ALEJANDRO S

ALEJANDRO SIMÓN PARTAL. LA FUERZA VIVA. PREMIO DE POESÍA «ARCIPRESTE DE HITA», 2016. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2017

Desconocíamos hasta ahora la obra de Alejandro Simón Partal (Estepona, 1983), pero la lectura de este su último libro, La fuerza viva, nos ha inducido a rastrear por la Red en busca de poemas de sus libros anteriores —El guiño de la chatarra (2010), Nódulo noir (2012) y Los himnos abdominales (2015), todos ellos publicados por la editorial Renacimiento— convencidos de que una voz tan personal y asentada no puede surgir de la nada. La búsqueda ha confirmado lo que ya suponíamos, que Alejandro Simón Partal lleva años escribiendo una poesía exigente que, si bien se apoya en lo real, lo hace desde puntos de vita poco convencionales, rehuyendo lo evidente para detener su mirada reflexiva en la contingencias que dan forma a esa realidad. «Se construye la realidad de prioridades», escribe en un poema, pero ¿acaso son únicamente estas prioridades las que administran el desarrollo de la percepción? Obviamente, nos parece que no, y el mismo poeta lo deja entrever cuando dice que en los jóvenes —él aún lo es— «no hay nada real, / pero sí algo extraordinariamente posible». Lo posible será entonces la ocasión de que la realidad muestre unos perfiles distintos, inhabituales, pero intrínsecos a ella, aunque pasen desapercibidos para una inmensa mayoría, meros espectadores sugestionados por la inmediatez y la fragilidad contemplativa de la actividad cotidiana que esta soporta.

     Pese a su brevedad, La fuerza viva no es un libro de contenido homogéneo. La figura del padre está presente en algunos poemas, como en los titulados «Últimas fuentes» —uno de los poemas más discursivos, en el sentido tradicional del término—, «Un hombre-padre y su agonía» —un largo poema divido en cuatro secuencias que dan cuenta de las desavenencias sentimentales, de la toma de conciencia del cuerpo —encorsetado por las normas que dicta cierta ética social— y de la incomprensión ¿generacional, ideológica?: «Hace ya mucho tiempo que desapareció / lo que nos une y ahora sólo queda / el aceite frío de nuestro amor / sin entendimiento. / Cuestan menos las palabras / cuando se le habla a una avenida atenta»— «Orilla raíz» o «Mon père», el poema que quizá tenga más deudas con Juan Antonio González Iglesias, un poeta al que Simón Partal ha estudiado en profundidad, como lo demuestra el volumen A cuerpo gentil: Belleza y deporte en la poesía de Juan Antonio González Iglesias, publicado por Visor este mismo año.

     Escarceos amorosos efímeros («Un hombre casado me acompaña a casa desde el Ítaca»), conciencia de caducidad, sometimiento a los avatares del destino («El destino en lo inabordable / rara vez recurre a la expectativa») y aceptación y gozo de la existencia son motivos que menudean en sus poemas. «Esto que hay hoy, / esto que hoy tenemos, / tendría que ser suficiente», escribe en el poema dedicado al poeta Adolfo Cueto, fallecido hace unos meses. Hay también en algunos de estos poemas una llamativa mezcla de cultura popular con, podríamos decir, alta cultura: el hijo de Lola Flores, Rocío Durcal, el actor Louis Garrel, The Police o los caballitos exhibicionistas que hace un joven motorista sobre su moto se mezclan con la poeta británica Alice Oswald, acaso como una manera de «celebrar el justo descalabro de todas las cortezas» o de «hundir lo ligero en lo que permanece». En el libro abundan tanto oposiciones como analogías que ponen en relación conceptos escasamente relacionados, una extrañeza que descoloca al lector, provocándole la necesidad de releer y reflexionar sobre esas milagrosas hilaciones, y es que el pensamiento poético de Alejandro Simón Partal parece avanzar más que de forma lineal, zigzagueando y dando saltos («El dolor tiende a la finitud: / exige límites.// Sólo lo indemostrable / depende de un resultado», por ejemplo). Su fantasía verbal fractura ese código universal de referencias al que estamos supeditados, algo que ocurre también en la poesía de algunos de sus contemporáneos, como Abraham Gragera, Josep M. Rodríguez o el más narrativo Alberto Santamaría, aunque haya notables diferencias entre ellos. En cualquier caso, La fuerza viva confirma la solidez de un poeta que merece por su calidad un lugar propio en el escalafón de nuestra poesía actual.

 

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