JOSÉ LUIS GM

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. EL ARTE DE QUEDARSE SOLO. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

Cuando leo a García Martín con frecuencia me vienen a la memoria estas palabras de Philip Larkin (1922-1985): «Mi vida es tan simple como puedo. Trabajar todo el día, cocinar, comer, lavar los paltos, hablar por teléfono, beber, televisión por las noches. Casi nunca salgo. Supongo que todo el mundo procura ignorar el paso del tiempo: algunos hacen muchas cosas, están un año en California y el Japón al siguiente, y después está lo que hago yo: hacer lo mismo exactamente todos los días y todos los años. Probablemente ninguna de las dos maneras sirva». Esa rutina parece ser la que gobierna los días de García Martín, y digo parece, porque, a medida que avanzamos en la lectura de sus libros nos damos cuenta de que esa rutina se rompe con facilidad, aunque quizá tales fracturas sean parte también de una vida rutinaria.

Por otra parte, no cabe duda de que, para quedarse solo, se necesitan ciertas dotes, no tanto artísticas como concernientes al carácter del presunto solitario, características que le distancian de los demás, que le facilitan su aislamiento. Algunas son, sin duda, conocidas: la beligerancia permanente, la inquebrantable pretensión de querer tener siempre razón («Una persona que se empeña en tener razón, y yo no hago otra cosa, aburre y cansa»), la indiscreción o el afán por transgredir las normas de lo socialmente correcto en lo tocante a las relaciones con el prójimo. José Luis García Martín cumple como nadie estos requisitos, como sabemos quienes venimos leyendo sus diarios y sus reseñas literarias desde antiguo, por más que él no se canse de afirmar que le basta con poco para encontrase a gusto con una persona, pide solo «una relación entre iguales». El arte de quedarse solo (título que proviene de un artículo de Guillermo Díaz-Plaja) es, nada más y nada menos, una nueva entrega de ese diario en marcha —diario, no novela galdosiana— que inició su andadura con Días de 1989 y abarca desde el 29 de agosto de 2015 hasta el 19 de junio de 2016. Dos años, prácticamente, en los que pocos son los días que carecen de anotación.

No hay en estas entradas tema que el juicio perspicaz del autor deje pasar por alto porque no rehúye jamás la controversia. Expresa sin tapujos su opinión sobre el siempre resbaladizo asunto del nacionalismo («Para que Cataluña quede fuera de la Unión Europea —afirma con tino—, no basta con que declare bilateralmente [sic] su independencia: hace falta además que esta sea reconocida oficialmente por España. Si España no la reconoce, los catalanes, aunque se declaren independientes, siguen siendo oficialmente españoles, y por tanto ciudadanos de la Unión Europea». Lástima que independentistas y nacionalistas hagan oídos sordos a esta verdad de Perogrullo). Rebate opiniones de expertos en jurisprudencia que no parecen serlo tanto, enmienda la plana a novelistas famosos o a cineastas admirados siempre con argumentos. Gusta García Martín de las descripciones someras, casi telegráficas en muchos casos; de la frases precisas y/o sentenciosas, como estas que transcribimos: «El amor es como las historia de Sherlock Holmes. Lo mejor es el comienzo. Todo lo demás, si se ha dejado atrás la adolescencia, resulta aburrido, previsible y con un defraudante desenlace. Pero el comienzo, cualquier comienzo…» o «La mortalidad prorrogada indefinidamente es otro de los nombres del infierno», aunque estas aseveraciones no deben ser tomadas al pie de la letra, porque hay algo de divertimento, de juego de los errores, de provocación en muchas de ellas («Me gustan que se metan conmigo —escribe— para tener ocasión de replicar, desbaratar los argumentos del contrario, entrar a matar, dar jaque mate»). No obstante, si algo admira por sobre todas las cosas García Martín es la inteligencia, esa capacidad «de ver claro, de no dejarse obnubilar por los prejuicios, de tomar la decisión más adecuada con los datos de los que se dispone, de entender el mundo y sus gentes, de hacerlo más habitable». Evidentemente, a menudo cumplir estos propósitos mencionados no es fácil, y es muy posible que llevar a la práctica alguno de ellos lleve aparejado el incumplimiento de otros, porque no siempre nuestra percepción del mundo es compatible con la del prójimo y resulta un frágil consuelo pensar que «esos amigos que uno va dejando atrás ¿alguna vez fueron verdaderos amigos? Lo fueron, pero no de ti sino del que ellos creían que tú eras». Supongo que la frase se podría invertir y tendría el mismo sentido. El hombre rutinario que es García Martín («Soy de esas personas que tienen previsto con todo detalle lo que han de hacer en cada hora del día y que, si no pueden hacerlo, se quedan en blanco, sin saber qué decisión tomar, en una angustiosa perplejidad») no escatima en estas páginas la descripción de su día a día, sus horarios, sus lecturas, las ciudades que visita (que son también otra forma más de una rutina). Lo que parece evidente es que esa vida rutinaria es, para otros, una vida apasionante, por eso sigue seduciendo a los lectores de sus diarios. Rutina apasionada o apasionamiento rutinario, tanto da, el caso es que entre las páginas de El arte de quedarse solo encontramos mucho más arte —literario, narrativo— que soledad, y esa es su mejor virtud.

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