DONALD

DONALD HALL. ENSAYOS DESPUÉS DE LOS OCHENTA. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

Produce cierta desazón leer esta especie de testamento, de declaración de últimas voluntades de Donald Hall, un poeta en muchos momentos hímnico, pero al que el peso de la edad (nació en 1928) parece haber vuelto más escéptico, más desencantado, algo absolutamente comprensible, por otra parte. En contacto permanente con una naturaleza semisalvaje, la que rodea Eagle Pond Farm, la granja familiar que tantos vínculos guarda con sus ancestros y en la que vive actualmente, su poesía ha sabido reflejar esa vida bucólica, sencilla, alejada del boato y del apresuramiento, heredera directa de autores como Thoreau, pero no sólo en su poesía está presente esta relación. Hall ha escrito libros de ficción, obras de teatro (Pan y rosas), libros para niños (Ox-Cart Man, Soy el perro, soy el gato), etc.), autobiografía (El mejor día el peor día: La vida con Jane Kenyon, Life Work)) además de ensayo (Escribir bien, Poesía y ambición, Muerte a la muerte a la poesía, etc.), género en el que podemos encuadrar estos Ensayos después de los ochenta, aunque estén entreverados de circunstancias personales, por lo que se acercan más a la biografía que al ensayo propiamente dicho; unas circunstancias que hablan de los impedimentos de la vejez (tangencialmente tratados ya en un libro de poemas como The One Day).

Da cuenta de las indignidades, del desvalimiento, de las concesiones que se ve obligado a hacer por la avanzada edad. Da cuenta también de las mujeres que han pasado por su vida, del vicio de fumar, de las cartas de rechazo a sus manuscritos, de las lecturas de poesía, de la incapacidad de escribir poesía mientras la prosa perdura, de las vistas que divisa desde su ventana («A través de la ventana» fue el primero de los textos que integran este volumen y apareció en el New Yorker en 2012. En él incluye contrapuntos hirientes y grotescos —la insuficiencia cardiaca de su madre, la muerte de Jane, las comidas calentadas en el microondas— a las escenas bucólicas, idílicas —ver nevar, contemplar a los pájaros y las ardillas alimentándose en los comederos puestos al efecto, cerca de su ventana—. No narra situaciones apacibles, sino momentos de privaciones y carencias. La edad, lejos de ser un remanso de paz, es un lastre en el que la imposibilidad de escribir no es la peor de las consecuencias: «Ya hace tiempo que no me salen poemas nuevos con metáforas y sonidos prodigiosos. La prosa se me resiste. Siento que los círculos se hacen más pequeños, y que la vejez es una ceremonia de pérdidas». No es la vejez un pozo de sabiduría, una sabiduría que, por otra parte, carece de objetivos, «La vejez es una galaxia desconocida de la que nunca sabemos qué nos va a deparar. Es una galaxia ajena, extraterrestre, y los viejos son formas apartadas de vida». Ya lo dice en el poema «Afirmation»: «To grow old is to lose everything. / Aging, everybody knows it». Los impedimentos físicos, el deterioro mental, la falta de esperanza son barreras que el paso de los años van haciendo más infranqueables, aunque trate de hacer como que no las ve, de mirar hacia otra parte: «Si por un momento olvidamos que somos viejos, lo volvemos a recordar cuando intentamos ponernos de pie, o cuando nos tropezamos con alguien más joven que parece examinar nuestra piel verde y nuestras dos cabezas con protuberancias». Pero estos textos no hablan solo de los inconvenientes de la vejez. Hall es un excelente conversador al que su afán didáctico le lleva a reflexionar sobre múltiples aspectos de la realidad, una realidad en la que la escritura tiene un papel fundamental (el hecho de que a sus ochenta y tantos continúe escribiendo es tanto un síntoma de vitalidad y de confianza como de perseverancia, una prueba de su carácter inquisitivo), una escritura concebida con una búsqueda de la precisión, como un trabajo de orfebre en el que el tesón, el trabajo constante y la emoción resultan imprescindibles para comprender la experiencia. He aquí algunos consejos que debieran encabezar cualquier manual de escritura creativa: «El mayor placer de escribir es reescribir. Mis primeros borradores son lamentables»; «Corregir lleva tiempo, es un proceso largo y satisfactorio»; «Un poema tiene que funcionar desde la tarima, pero también ha de funcionar en la página». Hay también lugar para asuntos más intrascendentes, como las tres barbas que ha lucido el poeta a lo largo de su vida o su aspecto desaliñado, con el que bromea a menudo, el beisbol y su equipo preferido, Red Sox de Boston: «Desde abril hasta octubre veo todas las noches a los Res Sox. No escribo, no hago nada. Después de cenar me convierto en el macho americano, aunque pienso de manera diferente». Por último, de manera más o menos implícita, un tema transcendental recorre estas páginas, la muerte, protagonista, además, del texto así titulado, «La muerte», en el que escribe cosas como estas, no exentas de ironía: «A mi edad siento complacencia por la muerte, aunque algunas veces me causa tristeza pues todos estamos de acuerdo en que morirse jode»; «Es casi liberador saber que he de morir más bien pronto, lo mismo que es un consuelo no tener que obsesionarme por mi propio orgasmo». Pero no nos engañemos, este es un libro no de claudicación, como pudiera parecer por lo descrito, sino de resurrección. Donald Hall demuestra que si su salud está muy deteriorada, su escritura goza de una vitalidad que ya quisieran para sí muchos jóvenes poetas.

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