JOSE ANTONIO. PASOS

JOSÉ ANTONIO CONDE. PASOS MÍNIMOS. COLECCIÓN ALCALIMA. LASTURA, 2017

«Los pasos mínimos/ determinan el origen,/ la obligación de andar todavía/ de responder con esfuerzo al pensamiento,/ de levantar las consecuencias». Este poema responde mejor que cualquier paráfrasis al propósito que ha llevado a Juan Antonio Conde a dar un paso más en su poética de descarnamiento emocional, aunque, creemos, que después de alcanzadas tan altas cotas en sus anteriores libros, ahora debe progresar con tiento, midiendo muy bien la longitud de esos pasos y el lugar en donde pisa. ¿Por qué decimos esto? Porque la palabra es un material dúctil, acomodaticio, pero esta flexibilidad puede ser tanto una virtud como una lacra. Ser maleable, como la misma palabra sugiere, no conduce necesariamente a que alguno de sus múltiples significados se amolde al pensamiento que se oculta en su grafía. David Mayor, excelente poeta él mismo, abunda en este concepto en el prólogo: «Los breves poemas de Pasos mínimos son reales en sí mismos: abiertos a la posibilidad del sentido y la diferencia, esquivan el foso reductible de los significados, la fijeza de lo que parece ser. Riesgo que el poeta asume con la naturalidad de lo inevitable». Nada más lejos del verbalismo complaciente que los poemas de Conde. Su escritura es una especie de merodeo alrededor de un concepto tan cuestionado como la realidad, una realidad que, a la hora de establecer una jerarquía, tiende a no hacer distinciones entre lo percibido y lo sentido, entre lo que llamamos real y lo que calificamos como ficción. ¿Cómo podía ser de otra forma? El poema es sólo el escenario de una representación porque «El verbo asume lo mineral,/ y nos concede una greda estéril,/ un tributo de arenisca/ que se cuartea en el poema,/ que se agrieta en el decir». Grietas, fracturas, dislocaciones que cobran sentido cuando se rompen los límites de esa experiencia, siempre incompleta, que propone el pensamiento. La cirugía que ha practicado José Antonio Conde en el cuerpo de la palabra da como resultado unos versos que acentúan la desconfianza en los significados predecibles porque se decantan —eso sí, no siempre con similar intensidad—, por otorgar al símbolo la virtud de esa flexibilidad de la que hablábamos al principio. Flexibilidad y transitoriedad. Los pasos se encaminan hacia un futuro incierto que debemos, sin embargo, alcanzar: «La senda acentúa lo instintivo,/ y los pasos adquieren entonces/ un ayer inmediato,/ un pasado irrevocable/ que no pronuncia nada más/ que su trayecto». La odisea interior que describe José Antonio Conde tiene poco que ver con la linealidad o con la sucesión temporal al uso. Las metáforas refutan el espacio y el tiempo, se enrollan como un ofidio cuando su realidad se ve amenazada. Por otra parte, las travesías por la conciencia son centrífugas, se mueven por los bordes, por los límites del ser, porque los cimientos de la identidad no pueden erigirse sobre la arcilla de la razón. Así se construyen solo seres semejantes, sin vida propia, sin esencia, de los que albergan dudas sobre la realidad. Conde lo sabe, por eso, su proceso de construcción y destrucción personal no se detiene en los poemas. Estos son únicamente una posibilidad de conocimiento, sin duda inmejorable, una «manera de caminar en el viento», pero, a veces, también es necesario dejarse llevar en volandas por ese viento más allá de uno mismo, como pavesas que somos de la historia, porque, como escribe la poeta Ana Gorría, «Al escribirse, un poema busca representar la tensión entre lenguaje y mundo, entre ausencia y presencia. Una tensión que asuma la imposibilidad y la ignorancia en el desarrollo del poema. Que sea capaz de deshacer certezas. Que sea capaz de ostentar la fragilidad y la precariedad de la existencia y del propio signo».

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