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PABLO LÓPEZ CARBALLO. LA DICTADURA DE LA PERSPECTIVA. EDICIONES TREA, 2017

Paolo di Dono, conocido popularmente como Paolo Ucello (apodo que proviene de su afición a contemplar los pájaros — ucello es pájaro en italiano), es el leit motiv que justifica la estructura de este libro. Como escribe Giorgio Vasari en Vidas de los artistas, Ucello «se complació en investigar los complicados mecanismos y las extrañas obras del arte de la perspectiva». Es más, según informa Wikipedia, «Usó la perspectiva para crear la sensación de profundidad en sus pinturas y no, como sus contemporáneos, para narrar historias diferentes o que se suceden en el tiempo. Sus obras más conocidas son las tres pinturas que representan la batalla de San Romano». Pues bien, di Dono o Ucello, tanto da, es recreado por los versos de Pablo López Carballo (Cacabelos, 1983) en la sección titulada «Pórtico»: «Paolo Ucello nunca vio un caballo. / Imaginó que los pájaros / en sus picos / con sus patas / traerían uno de lejos hasta su estudio / y se levantaba por las mañanas, / respirando Arno y pintura / pensando en cómo lo vería, cuál / sería la primera imagen del caballo / que aparecería / rodeado de pájaros / y leones a los que no tendría miedo». Y basándose en los estudios de dicho pintor sobre la perspectiva, el poeta ensaya una particular écfrasis sobre el cuadro La ciudad ideal, atribuido, en principio, a Piero della Francesca, pero considerado hoy como de autor desconocido. La dictadura de la perspectiva, el último libro de poemas de Pablo López Carballo (antes había publicado Sobre unas ruinas encontradas (La Garúa, 2010) y Quien manda uno (Colección Transatlántica-Portbou, 2012) tiene una ordenación peculiar. Las secciones están encabezadas por las primeras letras del alfabeto griego, en concreto desde α(alfa) hasta ζ(zeta).

     La perspectiva, en todo caso, es una manera de representar algo desde un determinado punto de vista («Mirar sin ver, / desconocerse»), lo que no deja de ser una potestad del artista, del poeta en un libro de poemas, por eso López Carballo escribe que «Desechando las perspectivas / el prado deja de ser una parte / y se retira en braceos de reloj» o, en otro poema, asegure que «mirar no es suficiente, debemos devanar / con la ciencia del no tener», acaso porque esa mirada necesite la participación de la palabra escrita, del poema, para cobrar conciencia de su singularidad, a pesar, incluso, de que, como afirma el poeta, «la poesía perdura por un continuo malentendido».

     La poesía de Pablo López Carballo no es inmediatamente comprensible. Necesita de toda la atención del lector, que tendrá que establecer por su cuenta relaciones semánticas apoyadas en referentes culturales no de uso común (El último y extenso poema del libro «Tirar del hilo», puede ser un buen ejemplo de esto). Además, la fragmentación discursiva lleva en su seno un pensamiento que se cuestiona la realidad, que intenta resituarla en compartimentos separados para disgregar su sentido («Dividir lo homogéneo / en lugar de entenderlo», escribe). Los títulos de algunos de los poemas son suficientemente determinantes al respecto: «Alucinación de las parcelas», «Casa en el río o alucinación de la presencia» (nótese que en ambos casos está presente la palabra alucinación, y que esta tiene que ver más con el irracionalismo, como defendía José Hierro, que con lo testimonial, incluso, como le sucedía a Eliot, con los peligros de vivir como un visionario, en el espacio que media entre los dos mundos), «La distancia: oportunidades de la perspectiva» o «Del engaño de la forma». La dictadura de la perspectiva («La perspectiva es peligrosa —afirma Yves Bonnefoy—, es capaz de contribuir con fuerza a que pensemos en “·el lugar que está en otra parte”, y que es solo una ilusión») describe un proceso de comunión entre razón e incertidumbre, una difícil confluencia, que no pretende discernir ni dogmatizar, sino encontrar ese necesario punto de fusión en el que lo evidente se manifiesta a través de su lado más oscuro. Pablo López Carballo se vale para lograrlo de un lenguaje muy elaborado —a veces roza cierto manierismo— que se desliza por meandros discursivas sin aparente vinculación, como si el mismo deslizarse, más que llegar a un destino, fuera el único propósito, y es que «Los significado se solapan / y anulan, siguen estando pero intentar / abarcarlos todos es igual a la carencia / de interés que suscita la acción».

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