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MARTA AGUDO. HISTORIAL. EDITORIAL CALAMBUR, 2017

 La enfermedad produce una desubicación espacial, un encadenamiento a las argollas de la soledad del que es menos responsable el enfermo que las personas que lo rodean, la enfermedad distorsiona la visión de la realidad o, quizá —gracias a esas lentes de aumento que se instalan en la conciencia del doliente—, la realidad —el fragmento de mundo que alcanza a divisar desde esa celda física, pero también mental que el dolor construye— muestra con diamantina claridad sus aristas: «Romper vínculos para no dañar, oídos sordos, manos ásperas que corten o capitolio cerrado con bufón adormecido. Irse quedando sola entre nódulos de conciencia, sin espacio ya ni tiempo, ni otra dimensión que la de ir, poco a poco (con el disimulo variable del pez que no respira), dejándome resbalar». No siempre, claro. En la intensidad de la percepción influirá de forma determinante la gravedad de la aflicción y los órganos damnificados por la desgracia. La enfermedad tiene y no tiene que ver con el accidente. Las consecuencias físicas o intelectuales no son calibradas de igual modo, ni siquiera en el aspecto laboral y administrativo si provienen de una u otra causa. La persona enferma goza de menor consideración legal que la persona accidentada. Lo mismo ocurre con un producto defectuoso de fábrica y otro que se deteriora por el uso continuo. El accidentado es observado también con lástima, pero es una lástima conciliadora, promisoria, no como la que se profesa al enfermo, la cual, generalmente, está cargada de resignación y duelo, tal vez porque el enfermo está «presente sin estar alerta, [estar] como quien se levanta/ y tacha otro día sin divisar el serrín de un nuevo cortalápices». En Historial, el nuevo libro de Marta Agudo, reflexiona sobre la forma de enfrentarse al nuevo estado que el individuo adquiere cuando conoce el alcance de su dolencia y lo hace desde el mismo instante en el que se le comunica dicho resultado: «El día quince de mayo a las doce y media salió de la consulta con las palabras “enfermedad sin tregua”». El pulso narrativo —e informativo—de estos versos es innegable (nos recuerda, en algunos momentos, al José Hierro de «Réquiem») como resultado, acaso, de la necesidad de extender el verso para comprender la nueva realidad. Es posible que ciertos temas se adapten mejor a una prosodia que a otra, pero creemos que dicha elección solo concierne al autor, es únicamente potestad suya, porque la poesía, como decía Bataille «no puede ser un pasatiempo, menos todavía un enriquecimiento: […] su poder consiste en comunicar el estado del poeta a quienes lo escuchan». En cualquier caso, sí resulta evidente el cambio expresivo que han experimentado los poemas de Marta Agudo con respecto de sus libros anteriores, Fragmento (2004) y 28010 (2011), mucho más depurados y sintéticos lingüísticamente. Ahora una intensidad de la emoción distinta conduce su escritura hacia un campo de visión no más extenso, pero si más profundo, ahora mira con los sentidos, con la imaginación, no con los ojos de la razón, aunque ésta siga presente en versos que parecen extraídos del historial clínico: «Es en el pulmón donde comienza la historia. El oxígeno/ fecunda los materiales que un dios que no vive dibujó./ Sean los leucocitos, hematíes y glóbulos blancos». Racionalizar el destino, objetivarlo es, en muchas ocasiones, solo posible recurriendo al irracionalismo, al poder evocador de las asociaciones, de los vínculos secretos que poseen entre sí las experiencias interiores, las emociones y los pensamientos y todos ellos, a su vez, con las palabras. De alguna manera buscamos la forma de regresar a una situación anterior, a aquella verdad que sustentaba la vida, cuando todo era una posibilidad, porque ahora, en este presente, «la esperanza persiste en el cráneo como flor que alguien deja dentro del ataúd». Parafraseando a Cioran, podemos preguntarnos ¿qué es una crucifixión comparada con la crucifixión cotidiana que padece el enfermo? Historial es un libro escrito sin anestesia, un libro que impone su propio discurso cognitivo, sin atender a presupuestos teóricos. Lo que para otros condujo a un despojamiento verbal, cercano al silencio, como Valente, recordado en algún pasaje de este libro, o Chantal Maillard, para otros ha supuesto cobijarse al amparo de las formas clásicas, como en algunos poemas últimos de Eduardo García e, incluso para terceros, como el poeta norteamericano Christian Wiman en su último libro, My Bright Abyss (Meditación de un creyente moderno), un acercamiento a la fe a través de la poesía. No hay fórmulas mágicas para enfrentarse al destino. Marta Agudo ha elegido encarnar las emociones dejando que el lenguaje se libere para que la palabra revele de la forma más intensa posible la dramática experiencia que intenta trasmitir. La lucha ha sido encarnizada, pero gracias a ese combate los lectores podemos comprobar que también la destrucción genera belleza, la belleza de las segundas oportunidades.

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