CAROLYN IMAGEN

 

CAROLYN FORCHÉ. JUNTEMOS LAS TRIBUS. TRADUCCIÓN DE CLARIBEL ALEGRÍA Y LILLIAN LEVY. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2017

 Las particularidades de la oferta editorial española, más en concreto en lo que se refiere al ámbito poético, dan lugar a que accedemos a la obra de autores como Carolyn Forché (Detroit, 1950) de una forma parcial y anómala. Juntemos las tribus, el primer libro de poesía que publicó nuestra autora data de 1976 —en 1972 había publicado el ensayo titulado, Mujeres en la historia laboral americana— y fue galardonado con el Yale Series of Younger Poets Competition. Ahora se presenta al lector español, pero no debemos olvidar que el pasado año, la editorial Valparaíso Ediciones publicó su segundo libro, El país entre nosotros (1981), libro que obtuvo el Poetry Society of America’s Alice Fay di Castagnola Award.y que fue comentado en estas mismas páginas. Dejando al margen estas contigencias, conviemne recordar que Carolyn Forché practica una poesía comprometida (engaged)—una etiqueta que no rehúye, ya que es una destacada activista en pro de los decrechos humanos— no solo con la realidad social de su entorno más cercano, como podemos comprobar leyendo este su primer libro, sino con otros lugares más lejanos geográficamente hablando, como es El Salvador, uno de los países más violentos del mundo, en que el estuvo defendiendo los derechos sociales de las clases más desfavorecidas duranet varias años.

     Juntemos las tribus está traducido al español por Lillian Levy y la poeta nicaragüense (aunque ella se considera también salvadoreña) Claribel Alegría, reciente Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (traducida al inglés, en su momento, por Forché) y está integrado por «La quema de los gusanos del tomate», «Canto que se avecina» y «El lugar que se teme yo lo habito». Ya desde el primer poema, «La hornada matutina», la autora rastrea sus orígenes europeos, eslovacos: «Yo te culpo —se refiere a su abuela— por criarme en lengua eslava / me golpeabas en el traspatio, me enseñaste a bailar» y de más al aeste aún, de la capital ucraniana, Kiev: «En el róseo esmalte de las primeras horas / nos sacaron de Kiev». La presencia de la abuela es determinante, asimismo, como vínculo con el pasado, como una especie de guía espiritual que ayuda a la autora a comprenderse y a afirmarse en su identidad distinta: «El jabalí entierra su voz en el fango / donde el maíz rueda, desnudo. / llegado el otoño lo tajar´na: sus jamones / ristras de embutido se mecerán en el humo. / La abuela afila su cuchillo allá en Arkansas».

     Los poemas de la segunda parte reflejan una relación primordial con la naturaleza, de la que ella se siente parte, como un ser vivo más y en este proceso de hermanamiento su condición de mujer le otorga una especial visión del mundo, una visión que se niega ser subsidiaria de los estereotipos que marcan la visón masculina, una visión que la emparenta con los ciclos de la madre tierra. La mujer es, en este ámbito, la protagonista de su propia historia, como expresa el poema titulado «Alfansa», que finaliza con estos versos: «Alfansa sigue moliendo maíz, su bocio / es una pulpa caliente como los chiles de Chimayo, / Avemarías, se inquieta por su arido que ha muerto».

     Un poema de la tercera parte, el titulado «Desnúdame», muestra la contradicción entre la reivindación de su condición femenina y el sometimiento a los dictados, a la voluntad del hombre. La autora lucha por anular ese rol que convierte a la mujer en un objeto sexual; parece claudicar al comienzo del poema: «Me quito la blusa, ante ti me muestro. / Me afeité las axilas. / Me arremango los pantalones, me raspé el vello / de las piernas con un cuchillo / y me quedaron blancas». Sin embargo, al final del poema, dos versos precisos demiente esa presunta claudicación: «¿Quieres saber lo que sé? / Tus propias manos mienten». No cabe duda de que en Carolyn Forché hay una estrecha convergencia entre poesía y política (Edward Hirsch denomina esta unión como poesía de protesta: «poesía de disidencia y de crítica social que protesta contra el statu quo y trata de socavar los valores e ideales establecidos»), por esa razón, los poemas que narran las duras condiciones de vida de indios norteamericanos y de nativos mexicanos describen pero también denuncian, aunque no hay maniqueísmo alguno en sus intenciones. Debe ser el lector quien saque sus propias conclusiones y quien reconozca el equilibrio entre la servidumbre estética y el compromiso moral. A nosotros nos parece que gracias a ese exquiisto equilibrio, Juntemos las tribus, logra esquivar la fractura temporal entre el momento de su publicación y el de la traducción a nuestro idioma —traducción que,otra parte, hubiera necesitado una puesta la día antes de haberse publicado—, de lo contrario, muchos de los temas en los que indaga nos parecerían ya obsoletos.