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LEÓN MOLINA. ESPERANDO A LOS PÁJAROS DEL SUR (POESÍA REUNIDA 2004-2016). EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ, 2017,

Tengo por costumbre, cuando se trata, como en este caso, de un volumen que agrupa o recopila libros previamente publicados que uno ya ha leído, afrontar la lectura por el final, en este caso por los poemas inéditos que ponen fin al volumen. Me hago así una primera idea de la evolución, en el caso de que la haya, que el autor está experimentando en su quehacer poético. He repetido la operación con este Esperando a los pájaros del sur que recoge la poesía escrita por León Molina (Cuba, 1959) en el período que comprende los años 2004-2016 y me ha parecido percibir algunos cambios en su poética o, quizá, más que en su forma de concebir el poema, de construirlo, en el punto de mira de sus intereses, tratados ahora, según esta percepción, con mayor flexibilidad retórica y con menos afán de trascendencia, algo que ya sucedía con algunos de los primeros poemas de este volumen, pero que ahora, en los inéditos, cobra un protagonismo determinante. La naturaleza sigue siendo fundamental a los ojos de León Molina, y los tres haikus inéditos lo confirman, pero el resto de los poemas inciden más que en lo contemplativo, en lo exterior, en una mirada de dentro a afuera en la que el poeta siente cómo gravita el paso del tiempo en su actos: «Hoy, día en que entra la primavera/ yo estoy comenzando a perder las hojas». Un paso del tiempo que, como decimos, ya ha estado presente en la poesía anterior de León Molina, pero quizá no con una sentido tan desengañado como ahora. Seguramente resulta inevitable, como resulta inevitable enfrentarse a ello con cierta ironía: «Aviso a la muerte que llega tarde/ para evitar que mi nombre figure en la lista de aquellos/ que disfrutaron de la vida./ Sólo tendrá mi cuerpo/ usado, completamente vacío./ Mirad entonces por favor/ en mi nombre su cara./ Ése es el regalo que os dejo». Contrasta esta especie de rendición con condiciones con la visión esperanzada del poeta que escribió: «Hace mucho que no soy joven/ pero todavía no soy viejo». Aquel hombre, aunque el tiempo transcurrido sea de sólo unos meses, es ya otro. Más escéptico, acaso más inseguro. No parece, al menos, ser aquel que veía su «pasado/ convertido en paisaje», aunque en otro poema de ese mismo libro reconozca que se está «haciendo mayor/ ante los ojos de los que me quieren».

     Por otra parte, si algo distingue a la poesía de León Molina es la fuerza de las imágenes y la identificación, la integración del ser que es con la naturaleza, como una más de las criaturas que la pueblan. No hay jerarquía, o no debiera haberla, entre los seres vivos. La misma importancia tienen, a los ojos de Molina, un autillo o una minúscula gota de agua que un nogal o un arroyo. Esa identificación, tan bien construida en los poemas, fruto de una forma de ver paciente y, me atrevo a decir, reverencial, infunde en el lector una sensación de bonhomía, lamentablemente, poco frecuente. Como escribe Antonio Cabrera, «Lo que uno gana leyéndole es la mejor intensificación de la vida. No la espectacular, sino la tranquila. La agradecida, la inteligente».

     En los cuatro libros recogidos en Esperando a los pájaros del sur (El son acordado, 2004; Llegar, 2010; El taller del arquero, 2014 y Un hombre sentado en una piedra (2016)) existe, además, otro vínculo que los articula, el vínculo metapoético. León Molina no cesa de interrogarse y de reflexionar sobre la propia esencia del poema, sobre los artilugios que sostienen los puentes entre el sentir y el decir, ente la forma de percibir las cosas y la manera de definirlas. Son numerosas las ocasiones, pero quizá podamos resumirlas en este poema que resulta, como este comentario, insuficiente: «Escribir, escribir otro poema/ siempre uno más buscando/ ese que nos aguarda/ con su derrota victoriosa/ ese el que desfallecemos/ heridos de un final insuficiente».

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El diario Montañés, el 30 de junio de 2017

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