ANGELES MORA IM

 

ÁNGELES MORA. LA SAL SOBRE LA NIEVE. ANTOLOGÍA 1982-2017. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

Galardonada con el Premio Nacional de Poesía 2016 y con el Premio de la Crítica del mismo año por el libro Ficciones para una autobiografía, la ruteña afincada en Granada, Ángeles Mora, ha visto cómo esa poesía de carácter íntimo —aunque no solipsista, no puede serlo porque está perfectamente imbricada en el acontecer histórico— y remisa a la grandilocuencia que lleva escribiendo más de treinta años ha alcanzado la difusión que se merece y ha llegado a un grupo muchísimo más numeroso de lectores, con lo que parece cumplirse uno de los objeticos de cualquier certamen, la difusión (otro es, sin duda, el reconocimiento). La antología de su obra que ha preparado la profesora y poeta Ioana Gruia, La sal sobre la nieve pone, además, a disposición de los lectores una importante selección de la obra de Ángeles Mora, algunos de cuyos libros son ya inencontrables. Bastaría con esto para justificar esta edición, pero es que, además, Gruia ha escrito para la ocasión un estupendo prólogo que contextualiza en su momento histórico cada libro de poemas publicado por Mora, desde Pensando que el camino iba derecho, de 1982, con el que comienza la antología, hasta el premiado —y ya citado— Ficciones para una autobiografía, completados, como suele ser habitual en las antologías, con una pequeña muestra de poemas inéditos. En medio, debemos dejar constancia de títulos como La canción del olvido (1985), La guerra de los treinta años (1990), La dama errante (1990), Caligrafía del ayer (2000)—que es, pese a la fecha de publicación, su primer libro—, Contradicciones, pájaros (2001) y Bajo la alfombra (2008).

     Su poesía ha estado vinculada desde sus inicios a lo que se ha llamado «La otra sentimentalidad», un movimiento poético nacido en Granada al amparo del profesor y crítico recientemente fallecido Juan Carlos Rodríguez. Sus más notorios representantes fueron los poetas Álvaro Salvador, Javier Egea y Luis García Montero, quienes defendían, bajo los auspicios de Juan de Mairena, que, para adaptarse a los nuevos tiempos, la poesía necesitaba una nueva sentimentalidad que no excluyera la imbricación del sujeto en la historia y la reflexión, no solo estética sino moral, pero junto a estos, y en similar altura poética, alzaban su voz poetas como Inmaculada Mengíbar, Aurora Luque o Ángeles Mora.

     Quizá uno de los aspectos que más llama la atención en su poesía es eso que se ha venido en llamar «la difícil facilidad», y es que los poemas de Mora fluyen con tanta soltura que parecen escritos sin esfuerzo: «Ponerse la bufanda / buscarte en el pasillo / llevar chaqueta azul / y botones de plata / y libros mustios / después de tantas manos…». Aunque nos consta que esta impresión está lejos de ser cierta, porque detrás de esa sencillez hay una elaboración ardua y precisa, de la que queda constancia en versos como estos: «Las palabras te buscan / o te encuentran. / se entretejen / —siempre distintas— / donde menos lo esperas / para alcanzar migajas / de realidad, a veces / un suculento almuerzo», porque, como afirma Gruia en dicho prólogo, «La poesía de Ángeles Mora posee las nada frecuentes cualidades de una cuidadísima construcción de la emoción y de una muy sólida ligereza».

     Desde estos presupuestos surge por tanto la ideología poética de nuestra autora, que aporta a dicho movimiento una perspectiva femenina de la realidad, una mirada personal que denuncia la exclusión social de la que es víctima la mujer, la explotación a la que se ve sometida y los roles de invisibilidad que se le han adjudicado, como ocurre en el poema titulado «La soledad del ama de casa». Sus poemas desmenuzan los aspectos más cotidianos de esa realidad gracias a una manera de ver y de pensar no acomodaticia, sino critica con su entorno que, a la hora de trasladarse a la escritura, exige un conocimiento preciso de los medios técnicos que la poesía pone a su alcance, porque hemos de subrayar la perfección formal de los poemas de Ángeles Mora, siempre ajustada al contenido que intenta revelar. El uso frecuente de la ironía le permite además observar sin ser vista, desde un ángulo propio, distanciado, muy alejado, sin embargo, de la tibieza o de la neutralidad de lo normalizado. Un yo en estado de precariedad, que habla consigo mismo, evaluándose, un yo en permanente estado de contradicción que lucha con los malentendidos que alimentan su búsqueda, una búsqueda que no termina en el poema (Gruia habla «del desdoblamiento que proporciona la escritura»), sino en la mente del lector, donde actúa como un eco porque, aunque es cierto que los poemas proceden de una determinada experiencia vivida por quien los escribe, no es menos cierto que esa emoción recordada con tranquilidad, que decía Wordsworth, pertenece, una vez traducida a palabras, a quien la se apropia de ella en la lectura.

 

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