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WELDON KEES. EL CLUB DEL CRIMEN. SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE EZEQUIEL ZAINDENWERG. PRÓLOGO DE DANA GIOIA. VASO ROTO POESÍA, 2016*

Antes de examinar la obra de Weldon Kees, un poeta norteamericano prácticamente desconocido en nuestro país, conviene hacer hincapié en los méritos del prologuista, el poeta Dona Gioia, que es también uno de los críticos más reputados de los Estados Unidos. Sus ensayos sobre la importancia de la poesía en la sociedad actual (Can Poetry Matter?, Poetry as Enchantment) se han convertido en referenciales. Gozan también de popularidad los artículos dedicados a poetas y escritores como W. H. Auden, Robert Frost, Randall Jarrell o Elisabeth Bishop, por citar sólo algunos de los poetas a los que ha consagrado su trabajo. Si hago mención de estos antecedentes es para significar que Gioia no dispara con salvas cuando pone el punto de mira en un poeta. Si decide estudiarlo es porque su obra revela una calidad digna de ser estudiada. Y este es, sin duda, el caso de Weldon Kees, un poeta de corta vida (nació en 1914 y murió, o desapareció sin dejar rastro, para ser más exactos, en1955), un poeta al que Gioia, según confesión propia, leyó por accidente, gracias a la antología Naked Poetry, de Stephen Berg y Robert Mezey, una antología plagada de poetas de renombre que un lector interesado conocía de sobra, como Robert Lowell, Theodore Roethke, Sylvia Plath, Berryman, Philip Levine, Adrienne Rich, etc. «All —escribe Dana Gioia— had familiar names—with one exception, a dead poet named Weldom Kees». El poeta Ezequiel Zaindenwerg —que ya nos había adelantado algún poema de Kees en alguna revista— es quien se ocupa de la traducción y debemos subrayar que lo hace de forma impecable, atendiendo a los diferentes registros que Weldom Kees ofrece, sobre todo en los poemas dedicados a Robinson, en los que Zaindenwerg afina los matrices que brindan una interpretación ajustadísima al original, con soluciones no siempre ortodoxas, pero sumamente efectivas, propias de un traductor que es también poeta.

Weldom Kees desapareció a los cuarenta y un años en las aguas de la bahía de San Francisco y su cuerpo nunca fue hallado, lo que ha dado lugar a numerosas especulaciones: ¿Suicidio? ¿Vida anónima en algún lugar perdido al otro lado de la frontera? Tanto da, ninguno de estos datos resulta relevante a la hora de leer su poesía. Más interesantes nos parecen los motivos que pudieron conducir a ese destino trágico, sea cual fuere. Una vida irregular con cambios frecuentes de trabajo (pintor. Músico, fotógrafo, periodista), un matrimonio fracasado, una fragilidad emocional que le abocó al consumo excesivo de drogas y alcohol, acaso una combinación de todas ellas, a las que conviene añadir, pensamos, la falta de reconocimiento poético que padeció durante su corta vida: «En vida de Kees —escribe Gioia— no se imprimieron mucho más de mil ejemplares de todos sus libros». Kenneth Rexroth, el más generoso de los poetas norteamericanos, precursor de los Beat y alma mater de cuantos eventos se celebraban en California en aquella época, parece haber sido uno de los pocos que lo tuvo en consideración y recomendó vivamente su lectura, aunque pensara que Kees «lived in a permanent and hopeless apocalyse». Quizá uno de los mayores inconvenientes para lograr una mayor difusión de sus poemas fuera el compromiso absoluto de Kees con su obra, lo que abunda en unas exigencias para con el lector que muchos no estaban, ni están, dispuestos a asumir. Weldom Kees publicó su primer libro, The Last Man, en 1943 (antes había tenido cierto éxito con los relatos, pero centró su quehacer literario en la poesía) y nos encontramos con un libro ya maduro, aunque, como nos recuerda en su magnifico ensayo Gioia, no resultaba difícil rastrear las influencias de Eliot, de Baudelaire o de Auden. «El que Kees no necesitara de tanteos antes de descubrir su propia voz poética es, claramente, un testimonio de la autenticidad de su desesperanza». Sólo otros dos libros publicó en vida, y ninguno de ellos fue especialmente extenso: The Fall off the Magicians y Poems 1947-1954. Una selección de estos títulos junto con los poemas inéditos publicados en 1960 integran esta imprescindible antología titulada como uno de sus poemas más conocidos, El club del crimen, perteneciente a su primer libro.

Hemos realizado un somero repaso por las circunstancias vitales que rodearon la vida de Weldom Kees, pero hasta ahora apenas hemos insinuado nada sobre su particular forma de entender la poesía. De nuevo, el ensayo que sirve de prólogo a esta antología resulta especialmente esclarecedor: «La idea que unifica toda la poesía de Kees —escribe Gioia— es una espera desesperada e interminable de un apocalipsis que nunca llega»: «¡Colegas míos de lo sublime, adiós!/ Voy al encuentro de los papelitos de bienvenida que caen en una calle/ que conozco muy bien.», escribe en el poema «Dinamita para óperas». Una sensación crepuscular de fracaso, de derrota subyace en la mayoría de sus poemas. Weldom Kees parece un hombre atormentado porque parece conocer la inutilidad de revelarse contra lo inevitable. En su visión del mundo no hay lugar para el hedonismo. Todo parece girar en torno de una suerte de predestinación que conduce al abismo de la nada. Robinson, personaje de alguno de sus poemas, es un tipo «solitario, culto, acomplejado, perdido en un mundo urbano impersonal», escribe Gioia; Robinson («uno de tantos solitarios con chaqueta y sombrero hongo que puebla n las ciudades», que decía Baroja) es un ser desubicado que inspira desconfianza, que suscita temor, quizá por eso «El perro dejó de ladrar al irse Robinson./ Su actuación terminó. El mundo es gris,/ no sin violencia, y él se pone a patalear bajo el piano de cola:/ la cacería de las pesadillas comenzó hace rato». Resulta evidente que la forma de acercarse a la realidad de Kees, a pesar de usar un lenguaje coloquial y cotidiano, ofrece muchos aristas distintas. El mismo proceso de construcción del verso desentona con la rigidez discursiva al uso y presenta planos temporales simultáneos que enriquecen —y añaden complejidad— a una, en principio, experiencia común. «Una mañana cálida. Esto es parte del mundo./ Hay triunfos y derrotas que habría que volver/ a distinguir. ¿Es todo? ¿Es esta la manera/ en que aprendamos algo? Así es como aprendemos», aprendemos a base de esfuerzo, de constancia, de errores y de aciertos, aunque, según la filosofía de vida que se desprende de sus poemas, Kees, a la hora de evaluar ese aprendizaje, parece conceder prioridad a los fracasos. Confiamos en que la excelente e innovadora poesía de Weldom Kees, caracterizada por «la elegante sintaxis, la rápida sucesión de imágenes, la estructura cinematográfica y narrativa y las conclusiones súbitas y sorprendentes», encuentre entre los lectores en español ese lugar de privilegio que, sin duda, merece.

*Reseña publicada en el núm. 0 de la revista de Crítica y Poesía Contemporánea CRÁTERA

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