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AITOR FRANCOS. FILATELIA. PROLOGO DE JOSÉ CEREIJO. RENACIMIENTO, 2016

José Cereijo en el equilibrado prólogo que el poeta escribe para la ocasión, no se anda por las ramas y entra rápidamente en materia. ¿Qué significa estos? Pues que lo primero que hace es definir lo que es un haiku, para, a partir sus características («la sencillez, el no rebuscamiento, la simplicidad y naturalidad del tema, pero aportándole una mirada que no es la de costumbre. Un quiebro que tiene pero objeto desnudar a lo real el disfraz, del camuflaje que el hábito le impone». Pero aquí Cereijo nos habla de lo que debe ser, pero no de cómo se logra hacerlo. No tardará en dejarlo claro: «No [es] simplemente, por tanto, un juego de ingenio, sino una llamada a la autenticidad, a ver de veras las cosas. A establecer una relación personal, viva, con ellas, en lugar de conformarnos con el sendero fácil, trillado y de nadie que nos proporciona lo convencional».

     No nos cabe ninguna duda de que los hiakus de Filatelia se adscriben sin ningún problema a los parámetros señalados por el prologuista (aunque en la sección titulada «El cuaderno del vendedor de sal», el autor se tome ciertas libertades métricas) porque Aitor Francos (Bilbao, 1986) como excelente poeta que es —ha publicado libros como Igloo (2011), Un lugar en el que nunca he escrito (2013), Las dimensiones del teatro (2015) y el libro de aforismos Fuera de plano (2016)— conoce el valor de la mirada, sabe cerrar los ojos para verse por dentro, pero también sabe fijar la mirada y detener el instante que sucede frente a ella. Un acto tan banal y rutinario como recoger la ropa del tendedero y doblarla motiva esta estrofa: «Pliega su ropa,/ y encuentra dentro un mapa/ desconocido».

     Los temas que frecuenta Aitor Francos en estos haikus tienen mucho que ver con la tradición: la naturaleza, el paso del tiempo, las variaciones atmosféricas, pero su poesía no se ciñe estrictamente a ellos. Se adentra también en uno de los motivos más recurrentes de su poesía, el análisis del proceso de la escritura y el papel que oficia el escritor durante ese proceso: médium a veces, otras, sin embargo, artífice de la transformación semántica que se produce durante la escritura: «La pared blanca./ Cerca duerme el poeta,/ que ya no escribe». La impresión que deja en la retina una imagen fugaz se transforma gracias al poder sugeridor de la palabra en algo más, en un eco reflexivo que resuena en la mente del lector mucho después de haber leído el poema, aunque su propia reconstrucción imaginaria de dicho instante tenga poco que ver con el motivo que dio origen al poema. Esta es una de las mayores virtudes del haiku, del poema en general: ser una especie de trampolín para ascender a otro nivel de comprensión, un nivel, una cota señalada por la intuición, por una percepción alerta, por aquello que está más allá de la lógica.

     Aitor Francos es un poeta que se maneja con fortuna en poemas de largo recorrido, por eso, cambiar de registro para adecuarse a una estrofa tan breve, posee un doble mérito, pues supone reconstruir su mundo desde unos presupuestos distintos, tapar las grietas no con la argamasa del discurso envolvente sino con un material tan dúctil y evanescente como el detalle: «Tenaz oficio/ el de escribir un haiku./ Contar destellos». Ese contar destellos resulta ser la esencia de esta composición que convierte la brevedad no en límite del significado, sino en posibilidad, en pluralidad, de ahí su permanencia, de ahí que su lectura nos invite a comenzar de nuevo.

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