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GABRIEL FERRATER

(O EL DESENCANTO DE LA INTELIGENCIA)*

Se cumplen 45 años del suicidio de uno de los poetas fundamentales en lengua catalana de nuestra época

«Hubo una vez un hombre que a los treinta y cinco años prometió no vivir más de cincuenta. Se llamaba Gabriel Ferrater. Estaba con un amigo en un café de la plaza Prim de Reus, bebían ginebra en la terraza, el cielo era claro y volaban vencejos». Así comienza la novela de Justo Navarro “F.”, que el autor dedica a recrear la vida del poeta que decía no querer «oler a viejo». Hubiera cumplido los cincuenta el 20 de mayo de 1972, pero el 27 de abril se suicidó en su piso de Sant Cugat. Había empezado a redactar la gramática catalana, un encargo que quedaría, por la fuerza de los hechos, inconcluso.

La mayoría de los testimonios de amigos y conocidos el poeta coinciden en afirmar que Ferrater fue un hombre atormentado, de un pesimismo casi genético, interrumpido en ocasiones por momentos de exaltación, en algunos casos, desbordada. Ferrater no fue un hombre convencional ni en sus inclinaciones profesionales ni en su forma de ponerlas en práctica. Fue un hombre culto e hipersensible y tanto sus fobias como sus filias formaron parte de una personalidad en constante conflicto consigo mismo y con el entorno.

Nació en Reus en 1922 en el seno de una familia burguesa dedicada al sector vinícola, lo que posibilitó que tanto él como sus dos hermanos, Joan y Amàlia, recibieran una educación distinguida y exigente. No fue un gran estudiante pero sí un infatigable lector desde muy temprana edad (su padre, Ricard Ferraté, poseía una biblioteca extensa y actualizada), lo que alimentó su deseo de escribir y de ejercer la crítica tanto literaria como artística desde muy joven. «Fue en el otoño de 1947, y con ocasión de su primera visita al Museo del Prado, cuando el interés intelectual de Gabriel Ferrater se volcó, con la pasión y el rigor que le eran característicos, sobre el estudio de la pintura, al que dedicó gran parte de su atención en el curso de los años siguientes» escribe su hermano Joan Ferraté. En el libro “Sobre pintura”, publicado en 1981, se recopilaron todas los artículos y ensayos que comenzó escribiendo para la mítica revista “Laye”, gracias a la cual trabaría amistad con dos personajes que llegaron a ser importantísimos en su vida, Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma. Estas amistades influyeron en que su antiguo interés por la poesía se reanudara y, seguramente, también tuvieron mucho que ver en el hallazgo de otras tradiciones literarias. Será la influencia de poetas en lengua inglesa la que más se dejará sentir: Hardy, Frost, Auden, pero también Shakespeare o John Donne, aunque no descuida las lecturas en lengua alemana o en la suya propia, el catalán (él mismo reseña «la importancia molt gran que per a mi va tenir l’amistad de Carles Riba. Allò va ser decisiu. Carles Riba tenia una qualitat que no té cap altre escriptor català, una cosa superior. Riba comunicava experiència humana i un es tornava més adult tractant-lo».

En colaboración con el pintor Josep María Martín escribe, en 1951, una novela policiaca en castellano, “Un cuerpo o dos”, que no vería la luz, sin embargo, hasta 1987. Poco después comienza a ganarse la vida como traductor (aprendió alemán de niño con su preceptora y francés durante los años que pasó exiliado en Francia durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra). No será hasta 1959 cuando aparecen los primeros versos de Gabriel Ferrater, «Seis poesías», en Cuadernos Hispanoamericanos («Hacia 1958, cuando tenía 36 años, que es una edad ya muy mayor para un poeta, me puse a escribir por primera vez porque tenía ciertas cosas que decir, sobre los hombres, sobre las mujeres, España, etc.». El año siguiente aparece su primer libro, “Da nuces pueris”, casi al mismo tiempo que comienza a redactar informes de lectura para la editorial Seix Barral. Él mismo explica sus preceptos poéticos con estas palabras (que traducimos del catalán): «Entiendo la poesía como la descripción de la vida moral de un hombre normal, como lo soy yo… Cuando escribo un poema, la única cosa que me ocupa y me cuesta es definir exactamente mi actitud moral, o sea, la distancia que hay entre el sentimiento que la poesía expresa y el que podríamos llamar el centro de mi imaginación». Como miembro de la delegación de Seix Barral participa en la segunda convocatoria del Premio Formentor, en 1962, defendiendo la candidatura de J.V. Foix. Este mismo año publica su segundo libro, “Menja’t una cama”. Durante seis meses trabajará de lector en Hamburgo para el editor Rowohlt Verlag. Escribe 110 informes de lectura y da forma a los últimos poemas de su tercer —y último— libro de poemas, “Teoria dels cossos”. Estamos en la Navidad de 1963. Regresa a Barcelona y se reencuentra con Jill Jarrel —periodista norteamericana que trabajará después en la Agencia Literaria de Carmen Balcells— en Madrid y con quien contraerá matrimonio el 2 de septiembre de 1964 en Gibraltar. Su carrera profesional parece asentarse cuando lo nombran director editorial de Seix Barral, aunque sus intereses intelectuales comienzan a decantarse por la lingüística, sobre todo después de la profunda decepción que le produce la lectura de la “Gramatica catalana” de Antoni M. Badia. Publica “Teoria dels cossos” —que obtuvo la Lletra d’Or y el Premio de la Crítica en 1967— así como una traducción de “El procés” de Kafka, La relación con su esposa no durará mucho. En 1967 acuerdan separarse y el divorcio se formaliza el 24 de enero de 1969. “Les dones i els dies”, volumen que recoge toda su poesía, aparece en 1968. Su implicación en asuntos lingüísticos es cada vez más absorbente. Traduce “El llenguatge” de Leonard Bloomfield (“Esta vida que me gano traduciendo. Y es durísima, me pongo delante de la máquina de escribir, solo en casa y miro el papel en blanco y me entra una especie de angustia, algo como un vacío en el estómago. Para poder ir comiendo necesito traducir siete u ocho horas diarias, si soy capaz de resistirlo», escribe en 1967). Polemiza con Roland Barthes (Ferrater siempre fue un gran conversador y un contertulio beligerante), imparte cursos sobre lingüística, inicia en Serra d’ Or una serie de artículos bajo el título «De causis linguae» que solo se verá interrumpida por su muerte.

1971 es un año crucial en su vida. Publica dos estudios importantísimos, un prólogo a “Nabí” de Josep Carner y otro a las “Versions de Hölderlin, de Carles Riba. Además comienza a impartir clases de lingüística en la Universitat Catalana d’Estiu. Como colofón, un grupo de críticos proclaman “Les dones i els dies” como la mejor obra en catalán desde 1964.

La noche del 27 de abril de 1972 una alumna, Amelia Bercher, y su marido lo esperaban en su casa para cenar. No se presentó. Mezcló altas dosis de alcohol —del que tenía una gran dependencia— con pastillas y luego se colocó una bolsa de plástico en la cabeza. Dos días después, Marta Pesarrodona, su compañera sentimental en esa época, descubrió el cadáver. Este resumen autobiográfico escrito en tercera persona que el poeta escribió puede ser un buen retrato de la mentalidad crítica de uno de los mejores poetas españoles del pasado siglo: «Ferrater escribió muchos poemas hacia los veinte años, y la versión optimista de la razón porque lo dejó es que se dio cuenta de que eran muy malos. Desde 1955, prácticamente todos sus amigos fueron poetas: por un lado Carles Riba, y por otro, unos poetas más jóvenes que él, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José María Valverde. Es natural que volviera a pensar en las cosas de que se hablaba a su alrededor, y como se le había ido formando un coágulo de contenidos que tenía ganas de manifestar, y como que en la lengua inglesa había encontrado unos modelos de una poesía no del todo decorativa como la romántica, de una poesía que podía satisfacerlo si bien él no era lo bastante creador para inventarla solo, se entiende que acabara como acabó». Como vemos, a pesar de sus problemas con el alcohol, a pesar del carácter voluble y agrio, nunca perdió esa fina ironía que le permitía reírse de sí mismo (se conocía demasiado bien y jamás se mostró indulgente con sus defectos) e, incluso, vaticinar un final dramático como el que tuvo. El novelista mallorquín José Carlos Llop lo define así: «La mirada inteligente sobre la literatura, la sombra feliz de la poesía anglosajona, el complicado amor de las mujeres, en plural y quizá por eso más complicado, y una debilidad final en Pavese que se alía con la decisión irrenunciable de Ferrater [….] “Les dones y els dies”, sí, las mujeres y los días o el diario de un amante vitalista y su visión del mundo, pero también la inteligencia y unos modos de la sensibilidad que desaparecerían pronto». Y es que, conviene no olvidarlo, quizá el desencanto, «esos modos de la sensibilidad» sea la forma suprema de la inteligencia.

  • Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el día 28 de Abril.

 

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