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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. TODO LO QUE SE PRODIGA CANSA. ISLA DE SILTOLÁ, 2017

La colección «Aforismos» de la editorial sevillana Isla de Siltolá ha alcanzado con este libro el número 20, lo que viene a corroborar el auge de este género en los últimos años, un auge compartido con el haiku y sobre el que García Martín —no sin cierta ironía, en cuyo manejo es un consumado especialista— muestra sus reservas, como cuando alude a su intención de no escribir jamás un libro de este tipo: «Creo que tienen que ver con la “facilidad” de los dos últimos géneros (cualquier escritor sin demasiados escrúpulos puede perpetrar una colección en menos de una semana: quien hace un haiku hace un cierto)». A tenor de la prodigalidad de la que somos testigos, no podemos negar que hay mucho de cierto en esta crítica. Pero entonces, podemos preguntarnos, ¿por qué el autor se contradice y acaba cayendo en su propia trampa? Como comprobamos al leer el prólogo, esto es verdad solo a medias. No podemos negar que «Todo lo que se prodiga cansa» es un libro de aforismos, pero conviene matizar esta aseveración: «Publico un libro de aforismos —escribe García Martín— porque desde siempre me ha gustado hacer frases y esas frases andaban por ahí desperdigadas en mis diarios, en las redes sociales y en la memoria de mis amigos que han tenido la paciencia de escuchármelos una y otra vez».

     Aclarado el origen de estos aforismos algo que, por otra parte, resulta irrelevante, conviene reconocer la oportunidad de agruparlos en un solo volumen para saborear las muchas virtudes de la escritura de José Luis García Martín, un autor que sabe combinar como nadie el binomio vida/literatura, que sabe mofarse de sí mismo y alabar el talento ajeno, que no cae en la falacia cuando habla de la felicidad o del amor, que sabe que el mejor viaje es reconocerse en el azogue del espejo del pasado.

   «Todo lo que se prodiga cansa» está divido en ocho secciones, que lejos de ser estancas, mantiene correspondencias en su intensión y en su impulso. No es fácil hacer una selección de estos aforismos porque con un notable número de ellos podríamos empapelar la habitación, pero me gustaría transcribir una sucinta muestra de cada uno de los apartados, no sin antes señalar que el gusto por la paradoja, por darle vuelta al guante del significado habitual, por el oxímoron son características comunes a todas ellas: El asunto de la identidad integra la primera sección, «Autorretrato de desconocido», como podemos ver en este ejemplo, «Soy un desconocido al que conozco demasiado bien»; en la segunda, «Mentirosas verdades», habla del autoengaño como modo de supervivencia, relativiza verdades que parecen inmutables, por eso quizá sea imprescindible «Saber mentirse a sí mismo con convicción [porque ese] es uno de los secretos de la felicidad». Un tema muy recurrente y donde García Martín despliega toda su capacidad irónica es el de la «Poesía y poetas»: «Para la poesía —escribe— los poetas no son sino un mal necesario». El sentido del humor se basa en una máxima infalible, para reírse del prójimo hay que saber reírse de uno mismo, y algo de esto hace el autor en «Acerca de la crítica», cuando escribe que «Nadie medianamente inteligente se dedica a la crítica» o «Si te dedicas a la crítica y no tienes enemigos mejor dedícate a otra cosa». Un título de ecos alexandrinos, «Historia del corazón», agrupa los aforismos más íntimos, en los que tampoco está ausente la ironía: «El amor solo resulta peligroso cuando es correspondido». Ecos de meditación oriental percibimos en «Aire de oriente» aunque, contra lo que pudiera sugerir el título, contiene los aforismos más extensos. «Ateologías», una sección iconoclasta «Dios lo sabe todo, pero no se entera de nada», da paso a la última y más extensa del libro, «Todo y nada», una especie de totum revolutum en la que tienen cabida asuntos de diverso linaje, el arte de la escritura, el amor, el paso del tiempo, la vanidad, la religión o el narcisismo, temas, por otra parte, tratados en las secciones precedentes. Antes de finalizar este comentario, me gustaría reproducir estas palabras de García Martín: «Los buenos lectores de aforismos […] jamás leen los libros de aforismos de un tirón ni de la primera a la última página. Solo picotean acá y allá, sonríen, se sorprenden, se indignan, se asombran, asienten, se extrañan y luego, a los pocos minutos, cierran el libro para continuar en otro momento y, si el autor lo merece, durante el resto de su vida»:. Nada más cierto. Sigan su consejo.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza  de El Diario Montañés, el 7/07/2017

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