GUNNAR

GUNNAR EKELÖF. PARTITURA. TRADUCCIÓN DE FRANCISCO J. URIZ. JUNTA DE EXTREMADURA. FUNDACIÓN ORTEGA MUÑOZ, 2017

La cuidadísima colección poética que dirigen Jordi Doce y Álvaro Valverde para la Fundación Ortega Muñoz alcanza con este volumen el número 5. Puede parecer un número exiguo, pero tiene un indudable mérito editar de forma tan sobria como admirable unos libros en los que se huye del regionalismo y se da cabida a autores de relevancia universal, porque estamos hablando de nombres como Phlippe Jaccottet, Mario Luzi, Marià Manet, Ángel Crespo y ahora del sueco Gunnar Ekelöf (1907-1968) Partitura, un libro que el autor no llegó a ver publicado y de cuya traducción se encarga Francisco J. Uriz, —Premio Nacional de Traducción en 1996— sin duda el mejor especialista en literatura nórdica de nuestro país, que, además, ha publicado con anterioridad numerosas obras de Ekelöf en distintas editoriales.

     Ekelök, nacido en Estocolmo, está considerado el poeta sueco más importante del pasado siglo. Su obra ha tenido una enorme influencia de la literatura oriental y de la mística, especialmente a través del místico hispano-árabe Ibn al- Arabi. En 1932 publicó su primer libro, sent pa jarden (tarde en la tierra), que se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los libros más leídos de la poesía sueca. Dedikation es su segundo libro y data de 1934. Färjesän (Canción del transbordador) es de 1941. Publica Non serviam a continuación y a mediados de la década de los sesenta publica Diván, una trilogía que representa el culmen de su obra.

     En unas breves, pero sustanciales, «Palabras liminares», Uriz desvela algunas de las claves de este libro póstumo: «El poemario —escribe Uriz— tiene dos partes de 23 poemas cada una. La primera está formada por poemas escritos en los años 1965-1967, cuando trabajaba en su obra maestra, Diván, durante su época más creativa, y la segunda por poemas escritos durante sus últimos meses de vida». No es baladí conocer que la muerte sorprendió al poeta casi de improviso. Un cáncer de garganta le permitió sobrevivir unos meses, meses en los que no cesó de trabajar en sus poemas, aunque los efectos del tratamiento y los intensos dolores se lo pusieron cada vez más difícil.

     Ingrid Ekelöf, la esposa del poeta, ha anotado en cada de esas equilibradas partes antes mencionadas unas palabras que nos sirven de guía. Sobre los primeros 23 poemas escribe lo siguiente: «Los poemas aquí reunidos pertenecen al material en el que el poeta tenía la intención de seguir trabajando. Todos se reproducen en la última versión salida de su mano…». De los segundo 23 poemas anota: «Estos poemas y anotaciones son parte del material surgido en la fase final de la enfermedad. Fueron puestos aparte para su posterior revisión y se publican en su versión original, que es la única». Conmueve saberlo, porque cabe preguntarse si el único tema que promueve la escritura de un poeta cuando sabe que el desenlace final está próximo es la gran incógnita, la muerte. Asistimos al desarrollo de la enfermedad a través de sus versos, de sus anhelos, de las confidencias que desvelan su estado de ánimo. En el primer poema aún percibimos residuos de esperanza: «Poder vivir, es decir, trabajar, tener el tiempo suficiente para volver a los esbozos, este es mi más profundo deseo». No cabe duda de la enorme importancia vital que tiene la escritura para alguien que es capaz de razonar así al filo de la muerte. La escritura parece ser tan necesaria como la medicación. Esta trata de curar los males físicos, la otra, los de carácter intelectual. No vamos a desmenuzar el itinerario del dolor, pero sí señalaremos que las fluctuaciones de este influyen, y de qué modo, en el estado de ánimo. El poeta se cuestiona su propia identidad, una identidad que se disuelve en los fluidos de la quimioterapia, una identidad que transforma al poeta en un desconocido incluso para sí mismo: «Soy mi propio dueño / ¿Cómo es posible? / Sólo porque tú eres yo»., pero que le ayuda a desvelarse, a interiorizar su estado, a sobreponerse a ello en los escasos momentos de tregua, incluso a mantener una amigable conversación con su enemigo, el sufrimiento: «Te alejo de mí / sólo para abrazarte con mucha mayor intensidad / en el próximo instante de deseo», acaso porque, como escribe más adelante «El dolor quiere compañía / El sufrimiento no quiere estar solo».

     Paradójicamente, el último de los 23 poemas de la primera parte comienza con estos versos: «¡Oh Muerte! / Tú que te has convertido en el sentido de mi vida / tú que eres el sentido de mi vida / muéstrame tu rostro / sin que yo necesite cavar mi tumba / como un arqueólogo / Muéstrame tu rostro / y que sea el de una mujer / que me sonríe / y me abraza». Es pues, creemos, un poema de transición entre una sección y otra, un poema acaso que se fundamenta solo en alusiones, en probabilidades, pero que resulta de un dramatismo espeluznante. La escritura de Ekelöf tiene algo de visionaria. Hay innumerables fracturas temporales que nos hacen pensar en que sus versos proceden de un estado parecido al sonambulismo, sobre todo por la forma en que realiza incursiones en determinados periodos históricos, en lugares que fueron cuna de grandes civilizaciones (Peloponeso, Mesopotamia, Constantinopla, Curdistán) o en mitos y leyendas, religiosas o paganas. No es sin embargo, una poesía culturalista, pero las referencias culturales son vitales para entender el proceso creativo de un poeta que logra enfrentarse a la fuerza de los hechos remontándose al pasado, actualizando sus símbolos. Partitura demuestra que la duda y la contradicción son inherentes al propio proceso creativo: «Lo que te ata hace tu órbita irregular / te hace libre». Una sabia, aunque paradójica, definición de la existencia.

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