MARISA

MARISA CAMPO MARTÍNEZ. EL TREN DE LOS URALES. COL. DE POESÍA A LA SOMBRA DE LOS DÍAS. CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTE DEL GOBIERNO DE CANTABRIA, 2017

En unas pocas líneas de presentación, Marisa Campo (Oviedo, 1960) nos ofrece alguna de las claves de su poética y, por ende, de este, su último libro. Recordemos que antes había publicado títulos como Cuaderno de bitácora (2003), Qué trama el mar (2008) o Leyendo a Margot (2011) además de formar parte del consejo de redacción de la revista Pluma y pincel desde 1999 y de haber participado en numerosas antologías. «El título El tren de los Urales es —escribe Marisa Campo—metáfora del largo recorrido vital hasta llegar al presente. Una edad en la que se reflexiona mucho y se hace balance de lo vivido. Un viaje que se efectúa en sentido contrario, del presente hacia el pasado». Pero ¿por qué ha escogido la autora este título de reminiscencias bolañescas? La razón puede estar en estos versos: «El tren de los Urales/ me condujo a una vida/ de ficción en la que me avine/ con un personaje paralelo», una razón que nos resulta muy familiar pues no son pocos los poetas que utilizan un testaferro emocional para liberarse de cierto encadenamiento afectivo que lastra, a la postre, la intención del discurso, un discurso sometido a las constricciones de un lenguaje que solo puede evocar mediante aproximaciones y ambigüedades semánticas, porque «A veces lo real supera con creces lo inverosímil».

   El libro está divido en tres partes, de importancia y extensión desiguales. La primera, «Isla blanca» (una metáfora de su mesa de trabajo vista como reducto de su intimidad —«Todo parece caer sobre la mesa blanca como una isla»— y , quizá, también, como tabla de salvación, como lugar desde el que ver «el mundo convertirse en una bola/ Disolverse de repente y desaparecer», como dicen los versos de Eliot que encabezan el libro), es de mayor envergadura conceptual y congrega los poemas más apegados al pasado. Remembranzas infantiles se mezclan con recuerdos de su época de estudiante y con momentos que reviven sus primeros escarceos literarios, como el poema titulado «Tigre Juan». Algunos versos de estos poemas definen más claramente que cualquier comentario el alcance de lo que se trata de mantener vivo en la memoria: «De eso hablo. De un tiempo dilatado. Vasto, Igual que una pista./ Con calles por las que discurro en silencio, perdida ya la fuerza». En otros, sin embargo, quizá como consecuencia de algún acontecimiento del pasado aún no asumido, se intenta reconstruirlo para hacerlo más habitable: «Mintamos al futuro/ y llenemos el recuerdo/ de esporas invasivas», escribe en un poema sin título que parece casi una imprecación.

La segunda sección, titula «Tópicos» no sin cierta ironía, recrea dicta latinos, pero lejos de dar la vuelta a unos significados tan manoseados, logra actualizarlos e insuflarlos nueva vida, como sucede con el memento mori «Et in Arcadia Ego». Los pastores que pintara Poussin se trasmutan, al final del poema, en unos caracoles tiesos. La muerte ha realizado su labor porque es inevitable y omnipresente. La última parte del libro, la titulada «La voz dormida», expresa el abismo infranqueable que separa el pensamiento, la idea, de su transcripción a la página, el esfuerzo siempre inútil de decir aquello que sentimos con la mayor precisión posible, porque la herramienta de que disponemos, el lenguaje es, por naturaleza, un signo impreciso (aquí quizá deberíamos remitirnos al lingüista suizo Saussure): «La voz dormida,/ que habita/ en medio de la nada,/ aquella que acompasa/ la palabra y el ritmo/ para oscurecer el sentido/ y avivar la imagen,/ se halla en el vuelo de un ave,/ lejana/ distante,/ sin dejarse atrapar».

   El lector de El tren de los Urales debe saber que este libro requiere una lectura reposada porque, de lo contrario, muchos de los matices que uno quiere percibir en ciertas verdades a medias quedarían difuminadas. Por otra parte, en ese retorno que Marisa Campo Martínez quiere realizar a un yo ajeno a ella misma (a menudo la distancia que media entre quien uno fue y quien es ahora nos convierte en seres desconocidos incluso para nosotros mismos) quizá hubiera sido necesaria una organización del libro de modo diferente. Personalmente, creo que el libro hubiera ganado enteros si los diferentes homenajes (a Alejandro Gago, a Benito Argüelles, a su padre, a Juan Ramón) se hubieran recogido en una sección propia y, quizá, un itinerario cronológico hubiera sido, por mor de las nomenclaturas espacio temporales, más apropiado. En todo caso, El tren de los Urales es un libro escrito contra el olvido, con la sed y la perseverancia de quien conoce que el manantial brota en la lejanía y que el trabajo con el poema nunca termina, se abandona.

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