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RUISEÑORES DE INGLATERRA. SELECCIÓN, INTRODUCCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ. EDITORIAL SEXTO PISO, 2017

La labor como traductor del poeta José María Álvarez (Cartagena, 1942) está guiada por sus gustos personales, por sus pasiones, y esto se percibe en cuanto comenzamos a leer sus emocionantes versiones. A lo largo de los años ha traducido a poetas como T.S. Eliot, Robert Louis Stevenson, Shakespeare, Tennyson, Ezra Pound o Jack London. Ha editado además la obra completa del poeta griego Kostantinos Kavafis y la del poeta francés François Villon. Como poeta, gran parte de su obra poética se ha agrupado bajo un título genérico, Museo de cera, un proyecto comenzado en 1974 y cuya última entrega data de 2016. Además ha publicado libros como La edad de oro (1980), Tosigo ardento (1985), El escudo de Aquiles (1987), El botín del mundo (1989), La lágrima de Ahab (199), con el que obtuvo el Premio de Poesía de la Fundación Loewe o el más reciente, Seek to Know no More (2016). Estamos frente a un poeta que ha hecho de la cultura, y de la literatura especialmente —los viajes forman también parte de ese equipaje vital—, su vida. Siendo esto así, a nadie puede sorprender que se haya embarcado en un proyecto como este Ruiseñores de Inglaterra, un rastreo por aquellos poetas ingleses que hayan cantado al ruiseñor, ave poética por antonomasia. Estamos hablando de un proyecto que vio la luz —parcialmente— en el número 10 de la extinta revista Poesía (durante el mes de agosto pasado se ha podido ver una exposición en el Palacete del Embarcadero de Santander sobre dicha revista y sobre uno de sus primeros diseñadores, Diego Lara, con los fondos adquiridos por el Archivo Lafuente), es decir, hace más de 20 años, y que ha tenido continuidad en ediciones minoritarias y hoy inencontrables como la que publicó la editorial sevillana El mágico íntimo en 1985 o la de Rosalibros, en 2005. Esta nueva y hermosa edición está a la altura del contenido. José María Álvarez bucea en los orígenes de la poesía inglesa y rescata a autores como Chaucer (¿!340?-1400), John Skelton (¿1460-1529), Henry Howard (1516-1547) —de quien anota este verso que parece un haiku: «Con renovado plumaje el ruiseñor canta»— o Christhoper Marlowe (1564-1593). El mito de Filomela, hija de Pandion, rey de Atenas, y hermana de Procne, que tras diversos avatares fue transformada en ruiseñor (Procne lo fue en golondrina) es recreado por innumerables poetas, desde Sidney (1554-1586), pasando por Shakespeare («Mientras Filomela canta en su árbol, sentado yo la escucho» o «Como Filomela reina con sus trinos sobre el verano / Y enmudece su lira al madurar los días»), por Thomas Randolph (1605-1635), por Milton («Se digne Filomela entonar su canción / De dulcísimo y triste lamento») hasta llegar a John Keats, de quien se traduce la impresionante «Oda a un ruiseñor». No podían faltar en esta selección, además del mencionado Keats, algunos de los mejores poetas románticos, como Lord Byron, Coleridge, con su magnífico poema «El ruiseñor», del cual extraemos estos versos: «¡Oh escucha ¡ Comienza el canto del Ruiseñor, / ¡El “más musical y melancólico” de los pájaros!», Percy B. Shelley o el mismísimo William Wordsworth. El libro finaliza con versos de algunos poetas contemporáneos como Ezra Pound, T. S. Eliot (cuya selección no pertenece, sin embargo, al poema «Sweeney Among the Nightingales» sino al pasaje del ruiseñor en “The Waste Land”) y Dylan Thomas, del que traduce esta estrofa: «El ruiseñor, / Polvo en el bosque enterrado, vuela con las alas más ligeras / Y narra los vientos de la muerte su cuento de invierno». Es muy posible que en el variopinto paisaje de la poesía inglesa actual se puedan encontrar poemas dedicados a tan singular ave, pero me temo que esa visión un tanto idílica que retratan los poemas de este libro podría convertirse, más que un símbolo de la belleza y del amor (aunque este, a veces, sea un amor inalcanzable), en una metáfora del desprecio por la naturaleza y en una justa reivindicación de valores que la sociedad postindustrial ha marginado por completo. En cualquier caso, reconforta mucho leer un libro como este, que permite que emerjan desde la memoria ancestral «topoi» que forman parte de nuestro ADN. Ojalá su canto siga inspirando poemas tan bellos como estos.

*Reseña publica en el suplemento cultural Sutileza del El Diario Montañés el 8/09/17

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