TOMAS VENCLOVA

PUERTO DE NUEVA INGLATERRA

No el mar, sino sofocantes neblinas, bloques de cemento
y vías abandonadas, atravesadas ​​por el ennegrecido carmín del crepúsculo
que, de vez en cuando, mancilla el cielo. Separó con
algas pestilentes el pronunciado rompeolas —un refugio para las gaviotas.
Donde la arena y el estrecho convergen, una figura espera que el color púrpura
se desvanezca en el lado opuesto de los cientos de mástiles desordenados
para volver a casa cuando ocurra. Pero, ¿dónde está la casa?
¿Aquí, o en la otra orilla del océano? ¿En las montañas, donde los aludes
han cortado las pistas? ¿Bajo abetos en la carretera de regreso,
donde uno puede vislumbrar viejas bodegas subterráneas? ¿En el envejecimiento del cuerpo,
que se niega a rendirse? ¿O quizá en la incertidumbre
de la existencia? ¿En la certeza de la fugacidad? ¿En este lugar envenenado por el óxido —¿o, de nuevo, en la mirada que puede todavía descubrir aquí

la simetría, la armonía y la medida que logran encontrar?

Versión de la traducción al inglés. Carlos Alcorta

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