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PIEDAD BONETT. LOS HABITADOS. XIX PREMIO DE POESÍA GENERACIÓN DEL 27. EDITORIAL VISOR. 2017

La carga emotiva de las palabras que utiliza Piedad Bonnett (Amalfi. Colombia, 1951) en sus poemas determina, indefectiblemente, el sentido con el que fueron escritas y, quizá, no haya mejor forma de poner de manifiesto dicha intención que con unos versos del poema con el que finaliza “Los habitados”: «Pido al dolor que persevere […]/ para que de su mano cada día/ con tus ojos intactos resucites,/ con tu luz y tu pena resucites/ dentro de mí». Como vemos, la palabra es el último asidero del recuerdo, la palabra que nombra al dolor —un dolor contenido que se acata con dignidad pero que ayuda a que el ausente esté aún vivo— y lo exterioriza, la palabra que recobra, que es en sí misma recuerdo, presencia, vida, en suma, porque todo lo que se nombra sigue existiendo en la mente de quien lo invoca. Mucho se ha escrito sobre la pertinencia de añadir datos de carácter biográfico al comentario cuando se redacta una reseña crítica. Hay opiniones a favor y en contra, pero, al menos en este caso, creo de utilidad referirme a factores extrínsecos a los propios poemas, porque resultan indispensables para lograr una interpretación más certera de la obra. Está claro que el impulso creador que está detrás de estos poemas, sobre todo los incluidos en la segunda parte del libro —un impulso melancólico, desilusionado, ensombrecido por la pérdida, aunque no se muestre insensible a la dicha que proporcionan algunos fragmentos de memoria— proviene más de una resolución voluntaria que de un imperativo, digamos, de orden intuitivo y arbitrario. ¿Cuáles son esos factores a los que aludo? Es preciso recordar que en mayo de 2011, Daniel (a quien está dedicada la segunda parte de este libro), el hijo de la autora, se quitó la vida, y este hecho luctuoso ha influido en toda la escritura de Piedad Bonnett posterior al suceso. De hecho, en su libro “Lo que no tiene nombre” (2013) trataba de dar testimonio de algo para ella inexplicable, algo que «está más allá del lenguaje». «En estos casos —escribe Piedad Bonnett—, trágicos y sorpresivos, el lenguaje nos remite a una realidad que la mente no puede comprender». En “Los habitados”, su último libro de poemas, la autora intenta trasmitir esa serenidad propia de quien ha terminado por aceptar los hechos imbuida tal vez de un inevitable sentimiento de conciliación personal que el paso del tiempo amplifica.

El libro posee dos partes perfectamente diferenciadas, la primera, intitulada, contiene poemas que analizan la influencia del temor, del miedo en la conducta de quien lo padece. El miedo visto como no como una abstracción paralizante, que también, sino como una especie de camisa de fuerza que atenaza no solo los actos, sino el pensamiento, un miedo a lo que puede suceder, un miedo al futuro que obliga a vivir el presente de forma angustiosa: «Yo me miro mirar —escribe en el poema titulado «Doble»— y mi adentro es mi fuerza en esta cárcel/ en la que siempre estoy detrás de mí/ respirando en mi nuca/ susurrando/ cantándome al oído mi cantinela insomne…». No alcanzo a entrever si un lenguaje como el que utiliza Piedad Bonnett, apegado al coloquialismo, al ritmo maquinal de lo conversacional es capaz de trasmitir el desasosiego y la misteriosa dependencia de lo inescrutable que habita en su origen, en cualquier caso, tanto la autora como el lector deben dejarse llevar por un lenguaje que profundiza en las partes no visibles de la conciencia, porque solo quienes estén en esa disposición podrán comprender la intensidad de la tragedia, porque «la vida es chirriante disonancia/ para los habitados».

   En la segunda parte del libro, «Noticias de casa», lo que antes era una reflexión de carácter gnoseológico se convierte en un relato que da cuenta de la alteración de los pormenores cotidianos que lleva aparejada la muerte. Hay una rendija que se abre, un agrieta en el corazón, que deja pasar «esa luz blanca que me ciega» que dificulta la plena captación de la experiencia que se resiste a ser fijada en el poema., aunque Piedad Bonnett no se arredrar y persevera en el intento. No es fácil ni inocuo cuando se trata de un ser querido porque «se había instalado ya un mismo silencio:/ eras tú que caías como una lluvia triste/ sobre nuestras cabezas inclinadas», es esa imposibilidad para encontrar razones a lo irrazonable la que emerge cada vez que el recuerdo se verbaliza, es esa no presencia la que impone los límites a la realidad, una realidad distinta que algunos llaman locura y que siempre estremece.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 18 de Agosto de 2017

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