TOMÁS Q. MORÍN

LA FIESTA DE LA ORILLA

La parrilla en reposo, con la boca abierta

como un niño suplicando más.

He perdido la cuenta de las salchichas que hemos comido

 

y de la cerveza que hemos tragado. Mi esposa flota

en el agua con sus amigos, la piel blanca

enrojecida por algunas partes. A veces, por la velocidad de un barco,

 

una falsa marea los sacude como si fueran boyas

y durante un instante las viejas conversaciones

sobre el amor perdido/encontrado —el caprichoso

 

necesita amantes— son reemplazadas por carcajadas.

Escuchándolos me dan una segunda vida

en la que me olvido de los amigos que ya no tengo,

 

los perdidos por el tiempo, los vencidos por la distancia.

No queriendo perder lo que ahora tengo,

levanto un armazón de madera

 

alrededor de nuestra zona del lago,

las piernas hundidas profundamente en el arenoso fondo,

el extremo alejado abierto al agua,

 

este y oeste una ventana

(quizá, también, cortinas); un muelle

se extiende desde el borde de la vertiente

 

en el cobertizo donde el hambre golpeará,

donde el invierno dormirá.

Cuando recobre mis sentidos, la triste

 

caja donde los había guardado

como cantos de sirenas ceden el paso

a la errática mente del viento

 

mofándose de los enebros, echando un vistazo

a la superficie marrón del agua verde,

empujando los tubos negros del hermético círculo

 

de hermanas que no son hermanas

cuyos corazones no puedo salvar. Me desprendo

de mi camisa y de mis zapatos. Mientras entro al agua

 

levanto mi mano formando una pequeña ola,

así el agua fría me enseña humildad,

mientras profundizo en la melodía de su risa.

 

Versión de Carlos Alcorta

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