MARK CUBIERTA

MARK STRAND. EL MONUMENTO. TRADUCCIÓN DE DÁMASO LÓPEZ GARCÍA. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2017

La obra de Mark Strand (1931-2016) goza en nuestro país de una justificada difusión, Ha sido, junto con el recientemente fallecido John Asbhery, el poeta más traducido a nuestra lengua en los últimos años y goza de gran predicamento entre nuestros poetas más actuales, por esa razón siempre es bienvenida una nueva aportación que acerque al lector al conjunto de su obra. El monumento, el libro que ha traducido Dámaso López García, publicado en su versión original en 1978, es un libro atípico, incluso para una obra que rehuyó con especial ahínco las etiquetas, y lo es porque, como explica López García en un prólogo que resulta del todo oportuno, «Esta obra tiene como uno de sus protagonistas, si no como protagonista principal, al propio traductor, pero no es el protagonista un traductor cualquiera […] el protagonista es, sucesivamente, cada uno de los traductores de esta obra»., hasta tal punto que el propio Strand afirma en el fragmento 38 de los 52 (la gran mayoría escritos en prosa) que integran el volumen que «Habrá quien piense que yo escribí esto y habrá quien piense que lo escribiste tú». La responsabilidad del traductor, no siempre bien evaluado, bien considerado, en el resultado final se nos antoja, en este libro, determinante porque no son escasos los momentos en los que el propio autor, como hemos visto más arriba, cuestiona el alcance de su propia autoría, Podríamos pensar que se trata de un juego intertextual, pero creemos que la intención va mucho más allá. El monumento es un ejercicio de indagación en la identidad de un calado enorme por su complejidad, por su ambigüedad, por sus contradicciones, que consigue desconcertar al lector: «Este pobre documento no tiene nada que ver con un yo, habita en la ausencia del yo». Volvemos de nuevo al traductor (al autor circunstancial, podríamos decir) para intentar aclarar este aspecto: «Al trabajo conjetural sobre la identidad del traductor se le junta en el libro un trabajo sobre la identidad del autor respecto de aquellos aspectos que debe tener en cuenta el traductor para llevar a cabo su trabajo». Parece un bucle semántico, pero no lo es., hay toda una teoría sobre el ejercicio de la traducción, sobre la cotitularidad de la obra, incluso sobre la desaparición del autor originario cuando sus palabras son traducidas a otro idioma. Mark Strand ha concebido su obra con una configuración de futuro («El Monumento ha concluido, pero solo brevemente; porque debe continuar, debe reunir palabras y enviarlas a otro futuro» ) que nos resulta hoy, cuarenta años después de la publicación del libro, más actual que nunca. Estamos ante un ejemplo claro de la disolución del sujeto moderno que ha propiciado una crisis de los valores tradicionales basados en la razón, en la libertad de conciencia, en el pensamiento, que le servían como armazón, como esqueleto mental. No cabe ninguna duda de que la tecnología ha cambiado profundamente las relaciones sociales, las relaciones con el otro (Lipovetsky lo ha estudiado con acierto en La era del vacío) y, desde esa perspectiva, el individuo ha pasado de ser alguien seguro de sí mismo a ser alguien desconcertado que lucha por reconstruir esa identidad perdida. Ese parece ser uno de los objetivos de Strand en El monumento, la reconstrucción personal a través de las palabras de los otros, aunque llegue a escribir que «El Monumento no tiene monumento […] El gigante de la nada irguiéndose en el sueño, como el comienzo de la lengua que nace en el futuro de quien duerme, el sueño de él mismo que entra en el más allá. ¡Ay, feliz Monumento! ¿El gigante de la nada te lleva con él!». Su traductor, Dámaso López García resume la intención del libro con dos contundentes asertos: «El libro —escribe— es un monumento fúnebre al monumento, es también una extensa discusión sobre esa vida más allá de la vida» y, sin lugar a dudas, esta vida más allá de la vida es el aspecto que más nos interesa.

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