas costeras nos recuerdan, por su impresionismo, por su paleta de colores, por esa ausencia de figuras ya mencionada al pintor barroco neerlandés Jacob van Ruysdael (1628-1682) —como anécdota, podemos recordar que este, al parecer, consciente de su impericia técnica, acostumbraba a encargar a algún amigo pintor las figuras de sus cuadros— o a Agostino Tassi Buonamici, nacido en Perugia en 1566 y fallecido en Roma en 1644, aunque la ausencia de una tupida vegetación en los cuadros de Mazarío impide una concluyente asociación cromática con ambos. Otras escenas, sin embargo, como en «Sol, y luna en el acantilado» o «Luna, faro y panteón», esos paisajes cargados de un dramatismo que subraya la pincelada densa y decisiva, nos recuerdan en su composición, en su arquitectura espacial a pintores en la estela de Cezanne, incluso al joven Miró del cuadro «Siurana, el pueblo», de 1917 o, por remontarnos más atrás en el tiempo, al mismísimo El Greco, sobre todo en esa decidida vocación de convertir al paisaje natural en un fenómeno artístico, aunque para hacerlo sea necesario transformarlo a través de su imaginación, crear lo real y falsear, por tanto, lo que llamamos realidad.

     En los óleos de González Sainz los personajes, como decíamos más arriba, parecen ser parte de una narración de carácter alegórico. La figura humana va adquiriendo protagonismo, se convierte en el motivo central sobre el que se articulan tanto los elementos naturales (árboles, rocas, lagos y animales) como los artificiales (edificios, barcas, bancos, tendales, etc.). Esas figuras, generalmente, permanecen estáticas (hay excepciones, como el cazador en plena faena o la mujer tendiendo la ropa, ocupaciones ambas de orden doméstico), ensimismadas, vigilando (como los dos niños recostado sobre el césped), oteando un infinito que no vemos o conversando flemáticamente. En cualquier caso, todas esa figuras trasmiten una armonía que nos recuerda a las figuras de Poussin, porque parecen huir de la realidad, como si la historia se hubiera detenido en su pequeño mundo privado; parecen estar animadas por una especie de fuerza interior no coercitiva o quizá imbuidos por esa metafísica de la ausencia, de lo invisible que proviene, probablemente, de pintores como Antonio Donghi o Carlo Carrá. Los paisajes de González Sainz poseen una indudable trama literaria (algunas obras son especialmente reveladoras en este aspecto, como las acuarelas dedicadas a Chejov y Tolstoi o los óleos que tienen a Turgueniev como referencia) de un gran calado simbólico, hasta tal punto que parecen conducir al espectador hacia un mundo ajeno al temblor humano. Esas figuras irradian paz, tranquilidad, equilibrio y el paisaje estilizado parece ser un oasis espiritual, un amable retiro para quien desea huir del mundanal ruido, pero esta calma, por desgracia, dista mucho de existir en la realidad, por eso, sin duda, la recurrencia a relatos de origen literario, ficcional resulta obligada. Citemos, a modo de recordatorio, unos versos de William Carlos William, del poema «La cosecha del maíz», del libro Cuadros de Brueghel: «¡Verano! / La pintura se organiza / en torno a un joven // segador que disfruta / su descanso a mediodía / relajado // por completo / de su labor matutina / tumbado…» que confirman esta idea. La tensión entre lo visible y lo invisible es palpable porque esa austeridad, ese ascetismo trasmite también la existencia de un mundo inquietante lleno de soledad y desolación. Esos personajes solitarios, náufragos en una tierra aparentemente benévola vertebran la poética del paisaje de González Sainz, una poética cuya mirada tiene más que ver con distorsiones de carácter intelectual que ópticas. Así, los pequeños grupos de animales, los perros de caza, las aves o los niños no están pintados con esa fidelidad a las formas inmediatas, sino con una libertad de reproducción que solo se doblega a los dictados de su percepción.

   La devoción de ambos pintores por la naturaleza no necesita explicación y la manera tan personal de interpretarla, menos aún, porque, como escribe Wilhelm Worringer, se trata de «Interpretar el mundo que se ofrece a nuestra intuición, partiendo de la organización subjetiva de nuestras vivencias y nuestras experiencias borrando así la línea que separa a la experiencia sensorial de la experiencia espiritual». Dos maneras de ver y muchas maneras de emocionarnos a través de la naturaleza—«A la naturaleza no se la tortura o deforma, se la persuade», dejó escrito Gabriel Ferrater— es lo que ofrecen tanto José Luis Mazarío como Emilio González Sainz. Dos amigos, dos maestros.

Comentario aparecido en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 13/10/2017

Anuncios