VICENTE LUIS

VICENTE LUIS MORA. NANOMORALIA. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ, 2017

Hacer un recuento de la bibliografía de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) excedería, con mucho, el espacio de esta reseña. Bastará con enumerar algunos de sus últimos títulos publicados en diferentes géneros. En poesía, Serie (2015) es la última entrega. El pasado año publicó la antología La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea y el libro de ensayo El sujeto boscoso, galardonado con el I Premio Internacional de Investigación Literaria “Ángel González”. Hace unas semanas, ha publicado la novela Fred Cabeza de Vaca, que obtuviera el Premio Gonzalo Torrente Ballester. Nanomoralia se enmarca dentro de un género que —hasta donde sabemos— el autor no había frecuentado hasta el momento.

     Hemos hablado ya en otras ocasiones de la novedad que supuso, hace ya algunas décadas, la irrupción del aforismo y de la divulgación que ha alcanzado en la actualidad, seguramente impulsado por la desconfianza en las antiguos métodos de conocimiento y el desplome tanto de doctrinas como de ideologías salvadoras. La ascensión a los cielos de la posmodernidad del pensamiento asistemático y del fragmentarismo como modo de aprehender una realidad ya de por sí fragmentada hasta el exceso han contribuido a tal despunte. Es sabido, y no vamos a repetirlo. Además, Javier Calvo lo explica con precisión en la contracubierta del libro; pero cada uno de los libros que se publican tiene su propias características, las cuales lo hacen diferente a los demás y Nanomoralia, como no podía ser menos, también las posee. En primer lugar, hay que señalar que, de las siete secciones en las que está divido, hay dos que no se ajustan al epígrafe que las agrupa, me refiero a las tituladas «Anotaciones de diario» y los llamados «Visualaforismos». Estos no dejan de ser más que ejercicios de poesía visual de interés desigual. Todo lo contrario ocurre con las entradas de diario, en las cuales podemos leer perlas como esta, correspondiente al 8 de enero de 2013: «Escribo porque soy muy lento al hablar. Porque en las conversaciones no respondo a tiempo…». En el resto de secciones se mezclan las reflexiones con de gran calado especulativo con frases más cercanas a la greguería, al arte del ingenio como, por ejemplo: «El sordomudo lee palíndromos en los espejos retrovisores»; «La palabra “resbala” contiene en su interior la inquietante imagen de »una vaca quejándose como una oveja» o «Los riñones son orejas interiores».

     Aunque el tema no se circunscriba en exclusiva a esta sección —estoy hablando de «Literangostura»— la escritura es la protagonista de ella y aquí sí que Vicente Luis Mora sabe extraer todo su bagaje cultural como poeta, novelista, ensayista y crítico. Veamos algunos ejemplos: «Si quieres conocer la poética literaria de un escritor pon en cuarentena, sin olvidarlas, sus declaraciones sobre sus propios libros, pero apunta con infinito cuidado las opiniones que vierte sobre libros ajenos»; «El mejor tachado es el realizado antes de escribir»; «El editor es para los libros malos como un escayolista: llega demasiado tarde para arreglar la estructura, pero quizá pueda salvar el aspecto de la fachada». Evidentemente, se esté de acuerdo o no con lo enunciado (yo, con estas que he transcrito, lo estoy al ciento por ciento, este tipo de enunciados no pueden caer en saco roto en la mente del lector, invitan, cuando menos, a una reflexión inmediata. Pero no este la única cuestión que Mora aborda en su libro. Los temas, como he dicho, son muy variados. Van desde el onanismo al aburrimiento, desde asuntos relacionados con la actualidad a la revocación de algún principio filosófico más o menos aceptado por todo el mundo. La maltrecha identidad del hombre contemporáneo también es objeto de alguna diatriba sí, porque hay que recalcar que si hay un hilo común que reúna a todos ellos, estén insertos en una u otra sección, es la ironía, que como un potente mucílago une las diferentes capas de sentido que todo buen aforismo —y en este libro abundan—posee. Fijémonos, para terminar este comentario, en estos dos que tiene como protagonista al poeta. El primero: «POETA: alguien capaz de aguantar estoicamente, durante años, todo tipo de elogios y alabanzas; un ser con una resistencia proverbial para aceptar lisonjas, parabienes y piropos década tras década, sin rechistar, sin hacer un mohín: un atleta de la admiración ajena». El segundo: «POETA: alguien incapaz de perdonar, por muchos siglos que pasen, la más pequeña de las críticas». ¿Sera verdad, me pregunto, como dan a entender estos apotegmas, que son los poetas tan insufriblemente rencorosos?

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