javier s.m. afo

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. LA ALEGRÍA DE LOS IMPERFECTO. COL.ADORISMO. EDICIONES TREA, 2017

La asturiana Trea es una de las editoriales que desde hace más tiempo viene apostando por el género del aforismo, tan en boga últimamente. Por poner un ejemplo, un autor como Fernando Menéndez, uno de los más persevantes aforistas de nuestra lengua, encontró acomodo en la editorial hace ya algunas décadas y José Ramón González publicó una antología del género hace un lustro, aproximadamente: Pensar lo breve. Aforística española de entresiglos (1980-2012). Ahora nos presenta la última obra del poeta, ensayista y editor Javier Sánchez Menéndez(Puerto Real. Cádiz, 1964), La alegría de lo imperfecto, un libro de aforismos dividido en tres apartados, «Artilugios», en la que está incluido este aforismo que parece ser el leitmotiv del libro: «La auténtica alegría suele ser la alegría de lo imperfecto». La economía verbal, una de las características del aforismo, tutela los incluidos en este libro. Prácticamente ninguno de ellos sobrepasa la línea, en busca, acaso, de una precisión semántica que no está reñida con la ambigüedad, con la ironía y la paradoja. Los temas que frecuenta Javier Sánchez Menéndez son muy variados. Nada escapa a su ojo escrutador. La política, el crítico, el poeta y la poesía («La poesía de ahora no hay que fomentarla, hay que formatearla»), la moral o la estética («Cada día me interesa más la ética que la estética. La literatura está repleta de estética sin ética»), la hipocresía o el odio («La admiración es la modestia de la hipocresía».

   La segunda sección tiene un título absolutamente explícito: «El orgullo de los necios»: las pistas que nos brinda no pueden ser más elocuentes, pero por si cabía alguna duda, comienza con este aforismo: «La vanidad es el orgullo de los necios». Muchos de ellos no escapan al lirismo del poema: «La verdad es esa gota de agua que recorre tu muslo mientras cerramos los ojos». En otros, sin embargo, el lirismo da paso al anatema: «La vida es una mierda repleta de dulzura». La reflexión que suscitan tan tajantes afirmaciones en el lector carece de importancia, porque Javier Sánchez Menéndez parece tener las cosas muy claras, parece buscar anuencia, no complicidad.

   La última sección del libro, «Vanidades», está integrada por textos de mayor envergadura que proceden, sin ninguna duda, de su experiencia como editor. La confrontación con los autores no se puede evitar, pero Sánchez Menéndez consigue sublimarla gracias a unos textos que funcionan por aproximación, por sugerencias. Me parece una solución muy acertada. Se evita así rememorar experiencias ingratas, aunque nunca se sale indemne de ellas. La vanidad inherente a todo creador adopta, a veces, caracteres patológicos. De todos es sabido, pero un autor que es, además, editor, debe utilizar la ironía poner en su sitio al presuntuoso, aunque eso signifique contradecirse a sí mismo: «Prometí portarme bien. Desde entonces no muerdo mis uñas ni arranco los pelos de la barba. He dejado de ser extraño. Voy a olvidarme del mundo. A la segunda irá la fructuosa». No importa, estas vueltas de tuerca forman parte de las ideas más refrescantes del libro.

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