RAMIRO 1

RAMIRO GAIRÍN MUÑOZ. LAR. PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA, 2016

 ¿Qué palabra, si es que tuviéramos que hacerlo solo con una, puede definir los poemas de Ramiro Gairín Muñoz? Quizá más que la palabra ironía —la primera que nos vino a la mente— le cuadre mejor desinhibición, porque desinhibida es la forma de enfrentarse a la tradición, reutilizando los tópicos como quien usa una prenda reversible, y es que el lector que se acerque a estos poemas encontrará en los veros inaugurales referencias reconocibles, manipulados con inteligentes dosis de ironía, pero son, generalmente, los finales caprichosos, los que determinan el alcance del poema. Es en estos finales donde la desinhibición a la que antes hacíamos alusión más la transgresión semántica alcanzan su objetivo, el de desconcertar al lector, sí, pero también el de romper el nudo semántico preconcebido. Esa búsqueda requiere afilar la mirada, cambiar el punto de vista. Es como si saltáramos el muro que protege los árboles frutales por la parte de dentro, por el gusto de trepar, no de sustraer la fruta. Los logrados hipérbatos que, al subvertir el orden habitual de la frase, nos obligan a ejercitar la relectura para discernir su significado, como en el del final del poema «Hacheyeme»: «Parece que tirasen/ de ti para que salgas y me enseñes/ lo bien que a todo le queda tu cuerpo» o la sutil transición temporal del poema «Cambios», que, por su brevedad, copio completo: «La habitación se llena de soldados,/ de amaneceres que incendian la tierra,/ de fiestas de etiqueta/ que no se desvanecen al encender la luz.// Las caras son las mismas/ y sin embargo dudan/ cuando te ven dormida:// el tiempo vale doble» nos ofrecen un salto a un vacío que se llena con ideas, con intimidad, con un modo personal de absorber la experiencia. La poesía de Gairín confirma algo que, por otra parte, ya sabíamos, que resulta innecesario utilizar grandes conceptos para crear asombro o incertidumbre. Gairín no ha inventado nada, y sin inventar nada resulta absolutamente original. No intenta solapar las deudas literarias. Las referencias a autores como Neruda, Salinas, Caballero Bonald, Bécquer o Garcilaso, por citar solo algunos nombres, son evidentes, pero Gairín avanza un paso más allá. Con el eco de versos de sobra conocidos construye un escenario donde su propia voz se superpone al coro. Puede parecer fácil, pero no lo es. El peso de la tradición es un lastre que no todos pueden arrastrar. El riesgo es, además, grande porque al mínimo despiste se puede caer en el pastiche, en la parodia chabacana. Gairín solventa con creces el desafío. Baste como ejemplo el poema que da título al libro, «Lar»: «Que el olor a suavizante,/ a ropa limpia y húmeda en las manos,/ te traiga del trabajo».

Pese a que ha publicado ya varios libros de poemas, algunos de ellos en esta misma colección (Que caiga el favorito, 2011 y Por merecer el día, 2013), no conocíamos aún la obra de Ramiro Gairín Muñoz (Zaragoza, 1980), algo que lamentamos de verdad, aunque gracias a eso la lectura de Lar ha supuesto un descubrimiento de esos que te hacen confiar en que, pese a estar aparentemente todo dicho, aún se puede indagar en los sentimientos, en los actos cotidianos y extraer de ellos una gota de savia no contaminada. Gairín es de esos que no levantan la voz ni pretenden despuntar en el gremio por ser el más revoltoso o a base de hacer gracias. Escribe porque no puede escudriñar en las aristas de la realidad de otra forma, quizá porque ser el primero que deja la huella en la nieve recién caída sólo tiene mérito si los pasos conducen a algún lugar, a recoger la leña para alimentar el fuego, por ejemplo. Y conviene caminar con sumo cuidado para no caer en algunas de las muchas trampas para zorros diseminadas por el bosque. «Los mejores poemas,/ los que de verdad cuentan nuestra historia,// son los que se desvanecen,/ los que solo se adivinan,// los tres o cuatro versos/ que algunas noches dejo de apuntar/ por miedo a despertarse», escribe Gairín. Supongo que ningún lector se atreverá a desmentirle.

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