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JOSÉ RAMÓN RIPOLL. LA LENGUA DE LOS OTROS. XXIX PREMIO LOEWE. VISOR, 2017

La poesía de José Ramón Ripoll, sobre todo a partir de Piedra rota (2013), parece alimentada directamente por una capa freática en la que conviven las dudas que surgen sobre la experiencia vital y cómo éstas pasan a formar parte de los poemas, poemas construidos con experiencias, sí, pero también con ideas, porque la perspectiva simbólica nos remite no tanto a la arbitrariedad de los acontecimientos que la memoria trata de recrear en el poema como a los estados de la conciencia. A través de La lengua de los otros, título de este su último libro, parece conformarse la propia identidad, una identidad en conflicto, pero ¿de quién es esa lengua? Pues, en primer lugar, de su madre, primer contacto con la realidad, cobijo contra el mundo: «Mi sombra se agazapa/ bajo su palma y vuela,/ dejo que mi destino se estreche entre su puño,/ disemine en el aire sus estambre/ para no ser jamás aquel que habría de ser». Muchos son los poemas de esta primera parte que gravitan alrededor de la infancia y la presencia tutelar de la madre, cuya mano actúa como metáfora, es una coraza contra las inclemencias de la existencia y su destino final, la muerte: «Miedo a ser en la niebla y a no ser sin mi cuerpo./ no enco9ntrar en la noche la mano de mi madre,/ que como muerte es nube». Y es que saber vivir conlleva reconocer la perentoriedad, la muerte es el destino final, pero en el transcurso entre un punto y otro, entre el comienzo y el final, sobrevivir debe ser gozar de la vida. Hay algo de místico en esta experiencia porque esa sensación de pertenencia a otro cuerpo, esa sensación de inmunidad que le concede el tacto maternal no puede ser dicha del todo, es, en esencia, indecible, tal vez por eso, el último poema de esta sección esté plagado de versos interrogativos, como si la única forma de aferrarse a la vida fuera dejar constancia de las incógnitas de la existencia. «¿Dónde la voz intrusa/ que me llamaba en el relámpago/ desde un rincón sin nadie?/ ¿No vibra su incisivo filamento/ ni en la memoria de su eco?/ ¿Quién clama en el silencio a las palabras/ para tapar el hueco de la muerte?/ ¿Quién es muerte o palabra/ en esta casa del vacío?».

La segunda sección incide en el proceso de construcción de la identidad, pero ahora intervienen, además, fuerzas ajenas al control racional de los acontecimientos. Los sueños (donde el tiempo es alterado, simultaneado, incluso), las sombras, los fragmentos de vida que respiran bajo ese otro universo que palpita bajo las sábanas o en ese lugar innominado que precede al nacimiento: «Acaso yo nací/ o fue tan solo una pulsión de sangre en la materia/ un silbo entrecortado/ en el ritmo infinito del tiempo y el espacio?» gobiernan las emociones, las resonancias emotivas son palpables en los sucesivos versos que brujulean por esta idea. Los poemas de José Manuel Ripoll, suelen ser breves, concentrados —quizá esta sea la única forma de reproducir la experiencia poética, mediante al ambigüedad y la sugerencia, mediante la aproximación semántica—, con la intención de no dispersarse e ir directamente al núcleo de sentido que los conforma, un núcleo que contiene en esencia el ADN del yo, un yo que incluso «antes de ser» toma conciencia y se relaciona con el mundo: «ha de alumbrar la incertidumbre/ de estar aquí o allí».

«Las palabras se pudren» dice el epígrafe de J. A. Valente que encabeza el primer poema de la tercera y última sección de La lengua de los otros, por eso, acaso, conviene airearlas. Una sección ésta que tiene un argumento esencialmente metapoético: «Vienes, palabra hueca aún,/ al reino de las cosas/ para otorgarles el sentido de estar/ dentro de un mismo mundo,/ dentro de ti». Como no podía ser de otra forma, esta palabra primigenia viene precedida de su propio sonido, de la música que pone ritmo al pensamiento. La palabra moldea y modela la conciencia, pone ene comunicación el antes de ser del que hablábamos más arriba con el ser de un instante preciso, pero la palabra es además testimonio de lo efímero, prueba de vida de lo transitorio. El poeta mexicano José Gorostiza escribe sobre la sustancia poética lo siguiente: «Me gusta pensar en la poesía no como un suceso que ocurre dentro del hombre y es inherente a él, a su naturaleza humana, sino más bien como en algo que tuviese una existencia propia en el mundo exterior». Pues bien, ese mundo exterior es el que se va construyendo, no siempre con la aquiescencia del propio poeta, con la lengua de los otros, con la palabra ajena que remite a una vida despersonalizada, porque la palabra que da el verdadero significado a la vida es, generalmente, la propia, como sugieren estos versos: «Hazme solo, (sin nadir:/ nada más que esta especie/ de negación y duda,/ este inconforme cuerpo que a su doble desprecia,/ este porqué sin otro,/ esta materia vana/ que implora sin saber/ a quién y a dónde». Palabra que, pese a sus limitaciones, viene de lo más hondo del ser, de la lengua madre, ese cordón umbilical que, como subyace en La lengua de los otros, construye su propia historia, une lenguaje y vida.

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