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JESUS CÁRDENAS. JORGE MEJÍAS. RAÍZ OLVIDO. EDITORIAL MACLEIN Y PARKER, 2017

Hay libros que, solo con verlos, con tocarlos, con hojearlos despiertan en nosotros un deseo de posesión irrefrenable. Necesitamos hacernos con ellos para darnos el gusto de manosearlos a nuestro antojo, para abrirlos al azar y contemplar los prodigios con los que sus páginas, estamos seguros, nos seducirán; hay libros que son, por su factura, una obra de arte en sí mismos, y esto es lo que ocurre con Raíz olvido, el nuevo libro de poemas de Jesús Cárdenas ilustrado con obras del pintor Jorge Mejías. He dicho poemas ilustrados, ¿o son los poemas los que ilustran las pinturas? Tanto da, porque ninguna disciplina creativa tiene prevalencia sobre otra cuando comparten en igualdad de condiciones espacio y formato. La magnífica edición que nos presenta la editorial Maclein y Parker en su colección «Clemátide» de textos ilustrados, puede presumir de ser, en la práctica, un libro de artista. La calidad del papel empleado en el interior, en la cubierta y en la sobrecubierta, así como el exquisito marcapáginas dan fe de ello.

Pero dejemos el continente y centrémonos en el contenido. Como hemos avanzado, en Raíz olvido se combinan poemas de Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaíra, 1973) con obras de Jorge Mejías (Sevilla, 1967). Ambos, en palabras de Ana Gorría, la prologuista del libro, «apuestan por huir de los lenguajes instrumentales, buscan un lenguaje, un nuevo idioma capaz de tocar las cosas, de ser tocado por las cosas». Raíz olvido es el noveno libro de poemas de Cárdenas, que mantiene una regularidad de publicaciones envidiable desde que viera la luz, en 2006, su primer libro, Algunos arraigos me vienen. En este su nuevo libro, Cárdenas se mantiene fiel a un tipo de escritura no figurativa, con cierto carácter alucinatorio, al que parecen seducirle las abstracciones, aunque un finísimo hilo narrativo que muchas veces se deshilacha («No hay hoja que pronuncie/ un nervio sin perfumar,/ su símbolo desnudo,/ sus hilos invisibles»), intenta conectarlas. Es muy posible que el poeta busque descubrirse en el propio poema («Unos acordes/ ascendentes me bastan ahora mismo/ para escapar// antes de que su piel desnuda talle/ límites espaciales/ y hondonadas de tiempo…»). Es muy probable que el poeta se trasmita a sí mismo —en se afán por escudriñar los límites de la realidad y la conciencia que tiene de ella—percepciones que no entienda del todo, por eso las escribe, como ocurre en el poema «Divagaciones sobre el abismo»: «Los ojos no estaban allí tras lo que buscamos.// Lo efímero aparenta ser larga enredadera/ pero se adelgaza, meticulosa, en espina,/ ese vértigo sin control, acordes de música/ sublimes, tan inalcanzables». Ese andar a tientas sobre las arenas movedizas del significado es el que provoca que Jesús Cárdenas fragmente el discurso con una puntuación entrecortada y fracture el sentido del verso. En ese andar a tientas al que aludimos, cada paso es un riesgo, cada paso se da por intuición o por delirio, y por ambos a la vez: «Somos incertidumbre pura,/ trueno de una tormenta de verano,/ impero de la niebla en la estepa helada». De esa incertidumbre nace la poesía, y esa incertidumbre se apodera de las palabras hasta el punto de que el lector debe preguntarse hacia dónde le conduces, si a descifrar su propia intimidad o a rodearla sin traspasar el umbral por temor a descubrir algo que no le gusta: «(¿Quién puede creerse barco en un mar alborotado?)», se pregunta Cárdenas. Volvemos al prólogo de Ana Gorría: «[Jesús Cárdenas] Presenta a través de estos poemas una indagación del sujeto, sobre las vicisitudes de la vida, de la creación y el destino, así como sobre las posibilidades de la poesía». Cierto, y es consustancial a toda indagación, que se dab pasos adelante y atrás, pasos firmes y pasos en falso, como ocurre en el poema titulado «Fuego», del que extraigo estos versos: «Se presenta clavado entre tus pechos/ con su equipaje abultado de sed,/ con tacto deliberadamente ciego».

El libro está dividido en tres partes, «En busca del instinto», «Llamaradas en lo metálico», «Lo confuso, la tensión». Paradójicamente, a mi modo de ver, pese al título, es esta última sección la que ofrece un mayor equilibrio narrativo. La combinación de tiempos verbales distintos en el mismo poema, la anómala concordancia entre adjetivos, sustantivos y artículos que encontramos a veces, las imágenes de raíz surreal desconciertan, pero enriquecen el significado, un significado enriquecido hasta el exceso por las pinturas de Jorge Mejías, cromáticamente logradísimas, simbólicamente llenas de sugerencias, de aproximaciones casi sonambulescas a una realidad siempre esquiva. Quizá la mejor forma de abordarlas sea el poema titulado «El pintor», cuyos primeros versos transcribo: «El pintor última una escena de naufragio,/ el azul es profundo añil, y, en segundo plano/ un gris va difuminándose/ como si quisiera extenderse por todo el lienzo./ Llega a apoderarse de la obra». El pintor vuelca su energía en el lienzo y la materia se reinventa casi ajena su impulso, la materia se adueña del significado creando otro nuevo por negación, por ausencia, gracias a su propia esencia enigmática.

Raíz olvido es un libro que se atiene de forma escrupulosa a la expresión horaciana ut pictura poesis. Es un placer para el tacto, para la vista, pero también para el pensamiento porque las palabras se tensan buscando un sentido que, seguramente (no son espejos), quizá no puedan expresar jamás, aunque a veces es el precio que se debe pagar atrapar la realidad. Orwell escribió «¿Hay alguien que haya escrito jamás sin que sea una carta de amor con la que sintiera que había dicho exactamente lo que pretendía? Un escritor se falsea a sí mismo tanto intencionada como inintencionadamente […] Y en la mente del que lee o escucha hay aún otras falsificaciones porque, como las palabras no son un canal directo del pensamiento, ve constantemente significados que no está ahí». En resumen, el escritor se descubre a sí mismo mientras escribe. Se descubre o se extravía. Depende del caso.

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