LOUISE G

LOUISE GLÜCK. PRADERAS. TRADUCCIÓN DE ANDRÉS CATALÁN. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Louise Glück (Nueva York, 1943) se ha convertido en los últimos para el lector español en una inexcusable referencia a la hora de hablar de poesía norteamericana actual. Sus libros se traducen con cierta regularidad (algo que ocurre con muy pocos autores. Quizá Charles Simic y el recientemente fallecido Mark Strand sean los más beneficiados) de la mano de diferentes traductores, amparados, sin embargo, por la misma editorial, Pre-Textos, que ya en 2006 publicó el libro con el que la autora obtuvo el prestigioso Premio Pulitzer de Poesía, El iris salvaje, en traducción del poeta Eduardo Chirinos Arrieta, fallecido como Strand hace escasas fechas. Poco tiempo después, en 2008, vio la luz Ararat, traducido por el poeta Abraham Gragera. De 2011 datan Las siete edades, en traducción de la poeta argentina Mirta Rosenberg y Averno, de nuevo de la mano de Abraham Gragera, en colaboración con Ruth Miguel Franco. Por último, Vita Nova, a cargo del escritor Mariano Peyrou. Le toca ahora el turno a Praderas, publicado en su versión original (Meadowlands) en 1997, en la excelente versión de Andrés Catalán, fecundo traductor y magnífico poeta él mismo. Lo cierto es que, afortunadamente, y contra lo que pudiéramos pensar, este desbarajuste entre las fechas de publicación originales y sus traducciones al español no afecta al conocimiento de la poética que sustenta los versos de Louise Glück, una poética que intenta profundizar en el drama cotidiano de cualquier vida por medio de un lenguaje sencillo, aunque extremadamente depurado, y de una reinterpretación de los mitos –griegos en su mayor parte- a los que conecta con la actualidad de un modo sorprendente. Más en concreto, en Praderas, los conflictos maritales tienen su correspondencia en pasajes de La Odisea y en alguno de sus protagonistas, sobre todo en Telémaco, testigo de la relación truncada entre sus padres (un Telémano invisible parece asistir al proceso de deterioro de la pareja contemporánea que protagoniza los poemas menos complacientes, para actuar como testigo, pero también, en lagunas ocasiones, como cómplice): «Creo/ que las mujeres prefieren a un hombre/ aún entero, en pie, pero/ a punto de derrumbarse: semejante/ desmoronamiento les recuerda/ a la pasión».

La poesía de Glúck, a pesar de rozar la confesionalidad, logra distanciarse de lo meramente íntimo o anecdótico no solo gracias a la intermediación de las figuras mitológicas, sino a través de un lenguaje preciso, infalible, eficaz, poco dado a enfatizar retóricamente la idea que nutre los versos, porque administra los afectos y las antipatías con la misma neutralidad. Da lo mismo que abunde en los detalles de decepción, de rechazo, de un fracaso, en suma, que acaba en divorcio y en el que asume con ironía el papel de víctima («Dije que podías acurrucarte. No es lo mismo/ que poner tus pies helados encima de mi polla.// Alguien debería enseñarte cómo actuar en la cama./ a mí me parece que lo que deberías/ es guardarte tus extremidades para ti sola») o que los ilumine un rayo de esperanza («No dejo de recordar cómo veíamos la televisión,/ cómo solía ponerte los pies en el regazo. El gato solía sentarse/ encima de ellos. ¿No sigue pareciéndote/ una imagen de alegría, de bienestar? ¿Por qué/ no podía entonces continuar más tiempo?»). El distanciamiento ante los hechos resulta fundamental para analizarlos con objetividad, y eso es lo que Glück pretende. Si deja traslucir alguna opinión, esta se matiza posteriormente con un lenguaje más propio de un informe pericial, carente de adjetivos, imparcial, aunque como un abogado experto, haya conseguido que su mensaje cale sutilmente en el jurado. Deja así en manos del lector el dictamen final. Como hemos dicho, en este examen de la vida matrimonial, la poeta se vale de la mitología (en Vita Nova también está muy presente), en este caso y de forma casi exclusiva de protagonistas La Odisea (Circe, Odiseo, Telémaco, Penélope), lo que no acaba de quedarnos claro es si las praderas del título (Andrés Catalán nos aclara que con ese nombre se conocía el antiguo estadio de lo Giants) son un trasunto de esos espacios inconmensurables en los que la mente deja trotar sus propias contradicciones. En cualquier caso, estamos ante un libro magnífico y brutal, excelentemente compensado (aunque los detractores de Glück encontrarán razones para ratificar sus críticas en algunos versos insustanciales) que exige una relectura detenida para percibir sus muchas virtudes: «Si eres capaz de oír la música/ puedes imaginarte la fiesta./ Lo tengo todo planeado: primero/ un amor violento, luego/ dulzura. Para empezar Norma/ y luego tal vez toquen los Light».

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