ALEJANDRO GONZÁLEZ L

ALEJANDRO GONZÁLEZ LUNA. DONDE EL MAR TERMINA. XVII PREMIODE POESÍA «EMILIO PRADOS». CENTRO GENERACIÓN DEL 27/EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2017

El poeta y periodista dominicano, residente en Madrid, Alejandro González Luna (1983) obtuvo con este libro, Donde el mar termina, el prestigioso premio de poesía joven Emilio Prados, convocado por el Centro Cultural «Generación del 27» y debemos felicitar al jurado que tomó esta decisión porque estamos ante un libro, si no audaz en lo formal, sí perfectamente estructurado, un libro que demuestra las posibilidades que aún tiene la poesía para impermeabilizar al yo frente a filtraciones que, pese a recurrir a fórmulas semánticas muy manoseadas y a una retórica con excesiva vinculación al coloquialismo, logra imprimir un sesgo personal que lo hace distinto y atrayente.

Los diversos apuntes —así los denomina el autor— que componen el libro van tejiendo, mediante repeticiones y relaciones intertextuales, una compleja y sólida tela de araña que atrapa al lector, lo ensimisma, casi lo hipnotiza, podríamos decir. Hay palabras y asuntos que aparecen, se ocultan y vuelven a reaparecer, creando una sensación de desconcierto que solo se logra aplacar volviendo la vista atrás, al lugar de origen: agua, mar, hueso, poema, isla, son algunas de ellas. Mucho se ha escrito sobre el concepto de insularidad, tratado por autores como Octavio Paz, Lezama Lima, Virgilio Piñeiro o Andrés Sánchez Robayna, por ceñirnos a nuestro idioma, pero, como comprobarán los lectores de este libro, es una cuestión sobre la que no se ha escrito, ni mucho menos, la última palabra. «Esto es una isla: viejo mapa del fuego —escribe González Luna en el primer poema del libro—. Peñón de sombras y cacharros. Pájaro herido que intenta volar sobre la lengua. Escozor que raspa y corroe nuestra sangre. Esto es una isla: tierra sin puentes». Pero dicha insularidad, con ser un hilo conductor fundamental del libro, no es el único enlace entre los diferentes poemas. La escritura, o mejor sería decir, el proceso mediante el cual una idea se transforma en poesía, es analizado no de una forma teórica, sino mediante descripciones aparentemente solo enunciativas, pero que despliegan en esa descripción casi anodina un entramado de intrincadas preguntas sin respuesta. El poeta puede escribir «Escribo un poema. En el / poema escribo lo que veo» y proceder a describir lo que ve de la forma más objetiva posible, pero qué ocurre cuando, después de esa descripción, dice «Escribo. // Fuera del poema corre el viento». Asistimos entonces a, al menos, dos niveles de significado que se complementan, porque ese viento puede azotar sin piedad las ventanas del poema e internarse en los espacios que quedan entre las palabras y crear algo más que desasosiego. Evidentemente, todo proceso cognitivo atraviesa diferentes niveles y quizá para comprender mejor este libro sea necesario situarse a cierta distancia, como un espectador frente al escenario, sin involucrarse demasiado en la trama si antes no conoce al detalle el guion, porque dicha trama, si uno se encuentra inmerso en ella, puede nublar la vista. Me refiero al hecho de que asistimos a un exceso de encadenamientos y de repetición de fórmulas que, en su justa medida, conceden unidad semántica al libro —la unidad formal depende de aspectos métricos, rítmicos y estróficos—, pero que, cuando se abusa de ellos, crean una sensación de agobio, de déjà vu ciertamente ineficaz. Quizá resulte necesario entender de verdad que «no todo lo que eres / cabe en las palabras», para calibrar el efecto, porque ni todo lo que se es ni todo lo que existe tiene cabida en un poema y tratar de, por ejemplo, «contener el mar en las palabras», es un esfuerzo casi del mismo calibre que el de la parábola agustiniana. Donde el mar termina (apuntes para un poema de la isla) es un libro excelente, sin duda alguna, y su autor es un poeta que conoce muy bien su oficio, pero es un libro al que, nos parece, le sobra retórica y, por tanto, algunos poemas, los que están construidos con un excesivo porcentaje de ella. Es conveniente refrenar el deseo de contarlo todo de una vez para no caer en el panegírico o en la profecía, porque la cantidad, en muchas ocasiones, es inversamente proporcional a la intensidad.

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