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LORENZO OLIVAN. DEJAR LA PIEL (1986-2016). EDITORIAL: PRE-TEXTOS/FUNDACIÓN GERARDO DIEGO, 2017

Es muy posible que Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) sea uno de los autores que más, y con mayor profundidad, ha reflexionado sobre un género hoy tan de moda como el aforismo —conviene recordar además que Oliván lleva practicándolo desde su inicios como escritor (Cuatro trazos, su primer libro, data de 1988)—, por eso resultan especialmente interesantes los comentarios que bajo el título de «Sedimentación de una poética», anteceden a Dejar la piel 1986-2016, el libro en el que recoge lo mejor de su producción en este campo. Establece Oliván una clara distinción entre aforismo y fragmento, término que él prefiere, porque «los aforismos tienden a jugarse más bien como cápsulas de pensamiento y, en mi práctica de ese género fronterizo, la reflexión existencial (abierta a la ironía, a la indagación filosófica y a la pulsión metafísica) ha convivido desde siempre con las imágenes, las metáforas y los símbolos, es decir, con un componente eminentemente plástico, libre de todo desarrollo discursivo». Entendemos por tanto, que la mixtura de pensamiento e imagen —no importa en qué proporción— resulta imprescindible para justipreciar estos textos, pero no es menos importante el uso de la ironía, una ironía que tiene como sujeto principal al autor mismo («me gusta, mucho más que buscarme a mí mismo, buscarme las cosquillas. ¡Pero es tan difícil hacer uno reír a solas!»), pero también el entorno («Trabajan de una forma compulsiva. Cargan con mucho más peso del que deben. Y se ve claramente que llevan una vida hueca. Son las hormigas»), lo que no implica que se frivolice sobre los asuntos analizados, todo lo contrario, efectúa una especie de purga que ridiculiza lo real no restándole trascendentalidad, sino añadiéndole matices que la resaltan, por muy nimia que sea la imagen que lo sustenta: «La luz que entra por las rendijas de la persiana te mira dormir a mi lado igual que te miro yo: sin pestañear siquiera»). Oliván reclama una mirada detenida sobre las cosas, una mirada que ausculta no solo el objeto de su contemplación, sino los detalles que lo particularizan, que lo hacen uno siendo semejante a otros: «Mirar bien cómo se mira me parece que ha de ser una de la preocupaciones centrales de la creación poética», escribe en el citado prólogo, y muestra sin ambages su perplejidad ante lo que le rodea, acaso porque, según dice, «Cuanto más observo la realidad más extraña me parece. La gente que no encuentra extraña la realidad casi ni la mira». Los temas frecuentados en Dejar la piel son muy variados, como no podía ser de otra forma, tratándose como se trata de una recopilación que incluye el citado Cuatro trazos, La eterna novedad del mundo (1993), El mundo hecho pedazos (1999), Hilo de nadie (2008) y un adelanto de Cambio de rasante, el libro en el que está trabajando actualmente. La identidad, un yo contradictorio que se reconoce en sus opuestos tanto como en sí mismo, la imaginación, la realidad, la naturaleza, la oscuridad y la luz, el amor y su representación física, el cuerpo amado («Lo mejor de dos cuerpos que se desean por completo es que se creen y, a la vez, de algún modo, se crean otros») y, significativamente, la escritura («En literatura uno ha de repetirse lo bastante como para alimentar y criar fuerte su obsesión»), la poesía («¿Mi yo en la poesía? Como el del propio fuego, que por pequeño que sea parece que en sí alienta multitudes») son algunos de los temas más recurrentes, analizados desde momentos y ópticas diferentes, en estos fragmentos. No todos, lógicamente, poseen la misma intensidad reflexiva, en algunos, incluso, prima el ingenio por encima de otras consideraciones, aunque, como el propio Oliván afirma, «El ingenio rebaja la verdad, como la solemnidad la agiganta. La verdad sólo pide su justísima altura», pero el tono general es de altísima intensidad, una intensidad semejante a la que encontramos en sus poemas, de hecho, al propio Lorenzo Oliván no le gustan demasiado las simplificaciones genéricas, que suelen tener una utilidad didáctica, pero que resultan insuficientes cuando tratamos de sopesar la densidad de una obra que se ramifica sin ataduras, pero que nace de un mismo tronco, un tronco robustecido tanto por pertrechos culturales como por la experiencia vital, un tronco que, como hemos dicho, se ensancha y crece hacia las alturas con vigor, con seguridad, creando un entramado creativo excepcional al que nutren por igual la luz solar y la oscuridad subterránea. Lorenzo Oliván se deja la piel en su escritura, en cualquiera de las formas que esta adopte, por eso su obra toda se ha convertido en un referente tanto para poetas jóvenes como maduros.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 21/07/2017

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