RICARDO VIRTANEN

RICARDO VIRTANEN. NIEVE SOBRE NIEVE. EDITORIAL EL SASTRE DE APOLLINAIRE, 2017

¿Qué imágenes mentales produce en nosotros la palabra nieve? Sin duda, una de las primeras en surgir será la blancura, la pureza, después, y no necesariamente en este orden, vendrán sensaciones como la morosidad —desciende lenta, como los pétalos—o, las que ahora nos importan, la evanescencia y la fugacidad, porque la nieve es casi ingrávida y dura, cuando no es muy copiosa o cae en altitudes extremas, apenas unas horas. Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) ha sabido encontrar una afortunada correspondencia entre el haiku, esa composición liviana y sutil de origen oriental, y la nieve, porque ambas circunstancias, pese a su aparente insignificancia, logran imprimir —una al paisaje, el otro a la pensamiento— una pátina de emoción y misterio inigualables.

Nieve sobre nieve (Haikus, 2010-2014) no es el primer acercamiento de Virtanen a este género, por otra parte, tan socorrido en los últimos tiempos, antes había publicado La sed provocadora (2006) y Sol de hogueras (2010) —además de un buen número de títulos de poesía, aforismos y ensayos—. Sin duda, estos antecedentes han dejado su poso en este libro (como lo han dejado también otros poemas breves que Ricardo Virtanen ha escrito), porque su lectura trasmite un poso de madurez expresiva que solo es posible adquirir con la práctica y con el paso del tiempo, con la escritura y con la no-escritura, es decir, con las cicatrices que va sellando la experiencia. El libro está dividido en dos partes, la primera, «Vilanos de nadie», está integrada por haikus digamos, ortodoxos, que cumplen a rajatabla no solo la disposición métrica, sino el hecho de fragmentar la realidad hasta hacer de ella solo un bosquejo, un trazo de acuarela cuya mancha, no su efecto, se disipará con una simple gota de agua. El agua también diluye la nieve. Agua sobre agua que crea charcos o sinuosas corrientes, ecos, al fin, de lo que la memoria visual ha retenido quizá solo para cantarlo, como expresa magistralmente este haiku: «En la piscina,/ un flotador pinchado/ y algunas hojas». Resulta conmovedor comprobar con qué sutileza ha logrado Virtanen trasmitirnos la sensación del paso del tiempo, del invierno, del abandono, de la podredumbre. No cabe ninguna duda de que esta es una de las características esenciales del haiku, dejar ese sedimento de incertidumbre y de nostalgia sin apenas decir, solo abocetando lo real, casi como si fueran espectros que pertenecieran al sueño. Hay otros muchos ejemplos tan atrayentes como el citado: «El viento trae/ hasta nuestra ventana/ las hojas secas» o «En el arbusto/ perfumado de sándalo/ la abeja muerta», ejemplos que convierten cada página en un verdadero hallazgo.

La segunda parte, titulada «Casi silencio», hace honor a su enunciado, porque los tres versos habituales del haiku se han reducido a dos, con lo que Ricardo Virtanen logra alcanzar aún una mayor cota de ambigüedad y de fragilidad. Da la sensación de que las palabras, como la nieve, se escurren entre los dedos de la mente dejando solo una mancha de melancolía, porque la nieve, con el paso de las horas, se cuartea, se ensucia, como la realidad, y ninguna palabra puede devolverla su inicial prestancia: «Toda esa nieve es nuestra./ Mañana, nada». ¿Nada? Todo lo contrario, después de derretirse, la nieve alimenta la tierra que dará su fruto, como el lenguaje alimenta la conciencia de saberlo.

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